¿Ser o no ser? ¿Esa es la cuestión?

Imagen: Rony Michaud  en Pixabay

La pregunta: ¿ser o no ser?, puede ser uno de los cuestionamientos existenciales más famosos: vivir enfrentándonos a circunstancias vitales calamitosas o morir y “aparentemente” acabar con todo. Las preguntas trascendentes sobre la existencia han acompañado desde siempre a los humanos. En Hamlet la duda que se plantea tiene que ver con la inseguridad acerca de que lo que pueda venir después de la muerte, es decir, que huir de la vida quizás no sea mejor que las circunstancias que estemos sufriendo, así que igual más vale seguir “aguantando”.

¿Tiene sentido la vida? ¿Qué pasa después? ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Dónde voy? ¿Cuestiones solo para filósofos?  ¿Espiritualidad? A veces el día a día nos come, nos parece que no hay tiempo para estos temas y la sociedad de consumo voraz no invita demasiado a la introspección. En ocasiones, la asociación con la religión nos puede hacer huir de preguntas profundas. Durante muchos siglos las religiones han podido ser – o pueden seguir siéndolo en algunas culturas- el poder dominante, infligiendo numerosas barbaridades en nombre de su “dios”, cada una asegurando que el suyo es el bueno, claro.  Y desde un punto de vista estrecho, considerando herejes a todos aquellos que cuestionen sus preceptos y extendiendo su poder a todo ámbito de conocimiento.

Este legado religioso ancestral junto con posibles experiencias traumáticas de una educación mal entendida, han podido contribuir a que en la construcción de nuestra identidad queramos distanciarnos lo más posible de la versión mística y nos coloquemos en el otro lado del péndulo, el de la razón, la erudición, el cientifismo y el materialismo extremo, considerándolos nuestra nueva “religión” y por tanto el nuevo poder que consideraría herejes a todos los que no lo sigan al pie de la letra.

Independientemente del lado del péndulo en el que nos coloquemos estaremos relegando el lado contrario a nuestra sombra, y no por eso desaparecerá, tomará diferentes formas en nuestra vida y no será fácil encontrar una existencia equilibrada y serena en ninguno de los extremos.

¿Cómo podemos ir entonces a ese punto medio en el que parecen estar las tonalidades más felices de la vida? La escala de grises puede tener que ver con descansar en el «no sé», con ver más allá de las apariencias, con cuestionar el «status quo» es decir, con revisar algunas de nuestras creencias:

  • Creer que solo existe lo que se puede apreciar con los sentidos. Si echamos un vistazo a la historia constataremos como gracias a la tecnología hemos ido siendo capaces de ver mucho más que lo que ven nuestros ojos, lo que nos tiene que invitar a ser humildes en lo que nos falta por descubrir, o en lo que quizás nunca demostremos por nuestras limitaciones humanas y que, sin embargo, seguirá estando ahí, como lo estaba aquello que antes no veíamos.
  • Creer que somos los reyes del planeta.  Es decir, creer que tenemos derechos sobre el resto de los animales, la flora o el agua. No nos viene mal de vez en cuando ubicarnos como un bichito más de la naturaleza a la que necesitamos y maltratamos como si no dependiéramos totalmente de ella y  que de seguir así en un futuro próximo prescindirá de nuestra presencia a través de virus… o de lo que haga falta.
  • Creer que somos solo un cuerpo. ¿Un robotito formado por partes sin conexión entre sí? Pensemos en esas veces que un estado de ánimo afectó a nuestra salud, por ejemplo, aquella época de estrés o cuando ese disgusto nos bajó las defensas… o aquella época en la que teníamos la motivación tan alta que nada nos paraba.
  • Creer que hemos venido a madrugar, trabajar, comer, ver la tele, dormir y así sucesivamente hasta la muerte. Tenemos un cerebro programado para la supervivencia, pero si salimos de la inercia del piloto automático nos daremos cuenta de que podemos disfrutar de cada instante de una manera plena y experimentaremos la maravilla que es estar vivos en este planeta.
  • Creer que somos cuerpos humanos, algunos de ellos espirituales, en lugar de sabernos seres espirituales en una experiencia humana. Cuando renegamos de nuestra esencia espiritual, porque no encaja con la identidad que queremos construir, porque no es racional – es decir “inteligente”-, porque lo asociamos a los curas o monjas que no nos gustó como lo hicieron o por la razón que sea, inconscientemente estamos negando lo que realmente somos, nos alejamos de nuestra verdadera identidad y por mucho que lo hagamos no dejaremos de ser seres espirituales, solo que desconectados de nuestra esencia.

Tenemos un vehículo, un cuerpo, que tiene emociones, que tiene pensamientos, pero podemos observar todo eso desde una conciencia más amplia. Solo cuando nos dejamos de identificar con lo pequeño, nos damos cuenta de esa grandeza que somos. Y ser espiritual no es ponernos una túnica y cantar mantras, ser espiritual es ser conscientes y saber que hemos venido a tener una aventura humana para sentir, disfrutar, aprender, amar y vivir la vida en todo su esplendor.

La vida tratará de que nos demos cuenta de una forma u otra, querrá que recordemos lo que somos, que evolucionemos y superemos nuestra pequeñez y nos lo intentará mostrar con nuestros sucesos vitales. Podemos ignorarlo, evidentemente, y seguir “peleando”, resistiendo y sufriendo, o podemos ampliar la mirada y pasar al “Ser o Ser”, porque siempre somos, porque hagamos lo que hagamos somos,  y del mismo modo que la ola más allá de su forma sigue siendo mar, o la gota sigue siendo agua, nosotros más allá de nuestro cuerpo físico seguiremos siendo, por lo que «no ser» no solucionará nuestras calamidades terrenales.

Imagen: Manuela Milani en Pixabay

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