Mañana sol y buen tiempo… o a lo mejor no

  • ¡Vaya tiempecito! ¿Eh?
  • ¡Ya vale con la lluvia! ¿No?
  • ¡Qué horror de tiempo!
  • ¡A ver si empezamos a ver el sol!
  • ¡Vaya frío! ¡Qué asco! …

A los que vivimos por estas latitudes norteñas nos suenan estas frases seguro… Y es que la meteorología da mucho que hablar todo el año, y no solo en el ascensor.  Cuando hace mucho frío, porque lo hace, si no hace suficiente, porque no está haciendo invierno. Cuando consideramos que ya tiene que brillar el sol, porque no brilla, y si lo hace en demasía también proferiremos alguna queja de que “¡qué calor! ¡Así no se puede dormir!”.. Nos gusta el verde, pero el precio que hay que pagar por él no tanto. Es muy gracioso cuando se oye: “ya vale ¿no?”, es decir, “a ver, que ya está bien, que tengo razones y derecho a decirlo que ¡ya vale de mal tiempo!”… o de sol, calor, lluvia, frío, etc.

Lo de que nunca llueve a gusto de todos es una frase muy cierta.  Ya lo dice la Mari en Maeztu: “Cuando yo quería que lloviera porque hacía falta en la huerta, Hilari no quería porque iba a hacer un tejado”. Menos mal que hace lo que quiere ¿verdad? Lo que no quita para que si nuestras expectativas son unas y hace lo otro, tendremos razones “justificadas” para quejarnos o estar enfadados.

Y esto ocurre no solo con el tiempo…, sino con casi todo lo demás.  Si nuestro día no transcurre como esperamos, si ocurre algo inesperado que perturba nuestra vida, si nuestros hijos no sacan las notas que queremos, no visten como nos gustaría o no son como -según nuestros esquemas mentales- deberían ser… Si en el trabajo no nos consideran, pagan o atienden como queremos, si nuestras parejas, padres, vecinos no piensan, sienten y actúan como esperamos, y mil un ejemplos más, nos perturbamos. A veces no tiene que ocurrir nada… en ocasiones vivimos en una especie de posesión por el pitufo gruñón y necesitamos un exorcismo para salir del ladrido.

Y es que cuando vivimos en la inconsciencia, identificados con el personaje, nos podemos perturbar por casi todo.  Y será fácil también que echemos la culpa de nuestro malestar a todo lo externo.  El trabajo, el jefe, el hijo, la pareja, la vecina, el tiempo, el gobierno o las finanzas, cualquier motivo es bueno para mosquearse. Tener a alguien a quien echarle la culpa de lo que nos ocurre nos parece que alivia la desazón, pero depender de lo externo para estar bien es un poco triste, ¿no crees?

Continuamente van a estar sucediendo cosas, cambiando el tiempo o apareciendo nuevas preocupaciones que nos generarán emociones diversas, que podremos observar, gestionar, respirar y dejar ir cuando sea el momento, porque lo mismo que las cosas vienen se van.  Yo cuando me observo en ese malestar interno que a veces no se sabe ni de dónde viene, me hago la pregunta de Gerardo Schmedling: ¿Qué es lo que no estás aceptando? Es decir, ¿qué quieres que sea diferente?, ¿tu familia?, ¿tu pareja?, ¿tu trabajo?, ¿el sistema socio-económico mundial?, ¿el clima?, ¿el presidente de los Estados Unidos?…

Y la siguiente cuestión es: ¿y qué se yo que es lo mejor? ¿Lo mejor para quién? ¿No recuerdas aquello que al principio fue un mazazo y que con posterioridad trajo lo otro que fue maravilloso? No se trata de no sentir dolor cuando algo no va bien, o de hacer escapismo emocional.  Se trata de observar, tomar distancia, desidentificarnos de nuestro ego y respirar, soltar, sentir, vivir… para aceptar lo que sea que viene sin añadir sufrimiento adicional. Se trata de mirar nuestras expectativas con nuevos ojos: ¿de verdad tienen que ser de una determinada manera las cosas? o dicho de otro modo: ¿por qué tiene que hacer el tiempo que a mí me gusta, apetece o conviene?

La aceptación no es resignación, no es estar de acuerdo, no es evasión…,  es esa capacidad de no creerte más lista que la vida, comprender que resistirse a lo que es desgasta, hace sufrir y consume una energía muy valiosa, que seguro que necesitamos para lo que sí se puede cambiar, como por ejemplo la manera en la que nos enfrentamos a los acontecimientos.

Entonces… independientemente de lo que haga fuera ¿qué tiempo hace en ti hoy?  Espero que un día muy luminoso 🙂

Llamando a torre de control…

Imagénes: Toya Pérez

El mundo no se puede comprender, pero se puede abrazar…  Martin Buber

No resulta fácil explicar con palabras lo que Enrique Martínez Lozano transmite en sus encuentros.  Quizás la palabra sea Paz, con mayúsculas, pero también humildad, amor, seguridad, sabiduría…

El pasado día 11 de abril, nos invitó a conectar con nuestro niño interior.  En ocasiones no somos conscientes de pequeñas o grandes heridas no cerradas, de cuestiones atascadas en la infancia que se manifiestan en nuestro presente en forma de sufrimiento, de conflicto repetitivo, de reacciones desproporcionadas, malestares…  Quizás no siempre nos sentimos valiosos, o a veces no supimos manejar ciertas emociones y se quedaron atrapadas en algún lugar de ese iceberg sumergido que es nuestro subconsciente.  Miedo, soledad, rechazo, culpa, inseguridad… gritan en la vida adulta pero surgen del niño que fuimos.

A través de la práctica meditativa podemos conectar con esos malestares, bien sean físicos o emocionales, tomar distancia, poner nuestra atención en ellos, permitiendo su presencia, relajando la tensión que producen y siendo compasivos con ellos, amándolos de la misma manera que amaríamos a una persona querida que estuviera pasando por ese dolor.  La neurociencia hoy ha demostrado que estos gestos son poderosos, que producen cambios en nuestros circuitos neuronales y en nuestra química cerebral.

El dolor nos endurece, nos tensa, es un mecanismo de defensa para protegernos, pero la propia tensión incrementa la sensación de dolor. La relajación es una herramienta muy importante que solemos practicar al principio de cada clase porque nos prepara para la meditación, nos ayuda a salir del hacer, del control, de la tensión que el día a día nos regala en forma de prisas, de un sinfín de tareas, exigencias –propias y ajenas-, perfeccionismos y “deberías” que a veces nos llevan a una vida sin vida.

Si ponemos un poco de atención a nuestro alrededor nos damos cuenta del sufrimiento que genera esta excesiva búsqueda de control, sobre todo si hemos estado atrapados por sus tentáculos durante mucho tiempo.  Control ilusorio, por otra parte, puesto que la realidad sigue su camino de manera inexorable y no aceptarlo es hacerle la guerra, es pretender cambiar lo que no se puede cambiar, negando el momento presente. Como el pasado jueves, cuando  Fernando me trajo a casa en moto después de yoga y me decía: “Tú relájate y déjate llevar, fluye con el movimiento, confía…”. Sí, sí, confía,  enseguida percibes cómo en cada curva te tensas e intentas ¿frenar?¿conducir?

Esa ansia de control, de seguridad, de querer que las cosas sean de una manera determinada, forma parte de nuestro personaje construido, surgen de ese niño interior herido que se coloca una careta con lo que cree que le falta. El control nos da una falsa sensación de seguridad, nos ayuda a mantener una imagen, creemos que nos evita sufrimiento, y es al revés.  Consideramos intolerable la incertidumbre, la impotencia, la incapacidad de controlar o la falta de seguridad y actuamos para aliviarlos, para escapar de ellos, cuando precisamente la solución está en:

  • No huir,  no resistirnos a esos sentimientos
  • Aceptar ese miedo, ese dolor, esa ansiedad
  • Darnos cuenta de que la vida no siempre se ajusta a nuestros planes
  • Percibir que la realidad manda y que nosotros no tenemos el control
  • Ver las cosas como son, no como queremos que sean

Sin olvidar que aceptar no es claudicar, ni rendirse, ni mucho menos resignarse, ni estar de acuerdo, no es pasividad, ni desapego… es alinearnos con la realidad, sean nubes, olas, tormentas, luz u oscuridad.

Para profundizar:

Foster, J. (2012) La más profunda aceptación. Despertar radical en la vida ordinaria. Málaga: Editorial Sirio.