Resistiré… y ¿si no lo hago?

Emily Pearl Kinsgley, guionista de Barrio Sésamo y madre de un niño con Síndrome de Down escribió un cuento en 1987 titulado “Bienvenidos a Holanda”.  En él narraba la frustración de unos «viajeros» que habían elegido Italia como destino de vacaciones, preparando el viaje con ilusión y detalle, y al aterrizar el avión en el que se dirigían a su destino soñado son recibidos con un “bienvenidos a Holanda”, como metáfora de tener un bebé con discapacidad . En el cuento se invita a tomar conciencia de si merece la pena lamentarse eternamente por no estar en Italia o disfrutar y aprender de lo que pueda ofrecer Holanda.

Y todos somos conscientes de que la vida muchas veces nos lleva a Holandas no planificadas. No serán pocos los que en estas fechas cercanas a la Semana Santa y en pleno “retiro covid-19” hayan visto sus vacaciones canceladas por no hablar de negocios truncados y un largo etcétera de situaciones ni buscadas, ni deseadas.  El hecho de que se amplíe el estado de alarma dos semanas más, nos lleva a otra pequeña Holanda, la de la incertidumbre de cuándo acabará realmente, la del hastío por tener que continuar en una rutina que quizás no sea la que nos apetece tener por las razones que sean.  A nivel emocional podemos tener días mejores… pero es normal tener también días malos, difíciles o terribles, cuando la desilusión, la enfermedad o incluso la muerte entran en escena.

Habrá casos en los que nos costará lidiar con ese estado de ánimo y será de gran ayuda que contactemos con un profesional de la psicología que nos inspire confianza. En otros casos, podremos gestionarlo por nosotros mismos con una mirada diferente, tomando distancia de la esa emoción difícil, observándola, poniéndole nombre, dejando que se exprese, sosteniendo lo que nos traiga y “respirándola”, para dejar que poco a poco se vaya cuando  haya cumplido su función. Cuando etiquetamos una emoción vamos de lo analógico – la emoción –  a lo digital – el lenguaje – (Pennebaker, 2011), organizando una narrativa diferente, lo nos ayuda a entender la situación de otra forma.

Soy muy fan de la escritura terapéutica como medio de expresión emocional para “sacar” lo que a veces no sabemos soltar de otra forma.  Consiste en tomar papel y boli y comenzar a escribir lo que en ese momento surja en nosotros. Sin filtro, sin estilo literario, sin buena caligrafía… lo importante es que fluya, dejando que emociones, pensamientos y sentimientos profundos asociados surjan sin pretender frenarlos o cambiarlos.  No es extraño que si estamos tristes o enfadados escribiendo parezca que la tristeza o la ira aumentan, pero cuando terminemos notaremos cierta liberación, que irá a más cuanto más saquemos. Si además lo hacemos en tercera persona nos permitirá tomar otro punto de vista, hacer una reflexión diferente de nuestra narrativa.

Escribir nos ayuda a pensarnos, a expresar, a liberar, ampliando la visión de nosotros mismos abriéndonos a otras posibilidades, lo que nos permitirá generar otra historia de lo que estamos viviendo y quizás hasta encontrarle un sentido o un aprendizaje. No hace falta que guardes lo que has escrito si no quieres… puedes quemarlo, tirarlo, como liberación final. Borges utilizó la escritura para superar su insomnio y a Sting escribir sus memorias le ayudó a superar una infancia difícil al ocuparse y ordenar sus acontecimientos vitales…

¿Y que nos puede enseñar esta “Holanda” de retiro forzoso? A nivel global quizás nos enseñe nuevas formas de funcionar, pero nada cambiará si no lo hacemos a nivel individual. Te propongo un ejercicio de introspección sencillo: coge ese cuaderno de bitácora en el que vas a plasmar tus tribulaciones y:

  • Primero: detalla todo aquello que realmente y de una manera intensa echas de menos del exterior
  • Segundo: lo que no echas de menos de tu vida previa…
  • Tercero: relacionado con el segundo, ¿qué estás valorando de este “retiro»?

Venga, empiezo yo… Echo de menos ir al monte, pasear por la naturaleza, ir a Maeztu, pasar un día en la playa, juntarme cara a cara con mis padres, hermanos y demás familia, ir a yoga y las meditaciones con mis grupos, bailar con mis amigxs…

No echo de menos mi agenda repleta… de trabajo, eventos, compromisos, planes infinitos de lunes a domingo… correr al trabajo, llegar tarde a casa… no tener tiempo para mí y los míos…

Y por tanto, valoro el tiempo con mi familia, compartir la cocina y la mesa todos los días, dormir más, leer, escribir, tener tiempo para ordenar los armarios y sacar todo lo que ya no utilizo… Valoro no tener que coger el coche, no tener que salir de casa por las mañanas para ir a trabajar, compartir series con mis hijas… etc etc

En resumen, este ejercicio nos puede ayudar a plasmar en papel cómo nos gustaría que fuera nuestro día a día cuando esto termine. Porque terminará, pasará y podremos haberlo utilizado para mejorar nuestra vida, para conocernos un poco más y subir unos escalones en nuestro desarrollo personal o para seguir en una rueda de hámster de correr y correr sin saber muy bien a dónde vamos. Podemos prepararnos para -en la medida de lo posible- potenciar lo que quiero de más y lo que quiero de menos en mi vida.

Kinsgley, E.P, (1987) Bienvenidos a Holanda

Fernández, E. (2013) Invitacion-a-la-escritura-terapeutica : Ideas para generar bienestar. International Journal of Collaborative Practice.

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