El interruptor

Imagen: Geralt

El interruptor es un cuento. Un cuento sobre Actitud, con mayúsculas. Sobre salud y enfermedad,  sobre ser conscientes, sobre las pequeñas cosas de la vida que la hacen grande.

Es un escrito que hice hace varios años. Se publicó en 2013 en el blog del Grupo Prema que dirige Ramiro González.  Pero a día de hoy me siguen llegando comentarios privados que me han animado a publicarlo aquí.

A través de la historia de una ficticia recién titulada doctora en medicina y unos misteriosos envíos que comienzan con un interruptor, se anima al lector a tomar conciencia de la responsabilidad individual en la toma de decisiones diaria, a entender que nuestro piloto automático se deja llevar por un cableado antiguo, lleno de juicios e interpretaciones que no son más que viejos circuitos establecidos por siglos de pensamiento, por hábitos de vida que están decidiendo por ti. Nos anima a entender que en nosotros está la oportunidad de encender ese “interruptor” que conecta con una especial manera de vivir, actuando, tomando las riendas de nuestra vida, para conseguir convertirnos en lo que queramos ser y aprender a vivir la vida con entusiasmo e ilusión.

Leélo, úsalo, compártelo, es para ti.

EL INTERRUPTOR

Emma Zapatero Elorrieta

Vitoria-Gasteiz, 2012

Cuando la vida te presente razones para llorar, demuéstrale que tienes mil y una razones para reír. Anónimo

2 de febrero 2012. Ane echó un último vistazo a su examen mientras el profesor advertía del final del tiempo y pedía a los alumnos que por favor entregaran los ejercicios. Estaba acalorada por el esfuerzo, pero también por la inmensa alegría de haber terminado. Aquel era su último examen de la carrera de medicina y en ese instante en su cabeza se agolpaban momentos de angustia, de renuncia, de nervios, pero también de retos, de logros, de superación, de satisfacción.  Según bajaba las escaleras de la facultad y dejaba atrás tantos años de dura rutina, sus sentimientos se mezclaban y peleaban por salir.  Tenía ganas de llorar, de reír, de correr, de gritar a los cuatro vientos su felicidad, necesitaba salir a bailar con sus amigos, leer alguna de esas novelas de las que oía hablar, ir al cine, tomar el sol, degustar un café en una terraza ojeando un periódico… retomar todos aquellos pequeños placeres para los que en los últimos tiempos no había habido demasiado sitio y que en el fondo tanto necesitaba.

Estaba entusiasmada con la posibilidad de poder empezar su residencia en el hospital de Txagorritxu pero al mismo tiempo terriblemente asustada por el baño de realidad que eso suponía. Sabía que no iba a ser fácil, que los fallos ya no supondrían suspensos sino vidas y ello la asustaba a la vez que la motivaba. ¿Estaría a la altura? ¿Sabría enfrentarse a los enfermos como esperaba?  Quería ser un médico cercano, que pudiera dedicar tiempo a sus pacientes, que pudiera ver más allá de los síntomas físicos y entenderlos. Le horrorizaba la idea de ser un dispensador de recetas aliviador de males, agobiada por los tiempos, las burocracias y los recortes, pero sabía por otros colegas que el sistema fagocitaba a los ilusos en el corto plazo… Estaba tan segura de la enorme influencia que en la curación tenía la actitud del paciente ante la enfermedad que su mayor ambición era ver como adaptar su filosofía al mundo real.

Llegó a su piso de estudiantes de la calle Txirula y llamó a Paula, Arantza y Deiane para salir esa noche.  Tenía mucho que celebrar y ninguna compañía sería mejor que sus amigas de toda la vida. Las conservaba desde el colegio y realmente eran un punto de apoyo inmenso para sus alegrías y para sus penas.

  • ¿A las 9 en el Rojo?
  • ¡Genial!¡Allí nos vemos!

Tras una noche de risas, cervezas, pintxos y bailes locos en la Sanpru, durmió profundamente hasta que el timbre penetrante del portero automático se introdujo en el conducto auditivo de Ane y martilleó su lóbulo temporal hasta que tomó conciencia de que tenía que levantarse a abrir.

  • ¿Siiií? – Acertó a decir por el telefonillo con voz cavernosa
  • ¡Cartero¡ Paquete certificado para Ane Larra

¿Un paquete certificado? En ese momento de espesura posfaseREMprofunda no acertaba a adivinar qué podía ser… No recordaba haber pedido nada en los outlets de Internet que a veces frecuentaba, ni esperaba nada de nadie… La curiosidad se  apoderó de Ane mientras se acercaba el ascensor.  El cartero le acercó un formulario para firmar y le entregó un pequeño paquete rectangular.  Ane se estaba despejando a una velocidad superior a la normal dada la incertidumbre, lo que le hizo retirar con avidez el envoltorio del misterioso envío.  Abrió una pequeña caja de cartón tipo ferretería de toda la vida y se encontró con un extraño y sorprendente regalo: un interruptor.  ¿Qué era aquello? ¿Para qué le envía alguien un interruptor eléctrico? Y lo más misterioso ¿Quién? ¿Sería una broma? Pero así en frío no tenía demasiada gracia… No entendía nada. Además del interruptor, el paquete contenía un pequeño libro.

La curiosidad se había apoderado de cada célula de su cuerpo.  Dejó el regalo en la mesa de la habitación y fue a tomar una ducha y un buen desayuno con sus también recién levantadas compañeras de piso Miren y Sara, cuya apertura de ojos denotaba que estaban esperando con avidez noticias sobre el extraño envío.  Pasó el resto de la mañana en casa, alternando la lectura del libro con viajes astrales imaginando quién podría haberle hecho llegar aquello. No comió demasiado, deseosa de retomar la lectura de nuevo.

El libro era de Víktor Frankl, un famoso psiquiatra vienés fundador de la logoterapia y superviviente de los campos de concentración de Autzwich y Dachau, y la verdad, era bastante impactante. Trataba sobre la experiencia de su autor en los campos de concentración y de cómo cada día, a pesar de la absoluta falta de libertad en que vivía, tenía que enfrentarse a tomar decisiones para salvar su vida a pesar de que las posibilidades de sobrevivir eran ínfimas. En un entorno hostil, desprovisto de todo cuanto da sentido a la dignidad humana, solo le quedaba elegir una determinada actitud personal ante esas circunstancias que le hiciera elevarse sobre su aparente nefasto destino.  El libro contaba también que, una vez superada esa dolorosa etapa y establecido como psiquiatra, solía preguntar a sus pacientes aquejados de múltiples padecimientos: “¿y porqué no se suicida usted?” – La crudeza de la cuestión impresionó a Ane, pero el psiquiatra utilizaba las respuestas para extraer las claves para la terapia a llevar a cabo: unos hijos, una esposa, un proyecto inacabado, una habilidad sin explotar… y buscando el sentido de vida de cada uno dirigía a sus pacientes hacia las palabras de Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir, encontrará casi siempre el cómo”. Y Viktor Flankl había sido capaz de encontrar un porqué para vivir en un campo de concentración,  después de que sus padres, su hermano e incluso su esposa no sobrevivieran al holocausto… había sido capaz de elegir La Actitud con mayúsculas.

Actitud. Palabra mágica. Ane se preguntaba muchas veces dónde estaba la clave para hacer que las personas realmente tomaran conciencia de la importancia que tenía en sus vidas.  Había oído en tantas ocasiones a las personas decir que eran así y que no podían ser de otra manera, y lo decían además con un convencimiento tan intenso que  intentarles convencer de lo contrario no parecía una buena opción. La verdad es que, en cierto modo, sentía impotencia ante ese determinismo que llevaba a muchas personas a un inmovilismo y pasividad tales que les impedía abrir la mente ante nuevas formas de tomarse la vida  y, al mismo tiempo, les llevaba a esperar que otros se encargaran de manejar su vida.  Tenía conocimientos de genética, sabía que cada uno trae una maleta de ADN con genes concretos que pueden hacer que tu vida sea de una determinada manera, que padezcas unas enfermedades y no otras, e incluso que tengas tendencia a tomarte la vida con más o menos alegría. Pero también sabía  que el ambiente en el que vivas, tus hábitos y tu forma de pensar pueden hacer que dos personas con el mismo ADN lleguen a ser muy diferentes.  ¿Por qué ciertas personas tienen una facilidad extrema para ver el lado positivo de las cosas, asumen las adversidades y salen fortalecidos, y otras se hunden ante la primera contrariedad de la mañana?

Terminó el libro a media tarde, y mientras en su cabeza bullían pensamientos sobre su regalo del día, sobre ADN, actitud y contrariedades Ane se plantó sus mallas, sus zapatillas de correr y su ipod y salió a correr.  Unos débiles copos de nieve empezaban a caer, pero pensó que le vendría bien despejarse un poco después del día tan extraño que había tenido, y no retrocedió. A medida que pasaban los minutos, los copos fueron creciendo en volumen y cantidad y lo iban cubriendo todo.  Ya había entrado en calor y el trote le estaba resultando  muy gratificante… Adele, Anastasia, Rihana, se iban sucediendo en sus oídos y ya tenía nieve hasta en sus cejas, pero cada vez estaba más a gusto.  La mayoría de los viandantes la miraban con cara de extrañeza por correr con semejante climatología, pero realmente una actividad puede resultar placentera o una verdadera tortura según como se tome.

Lo mismo que la Vida, siguió pensando mientras corría. A veces puede no ser fácil encontrar un porqué único y quizás debamos empezar por pararnos. Pararnos y ser conscientes de la belleza que nos rodea y de todo lo que la Vida puede ofrecernos en cada instante: la luz del sol, ver nevar desde la ventana del salón  – o sumergirse bajos sus copos -, el contacto con tus seres queridos, esa canción que te mueve por dentro, o aquella que te empuja a levantarte de la silla y bailar, el contacto de tu cara con la almohada al final de un duro día de trabajo, … para Ane la lista de pequeños porqués podía ser inmensa, pero también era consciente de que en determinadas circunstancias las personas podemos dejar de ver el color de la vida y pasar a blanco y negro, o aun peor a negro total. En cualquier caso, tenía claro que las circunstancias no eran el problema, sino la manera de enfrentarse a ellas. Sobre todo porque las primeras a veces no pueden cambiarse, pero la actitud ante ellas sí.  El libro que había leído ese día era un claro ejemplo. Ya lo decía la madre de Forrest Gump: “la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar”, y realmente aunque hay “bombones” que no pueden evitarse, sí podemos actuar en el modo de reaccionar ante lo que nos toca, a pesar de que no fuera una afirmación demasiado bien recogida por todo el mundo:

  • ¡no es tan fácil!
  • ¡tú dirás cómo se hace eso en mis circunstancias!
  • Claro a ti te va bien, así es fácil pensar eso…

En ese momento, a la vez que un intenso frío en sus orejas por la marcha bajo la nieve, sintió un chispazo en su cabeza.  ¡El interruptor! ¿Qué pintaba allí? ¿Era una metáfora de algo? ¿Le estaba tratando alguien de decir que las personas tenemos una especie de interruptor interno que nos despierta a la vida, que nos enciende la alegría, nos motiva, nos llena de pasión y de ilusión por vivir cualesquiera que sean las circunstancias o bombones?  Realmente sería estupendo que apretando una tecla se pusiera en funcionamiento la maquinaria del optimismo, que hiciera a sus pacientes tener esa actitud vital tan gozosa y a la vez importante para su recuperación, pero ahora mismo no tenía ni idea de cómo encontrar y pulsar ese interruptor que pudiera abrir las compuertas de la ilusión, del entusiasmo… ingredientes que sazonan nuestra vida y sin los cuales el avance se vuelve lento y aburrido, o peor aún inexistente.

Unos pueden encontrar esa ilusión en un trabajo apasionante como estaba segura que iba a ser su caso, pero también sabía que no era lo más habitual entre la población. Muchas veces se encuentran ilusiones transitorias, como unos hijos pequeños a los que cuidar, alimentar, educar y llegar a convertir en personas independientes; determinadas aficiones, un deporte, tocar un instrumento o la lectura de un buen libro, una charla con amigos, un paseo por la naturaleza… Pero había algo más, algo más profundo que es lo que en realidad hace que puedas disfrutar de todas esas cosas.  De hecho hay personas que parecen disfrutar de todo cuanto hacen, y convertir la sencillez de sus vidas en perfección, y otras en cambio parecen amargadas desde que se levantan hasta que se acuestan les pase lo que les pase… ¿Dónde estaba la clave?

No tenía ni idea.  Realmente, echaba de menos entre todas las asignaturas que había cursado en la carrera el Manual de Encendido de Interruptor, por llamarlo de alguna manera. La medicina avanzaba de manera vertiginosa, eran capaces de hacer multitransplantes, operaciones increíbles y la tecnología diagnóstica les procuraba toda una batería de pruebas por las que eran capaces de ver qué fallaba en la fisiología humana cada vez con más precisión. Pero realmente, tenía que reconocer que no tenía ni idea de “encender interruptores”.  Muchas veces lo había comentado con amigos estudiantes de psicología… algunos la miraban raro, otros se enfrascaban en teorías psicoanalíticas freudianas, pero muchos pensaban lo mismo: cada uno tiene la opción de escoger entre vivir anclado en la queja, el derrotismo y  la amargura, o encender su botón de ilusión, entusiasmo y pasión por vivir, pero no parece algo que pueda encenderse desde fuera fácilmente. Todos estos pensamientos estaban haciendo que no fuera consciente de lo entumecido que empezaba a estar su cuerpo por la gélida carrera, pero estaba realmente a gusto con su conversación privada, así que decidió seguir un rato más.

Se acordó de una persona que les impresionaba de manera especial en estas charlas estudiantiles: Nick Vujicic, australiano que nació sin piernas ni brazos y capaz de llevar una vida no “normal”, sino más completa de lo que mucha gente puede llegar a llevar.  Si un hombre que sin extremidades puede nadar, levantarse del suelo una y cien veces y dar conferencias de motivación y superación en institutos, está claro que ha encontrado su interruptor, lo mismo que lo encontró Viktor Frankl en Autzwich, o lo mismo que miles de personas anónimas lo encuentran cada día y se enfrentan a enfermedades, despidos, apuros económicos, accidentes, mutilaciones, pérdidas, abandonos y un sinfín de razones para llorar, pero de las que saben sobreponerse,  e incluso convertirlas en un trampolín hacia un estatus de desarrollo personal superior.

Tras una hora de trote bajo la nieve, Ane llegó a casa con sus endorfinas disparadas.  Se dio una ducha, deleitándose con el agua caliente resbalando por su cuerpo enrojecido por el frío. Se puso su pijama más calentito y se dirigió a la nevera a mirar  posibilidades para su cena.  Se le hacía la boca agua pensando en una jugosa tortilla de patata con hilitos de alegría riojana y una cerveza bien fresquita, así que se puso a pelar las patatas. Puso aceite a calentar y tras echar las patatas en la sartén se dio cuenta de que había un sobre a su atención encima de la mesa.  No daba crédito, ¿otra sorpresa en el mismo día?  Lo abrió con ansia y vio que se trataba de un CD.   Lo introdujo en su portátil y puso en marcha el video que contenía mientras terminaba su tortilla. Era una especie de cortometraje-anuncio de jamón york, titulado los 4 sentidos. Estaba  expectante ante la historia que se le presentaba: los hijos de un matrimonio ciego deciden regalar a sus padres para su 25 aniversario una celebración de los sentidos, en su caso de los cuatro sentidos.  Los despiertan con la Orquesta Filarmónica Internacional, los llevan a oler las fragancias de su infancia y juventud, a tocar las caras de sus familiares y amigos del pueblo que hace un montón de años dejaron atrás, y a degustar un menú en el restaurante de Martín Berasategui. En resumen, a disfrutar del oído, del olfato, del tacto y del gusto. La verdad es que no pudo evitar que se le pusiera un nudo en la garganta y que las lágrimas rodaran por su todavía sonrosada cara.  Ver las caras de los padres ante la sorpresa de sus hijos, su capacidad de disfrutar de los sentidos que tienen, la música de fondo…  El corto da una verdadera lección de vida y el hijo lo expresa al final del mismo con una frase clave: “ellos nos enseñaron desde el primer día que hay dos maneras de tomarse la vida, puedes vivir lamentándote de todo lo que te falta, quejándote por el sentido que la vida no te dio, o aprovechar al máximo lo que si tienes”.  Está claro, todos los sabemos… ¿pero por qué tomamos entonces tantas veces la otra opción, la del lamento, la queja y la frustración?

El video era muy emotivo. Realmente es curioso cómo a veces las personas con circunstancias más adversas son las que mejor aprenden a valorar las cosas buenas que tienen y a darse cuenta de que las dificultades de la vida son oportunidades para crecer como persona.  ¿Quién estaba enviando todo aquello? La verdad es que estaba empezando a sentir una imperiosa necesidad de conocerlo, estaba segura que tenía muchas de las claves que ella estaba buscando.

Los envíos se fueron sucediendo en los días siguientes, y a pesar de que el abanico de mensajes era de un surtido sumamente variado y diverso, todo parecía llevarle hacia el mismo sitio.  De cada lectura, vídeo o mensaje que Ane recibía había un aprendizaje, había un capítulo más para su particular Manual de Encendido de Interruptor.  Cada uno de aquellos mensajes era como un nuevo impulso, una nueva etapa de un proceso que no sabía muy bien hacia dónde le llevaba, pero no tenía vuelta a atrás y la hacía sentirse más viva que nunca.

Cualquier cosa que hacía, leía o veía parecía llevarle a las mismas conclusiones. Parecía que el Universo se hubiera puesto de acuerdo en enseñarle la lección que estaba buscando. De hecho, uno de los mensajes que recibió de su misterioso proveedor parecía decírselo “si uno persigue sus sueños, se coloca en un camino hecho a medida para que pueda llevar a cabo aquello que siempre quiso hacer. A partir de ahí, comienza a encontrarse con gente que forma parte de este sueño y se le abren todas las puertas”. Palabras de Joseph Campbell que parecían decirle que estaba en el camino que tenía que estar.

Aquellas noches dormía como no recordaba haber dormido hacía mucho tiempo.  A pesar de los extraños acontecimientos que le venían ocurriendo en las últimas semanas, y que hacían bullir su cabeza durante algunas horas con los mensajes que recibía a través de los envíos, también tenía que reconocer que le estaban ayudando a parar, a mirar en su interior, a conocerse, a encontrarse, y a darse cuenta de que realmente la vida no es lo que te pasa, sino cómo te tomas lo que te pasa en cada instante. Permaneció unos minutos en su cama concentrada en la tranquila y profunda entrada de aire en sus pulmones. Lo retuvo durante unos instantes a la vez que dejaba que cada músculo de su cuerpo se reblandeciera y destensara. Dejó salir el aire lentamente y repitió varias veces el ejercicio.  Cada vez se vinculaba más profundamente con su respiración hasta que sintió que ya no observaba su manera de respirar sino que se había vuelto parte de ese movimiento.  Fueron unos leves instantes, pero esa sensación de desaparecer le pareció increíble. A pesar de que en condiciones normales le hubiera supuesto volverse a dormir, en aquel instante se sintió más despierta que nunca.

Esa mañana había quedado con Isabel para ir de compras y luego comerían algo en el Tha-than.  Después de una ducha rápida y un desayuno lento, se preparó para salir.  Con Isabel estaba a gusto porque se entendían hasta sin hablar, era de esas personas que emitían en la misma frecuencia y con ella no hacían falta demasiado explicaciones porque sabían mutuamente como llegar a la otra. Desde luego, para ella era importante rodearse de personas así, personas que te quieren, que dan sin esperar nada a cambio, y que en consecuencia sacan lo mejor de ti. Tenía bastante claro que la vida era demasiado corta como para desperdiciarla con quejicas compulsivos y amargadillos varios, así que, cuando podía elegir, procuraba compañías que le cargaban las pilas energéticas y no lo contrario.

Puso a Isabel al día de los últimos mensajes y de su esperanza en poder sentarse un día frente al emisario de aquellos mensajes. Tras la comida volvieron a casa disfrutando de un silencioso y agradable paseo por un soleado Paseo de la Senda. Le contó su experiencia matinal con la respiración, aunque no estaba totalmente segura de que en esto le hubiera entendido. La verdad es que era comprensible, no encontraba las palabras adecuadas para explicarlo, los adjetivos que actualmente utilizaba no encajaban del todo con la experiencia vivida.

Cuando abrió la puerta de casa, Miren la miró con cara de póker en el recibidor.

  • Tienes visita, – murmuró -. Está en el salón…
  • ¿Quién?,- preguntó Ane extrañada
  • ¡Vas a flipar!
  • ¡Ya vale! ¡Dime quién!, – suplicó Ane a Miren expectante
  • ¡El Gonzalito!

¡No se lo podía creer!  El Gonzalito era el apodo de uno de los profesores de la Facultad.  La verdad es que su grado de asombro en ese momento era tan elevado que estaba a punto del colapso. Notaba el calor en su cara, el incremento de su ritmo cardiaco y de su transpiración…  ¿Qué hacía en su casa? ¿Qué iba a decirle?  Era con diferencia su profesor favorito y mientras se acercaba al salón diferentes escenarios se movían por su cabeza, aunque ninguno parecía tener demasiado sentido.

Se saludaron educadamente y él la felicitó por su graduación.

  •  ¿Dónde te parece que podemos hablar tranquilos?, – le preguntó con tono amable.
  • En esta misma calle hay un café muy agradable, – le sugirió. La idea de que sus compañeros de piso estuvieran escuchando todavía no sabía qué, no le pareció demasiado atractiva.
  • De acuerdo, – concluyó.

Se acercaron al local, pidieron un par de cafés y se sentaron en una de las mesas más tranquilas del café.

  • ¿Eres tú quien me ha estado enviando los mensajes verdad?
  • Si… – El profesor asintió con una sonrisa
  • ¿Porqué, para qué? Le contó sus últimas impresiones, sensaciones y la curiosidad que sentía…
  • Ane, eres muy joven, y es muy raro encontrar que una persona tan joven se haga las preguntas que tú te has venido haciendo y no quería desaprovechar tu interés. Yo era consciente en mis clases de que querías ir más allá de la medicina que enseñamos ahora en las facultades occidentales, sabía por tus preguntas en el aula y en por nuestras pequeñas charlas en las tutorías que te dabas cuenta de que el cuerpo nos habla a través de las enfermedades y que además de intentar curarlas los médicos podríamos tratar de ayudar al paciente a escucharse.  Pero no es lo habitual, Ane. – Hizo una pausa dando un sorbo a su café -. Nuestra cultura es diferente, en la mayoría de foros no interesa profundizar en cuestiones que puedan parecer místicas o fuera de lo que tomamos como ciencia, y son rechazadas.  Esto no es nuevo, viene de muy atrás.  Piensa que en el año 535 a.c. Heráclito afirmaba que todo es cambiante,  que estamos en un proceso de flujo constante, de cambio continuo, igual que un río, por lo que el camino a la verdad no puede ser uno. Al mismo tiempo Parménides decía lo contrario, que el mundo es estático, que lo que ES ES y que no hay cambios ni devenir.  Y esto mismo se encargaron de defender Platón, Aristóteles, Sócrates y otros muchos filósofos hasta nuestros días. Solo Nietzsche entendió como Heráclito que para entender a los seres humanos no podemos concentrarnos solo en su ser, y fue tomado como un pensador sacrílego.  ¿Te estoy aburriendo?
  • No, por favor, ¡sigue!
  • Y te preguntarás ¿Qué tiene que ver Heráclito con cómo tratamos las enfermedades? Pensamos lo que pensamos y hacemos lo que hacemos, debido a un montón de años de historia, decisiones, acciones de mucha gente y no siempre es fácil cambiar muchos de los pensamientos e interpretaciones actuales. Somos de una manera porque observamos y pensamos el mundo de una determinada forma, y esa forma de observar-pensar el mundo puede hacer que tomemos una determinada actitud ante las circunstancias que se nos presentan cada día, y que actuemos de una forma o de otra diferente, lo que nos hará devenir de manera también distinta.

¿Quiere decir esto que todo está perdido? ¿Quiere decir que no hay forma de pulsar ese interruptor en las personas que hace que entiendan que son ellas las que tienen la capacidad de actuar, de tomar las riendas de su vida, de convertirse en lo que quieran y de vivir con entusiasmo, ilusión y optimismo?

La respuesta, Ane, es que solo uno mismo puede buscar ese botón en su interior y es  voluntad de cada uno encenderlo o mantenerlo apagado y seguir viviendo en blanco y negro.  Sí es cierto que podemos intentar decirles de una manera u otra que ese interruptor existe y que funciona, que tiene conexión con nuestra manera de vivir, de igual manera que el que te envié enciende la luz de tu salón si se conecta correctamente. Podemos transmitir mensajes alentadores, podemos difundir que la vida merece la pena ser vivida, que todos podemos llegar a tener una vida plena y que hay un montón de motivos para seguir adelante.  Pero tienes que estar preparada para que solo te escuche una minoría puesto que son muchos siglos de pensar diferente. La enfermedad en muchos casos puede ser el comienzo del camino, el punto de partida del proceso de encendido de interruptor, pero no siempre estamos atentos a las señales – apuró su café y se limpió la boca con una servilleta -.

La sensación que tuviste al respirar, esa sensación de fluir, de desaparecer, de fundirte con el universo y olvidar que existes… es lo que se experimenta cuando conectas tu yo íntimo con el Universo, y da igual que sea practicando yoga, tocando la batería, o cruzando una piscina buceando… el sentimiento de fusión es el mismo. Cuando consigues alejar de tu cabeza esos pensamientos circulares en los que muchas veces nos enredamos, pensamientos que se alimentan del pasado, se magnifican y se convierten en auténticas futuras películas dignas de tres Goyas y un Oscar, películas – que además de en muchos casos hacernos daño – nos impiden vivir el presente, cuando dejas de  pensar, es cuando dejas de ser ola y te conviertes en mar.

Ane perdió la noción del tiempo totalmente.  El último camarero barría la cafetería con la persiana medio bajada y los miraba de reojo intentando que se dieran por aludidos.  Abandonaron la cafetería y se despidieron con la promesa de continuar la conversación.

Se fue a casa llena de esperanza. “No hay remedio ni para el nacimiento ni para la muerte. Lo único que nos resta es poder aprovechar el intervalo”. Desde luego Ane había decidido hacer caso a George Santayana y su famosa frase, e iba a procurar disfrutar del intervalo con toda su alma y con su interruptor pulsado a tope para llegar a ser el médico diferente que se había propuesto. En palabras de Nietzsche, intentaría hacer de su vida “una obra de arte”.

Bibliografía inspiradora:

Coelho, P. (2005)  Joseph Campbell y el arte de vivir

Echeverría, R. (2008) Ontología del lenguaje. J.C. Saez.

Jäger, W. (2002) La ola es el mar. Desclée de Brouwer S.A.

Tolle, E. (2006) Un nuevo mundo, ahora. Grijalbo.

Zotz, V. (2006) Buda, maestro de vida. Ellago Ediciones.

Videos:

Video Nick Vujicic ¿Vas a acabar siendo fuerte?

Campofrío-Mcann Ericsson- Brothers Films. (2010). Los 4 sentidos. Ver en:

 

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