Crisis y crecimiento personal

Cuando el corazón llora por lo que ha perdido, el yo profundo sonríe por lo que ha encontrado.- Dicho Sufí.

Este fin de semana se han celebrado en Tudela las IV Jornadas de Psicología Transpersonal y Espiritualidad con el tema “Crisis y Crecimiento Personal”.  Y desde luego es un tema que da para mucho…

Las crisis, aunque inevitables, resultan fastidiosas, incómodas, perturban nuestro devenir y nos gustaría que no existieran.  Nos quiebran, desengañan, nos confunden, nos hacen sufrir.  ¿Estás viviendo una crisis? ¿Cómo te sienta que te digan qué es una oportunidad? ¿Qué cuándo una puerta se cierra se abren otras? ¿Qué seguro que es para bien? ¿Qué lo que viene, conviene?

Cuando estamos en el ego,  en la mente errante, identificados con el pensamiento constante y automático, en el “¿por qué a mí?”, en el “¡esto no debería estar pasando!”, en el “¡todo me pasa a mí!”, “¡me ha mirado un tuerto!” (¡pobres tuertos!)…  Comprensiblemente nuestra mirada más humana decidirá que menuda mala suerte que tengo y que no hay derecho, por lo que la crisis nos sentará fatal y que tengamos que ver en ella una forma de crecimiento personal, ni te cuento.  La mirada transpersonal nos invita a verlas desde otro punto de vista, cómo diría Ken Wilber en su libro Los tres ojos del conocimiento, desde la visión contemplativa, distinta de la visión empírica de los sentidos o la racional de la mente.

Enrique Martínez Lozano comenzó el viernes las jornadas planteándonos una visión consciente de las crisis, una forma de vivirlas desde una visión transpersonal, más allá del ego juez y sabelotodo.   Las crisis son parte de la vida y hay ciertas actitudes que pueden hacer posible que se crezca con ellas:

  • La no-evitación y no-resistencia: es decir salir del “esto no debería estar pasando” para acoger la situación de frente.
  • La no identificación con lo que nos pasa, no reducirnos a esa crisis. Reconocemos la tristeza, el miedo, el enfado, la emoción o emociones que nos surjan, dándonos cuentas que somos más que ellas.
  • Cuidar el amor incondicional a uno mismo, no escapar del presente y tratar de acallar la mente para ver más allá de sus filtros.

Las crisis nos invitan a soltar la ilusión de control, a comprender quiénes somos realmente, a la aceptación de los planes de la vida, a cambiar, a movernos… e irremediablemente a ser un poco más sabios.

Vicente Simón es claro. A veces hay que “darse la torta” para despertar. Mal que nos pese el fracaso enseña y si todo nos sale bien, nos mantenemos en una rutina inconsciente. Solo cuando perdonamos a la realidad podemos superarnos.  Es típico pensar que el mundo imaginario de nuestra cabeza es verdad y desde ahí el sufrimiento está prácticamente asegurado. Solo desde la lucidez compasiva que surge cuando nos hacemos conscientes, cuando despertamos, puede llegar la comprensión y aceptación de la crisis.

Jorge Ferrer, doctor en psicología y experto en psicología transpersonal, nos regala un recorrido por sus crisis vitales, nos ayuda a ver más allá de la apariencia, a encontrarles un sentido, que no siempre es inmediato y sencillo, nos ayuda a acercarnos y dialogar con la crisis: ¿qué quieres?, ¿qué miedos sacas a relucir?, ¿qué cambios me pides hacer?, ¿quién puedo llegar a ser?…Y nos recuerda que: ¿buena suerte?, ¿mala suerte?, ¿quién sabe? Aquello que de primeras te sentó tan mal, fue un trampolín a una situación mejor… o viceversa.

De la ponencia de Juan Ruiz y Miguel Morate me quedo con que somos consciencia, algo bastante superior al ego, necesario pero limitador, y que el sufrimiento no enseña, sufrir es bastante más fácil que comprender… Comprender requiere esfuerzo y cierto dolor. Si el sufrimiento enseñara la humanidad estaría iluminada.

Fidel Delgado, psicólogo clínico maestro del humor hasta en un tema tan delicado como las crisis, nos muestra:

  • Cómo pasar, -en estas “collejas que nos da la vida”-, de ser un transeúnte quejicoso a un transitólogo,
  • Cómo nuestra necesidad de control a veces entra en conflicto con la vida
  • Cómo el conocimiento sin vivencia no transforma.

A veces necesitamos una operación en las cataratas del alma cuando surge un desprendimiento de rutina

Y maravilloso final con Marly Kuenerz, psicóloga clínica experta en atención, que nos transporta a la necesidad del autoconocimiento, de la mirada hacia adentro, que si siempre es importante, lo es más en la crisis. La atención es la clave. Dándonos cuenta de nuestros automatismos, de nuestras “grabaciones” vitales, de donde me enfoco, ¿en las nueve cosas buenas que me han pasado hoy?, o ¿en la menos buena? Tenemos un tremendo potencial como seres humanos que no estamos sabiendo canalizar de manera eficiente… La mente nos lleva a su terreno, a la forma material, a lo que podemos percibir con los sentidos, pero hay un inmenso conocimiento que la ciencia está aportando a lo transpersonal que merece ser divulgado: Bruce Lipton, Candece Pert, Garniet-Malet…

Fin de semana intenso, en “mi salsa”, saboreando la satisfacción que produce escuchar de todos estos fantásticos ponentes aquello que resuena con tanta fuerza en mí. Gracias a Román Gonzalvo por organizarlo y a Alfonso Verdoy por recoger las ponencias de los últimos años en un libro.

Y si hablamos de crisis… gracias a la crisis que en su día me llevó a Ramiro González, que a su vez me llevó  hasta Enrique Martínez Lozano que a su vez me ha traído hasta aquí… A lo mejor resulta que sí que van a tener su punto…

Mención aparte y especial, para mis amigos Rocío y Txutxín que me han acogido en este fin de semana en su preciosa casa de Los Fayos y acompañado por la deliciosa gastronomía tudelana.

 

¿Quién te crees que eres?

Imagen: Toya Pérez

El sufrimiento es una pesadilla que se cura despertando. Victor Creixell

Hace ya unos cuantos años tuve una profesora de inglés que solía decirnos: Who do you think you are? The Queen? Fue una frase que a mi amiga Rosa y a mí se nos quedó grabada y que hemos utilizado después en múltiples ocasiones, en modo broma “on”.  Con los años, esta frase fue cobrando un nuevo sentido.  ¿Quién creo que soy? ¿Mi profesión? ¿Mi función familiar? ¿Mi personalidad, mi identidad construida?

Podemos creernos la reina o la esclava. Nuestra mente nos puede llevar a terrenos arrogantes, donde nuestra verdad es la única y debemos imponerla. Otras veces nos lleva a la sumisión, a no creernos nuestra valía, a pensar que no vamos a estar a la altura, que somos inferiores y nos doblegamos a los deseos de los demás sin tomar conciencia de si eso es lo que realmente queremos o debemos hacer.

En cualquiera de los casos, serán respuestas de la mente, y no serán ciertas. Como bien cuenta Enrique Martínez Lozano, solo una respuesta desde la atención, desde la consciencia,  puede ser auténtica. No somos lo que pensamos que somos, y resulta que la respuesta a esta pregunta es la clave para nuestro bienestar profundo, para nuestra felicidad.  Curioso, ¿no?

Cuando practicamos mindfulness en clase, cuando entrenamos nuestra conciencia plena al presente, en ocasiones buscamos un objeto de atención, la respiración, la conversación, una pasa que comemos despacio, un movimiento consciente… En otras ocasiones simplemente observamos la mente, los pensamientos que afloran, aceptándolos sin alimentarlos, sin luchar, dejando que se expresen y también que se vayan.

En consecuencia, esa fusión cognitiva, ese creernos esa voz de la cabeza, se va desactivando. En el momento en el que nos damos cuenta de que podemos observar esos pensamientos y que, por tanto, no somos nada de lo que dicen, empieza el auténtico viaje del autoconocimiento profundo.

No hay experiencia más gratificante que mirar los ojos de una persona que despierta, que sale del letargo del piloto automático, que deja de creerse lo que su mente le dice, que deja de culpar a todo y a todos de su malestar, que empieza a descifrar los mensajes del cuerpo, de la vida y que comienza a darse cuenta de quién es de verdad.

Creixel, V. (2008 ) Del sufrimiento a la consciencia. Un camino a la libertad. Madrid: Bubok

 

Llamando a torre de control…

Imagénes: Toya Pérez

El mundo no se puede comprender, pero se puede abrazar…  Martin Buber

No resulta fácil explicar con palabras lo que Enrique Martínez Lozano transmite en sus encuentros.  Quizás la palabra sea Paz, con mayúsculas, pero también humildad, amor, seguridad, sabiduría…

El pasado día 11 de abril, nos invitó a conectar con nuestro niño interior.  En ocasiones no somos conscientes de pequeñas o grandes heridas no cerradas, de cuestiones atascadas en la infancia que se manifiestan en nuestro presente en forma de sufrimiento, de conflicto repetitivo, de reacciones desproporcionadas, malestares…  Quizás no siempre nos sentimos valiosos, o a veces no supimos manejar ciertas emociones y se quedaron atrapadas en algún lugar de ese iceberg sumergido que es nuestro subconsciente.  Miedo, soledad, rechazo, culpa, inseguridad… gritan en la vida adulta pero surgen del niño que fuimos.

A través de la práctica meditativa podemos conectar con esos malestares, bien sean físicos o emocionales, tomar distancia, poner nuestra atención en ellos, permitiendo su presencia, relajando la tensión que producen y siendo compasivos con ellos, amándolos de la misma manera que amaríamos a una persona querida que estuviera pasando por ese dolor.  La neurociencia hoy ha demostrado que estos gestos son poderosos, que producen cambios en nuestros circuitos neuronales y en nuestra química cerebral.

El dolor nos endurece, nos tensa, es un mecanismo de defensa para protegernos, pero la propia tensión incrementa la sensación de dolor. La relajación es una herramienta muy importante que solemos practicar al principio de cada clase porque nos prepara para la meditación, nos ayuda a salir del hacer, del control, de la tensión que el día a día nos regala en forma de prisas, de un sinfín de tareas, exigencias –propias y ajenas-, perfeccionismos y “deberías” que a veces nos llevan a una vida sin vida.

Si ponemos un poco de atención a nuestro alrededor nos damos cuenta del sufrimiento que genera esta excesiva búsqueda de control, sobre todo si hemos estado atrapados por sus tentáculos durante mucho tiempo.  Control ilusorio, por otra parte, puesto que la realidad sigue su camino de manera inexorable y no aceptarlo es hacerle la guerra, es pretender cambiar lo que no se puede cambiar, negando el momento presente. Como el pasado jueves, cuando  Fernando me trajo a casa en moto después de yoga y me decía: “Tú relájate y déjate llevar, fluye con el movimiento, confía…”. Sí, sí, confía,  enseguida percibes cómo en cada curva te tensas e intentas ¿frenar?¿conducir?

Esa ansia de control, de seguridad, de querer que las cosas sean de una manera determinada, forma parte de nuestro personaje construido, surgen de ese niño interior herido que se coloca una careta con lo que cree que le falta. El control nos da una falsa sensación de seguridad, nos ayuda a mantener una imagen, creemos que nos evita sufrimiento, y es al revés.  Consideramos intolerable la incertidumbre, la impotencia, la incapacidad de controlar o la falta de seguridad y actuamos para aliviarlos, para escapar de ellos, cuando precisamente la solución está en:

  • No huir,  no resistirnos a esos sentimientos
  • Aceptar ese miedo, ese dolor, esa ansiedad
  • Darnos cuenta de que la vida no siempre se ajusta a nuestros planes
  • Percibir que la realidad manda y que nosotros no tenemos el control
  • Ver las cosas como son, no como queremos que sean

Sin olvidar que aceptar no es claudicar, ni rendirse, ni mucho menos resignarse, ni estar de acuerdo, no es pasividad, ni desapego… es alinearnos con la realidad, sean nubes, olas, tormentas, luz u oscuridad.

Para profundizar:

Foster, J. (2012) La más profunda aceptación. Despertar radical en la vida ordinaria. Málaga: Editorial Sirio.

¿Dónde te apetece poner el foco hoy?

Imágenes: Toya Pérez

¡Qué bien estamos! Araceli Elorrieta

Durante los días 1 y 2 de marzo, en la sede de la UNED de Vitoria, el Dr. Juan Carlos Pérez González nos brindó la oportunidad de viajar a la emoción desde la ciencia y de comprobar, una vez más, la importancia de la inteligencia emocional en nuestra felicidad.  Cuando mejora, lo hace también nuestra salud psicológica, el bienestar, la calidad de vida, así como la salud física -hay estudios que demuestran que se reduce el cortisol y el azúcar en sangre-.  La inteligencia emocional influye en nuestro desarrollo personal, profesional y académico.

La relajación, la meditación son estrategias de regulación emocional que aumentan la capacidad de enfocar la atención y de modular la respuesta ante los estímulos.  Estamos programados para prestar atención a lo negativo para sobrevivir. Lo positivo no suele ser peligroso, por lo que nos cuesta más  dirigir nuestra mirada a todo lo bueno que nos rodea, y de ahí que sea preciso entrenar para no dejarnos llevar por estos instintos primarios de supervivencia. Tener una madre como la mía que cada poco dice “¡Qué bien estamos!” resulta de maravillosa ayuda (¡Gracias!), lo que no evita que siga practicando porque, evidentemente, no siempre es fácil llevarlo a cabo. Como decía un compañero de trabajo esta mañana, podemos usar el dolor como una piedra en el camino, o como una zona para acampar (Alan Cohen). En la vida no todo van a ser rosas, pero cuánto tiempo nos enfoquemos en la piedra o cuánto en la flor sí será nuestra elección.

Entrenar la atención nos ayuda a desconectar el piloto automático, a estar presentes, a despertar a una nueva forma de vivir. Su práctica, además de la reducción del estrés  y de la ansiedad, de mejorar la regulación emocional y el autoconocimiento, produce cambios en nuestro cerebro, incrementando la capacidad de concentración, de percibir esos pequeños detalles que pueden ser la diferencia entre bienestar y malestar, de decidir donde ponemos “el foco”.

Además de disfrutar con este curso de la UNED, tuve la oportunidad de compartir pupitre con Leticia Garcés Larrea, increíble profesional de la educación emocional, y de darme cuenta -de nuevo- de cómo la vida te va poniendo delante las personas adecuadas en cada momento. Visita su web aquí.

La pregunta que podemos hacernos hoy sería: ¿dónde queremos poner el foco? ¿En lo bueno que la vida nos ofrece, en las oportunidades, en el crecimiento y la evolución? ¿O preferimos seguir dejándonos llevar por el modo defecto programado para el peligro, los problemas y el miedo?

Entrenar la atención nos permite dejar de estar desconectados:

  • Del presente, de nuestras sensaciones, percepciones, impulsos, emociones, pensamientos, de lo que decimos, de nuestros cuerpos, de nuestra intuición.
  • De nuestros sentidos,  de los sonidos que nos transmite el aire, de la belleza de las flores , de la naturaleza, del olor de la tierra mojada…
  • De la vida, del mundo externo, del efecto que provocamos en los demás, de lo que les preocupa o interesa, de lo que dicen detrás de sus palabras.
  • De todo lo positivo que tenemos, de todos los pequeños y maravillosos detalles que cada día asoman y no somos capaces de ver porque estamos distraídos con nuestras preocupaciones mentales, obsesionados con el pasado o el futuro…

Como guinda del pastel, el 7 de marzo Enrique Martínez Lozano volvió a engancharnos en Adurza con su manera de explicar lo inexplicable, con su forma de despertarnos de la hipnosis en que vivimos cuando nos identificamos con las construcciones de la mente, que piensa que la felicidad es algo que está fuera de nosotros y además en el futuro.

Tomar distancia de nuestro parloteo mental,  acallar su incesante discurso entrenando la atención nos permite conectar con nuestra plenitud, nuestra esencia, con “La dicha de Ser.

Hoy te invito otra vez a ver un vídeo de Fernando Valero. ¿Podrás dedicarle 8 minutos de atención?

Kabat-Zinn, J. (2005). La práctica de la atención plena. Barcelona: Kairós.

Miopía existencial e inteligencias…

Foto: Toya Pérez

[…] Para ser plenamente personales tenemos que ser plenamente impersonales.  […] Es dejar de otorgar un valor absoluto a lo que llamamos “mi cuerpo, mis pensamientos, mis emociones, mis acciones, mi vida, mi persona…”; comprender lo ridícula y miope que es nuestra tendencia a hacer que el mundo orbite en torno a nuestro limitado argumento vital –el definido por nuestro yo superficial-.  Mónica Cavallé.

Hay semanas especialmente intensas y esta ha sido una de ellas.

Comenzó con el regalo de poder compartir diálogo y meditación con Enrique Martínez Lozano.  Enrique es de esas personas cuya presencia inspira, contagia, invita a vivir lo que somos, a resolver el enigma de quiénes somos.  Enrique nos enseña a interpretar el malestar, a darnos cuenta de que es la señal de estar en la mente, de que, a pesar de ser un instrumento maravilloso, si nos identificamos con ella, nos atrapa y nos limita: “La mente forzosamente tiene que delimitar, separar y objetivar, llegando a conclusiones que, además de estar radicalmente condicionadas por los supuestos previos de donde parte, no podrán nunca reflejar directamente la verdad de lo que es, sino únicamente la interpretación que la propia mente hace de ello”.

La meditación formal es entrenamiento, pero se entrena para jugar el partido, se medita para jugar la vida, nuestro “partido” diario. Acallar la mente nos da la destreza necesaria para acoger con humildad el estado de consciencia más allá del estado mental, humildad ausente en parte del mundo académico y religioso más “ilustrado”, como reconoce Enrique en su último libro “La dicha de Ser”.

La semana continuó pudiendo escuchar a Begoña  Ibarrola hablar sobre inteligencia emocional y espiritual.  Durante muchos años, hemos cometido el error de abandonar la inteligencia emocional (interpersonal e intrapersonal), y de relegar a un segundo plano la inteligencia musical, corporal-cinestésica o naturalista, centrándonos únicamente en unas inteligencias lógico-matemática y lingüística limitadas, conduciendo al fracaso a los que se consideraba no llegaban a unos estándares construidos, e ignorando impresionantes talentos y fortalezas en otras áreas.

Muy poco a poco, las inteligencias múltiples de Howard Gardner van tomando peso, pero ahora podemos cometer el mismo error e ignorar la inteligencia espiritual. Las creencias y juicios arraigados sobre religión no ayudan, pero es responsabilidad de cada uno superarlos o seguir atrapados en el reduccionismo  obstinado, que a fin de cuentas limita nuestro crecimiento y evolución.

La inteligencia espiritual nos permite entender el mundo, a los demás y a nosotros mismos desde una perspectiva más profunda y más llena de sentido, nos ayuda a trascender el sufrimiento.

¿Vamos a seguir ignorándola?

 

Cavallé, M. (2006). La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia. Barcelona: Kairós.

Martínez Lozano, E. (2016) La dicha del ser. No-dualidad y vida cotidiana. Bilbao: Desclée de Brouwer