¿Qué tiene la culpa que no la quiere nadie?

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Cuando señales a alguien con el dedo, recuerda que otros tres dedos te señalan a ti. Proverbio inglés.

La culpa es un patrón de respuesta emocional que surge de la creencia de haber transgredido normas éticas personales o sociales. En el diccionario aparece como “falta o delito cometido voluntariamente” o “responsabilidad de una acción negativa o perjudicial”; el caso es que es evidente que tiene muy mala fama y todos queremos escapar de ella como sea.

En su versión adaptativa, su función sería regular esa conducta social que nos resulta tan indeseable y  motivarnos a reparar el daño causado. Hasta aquí resulta comprensible y saludable. La culpa, o mejor la responsabilidad, sirve entonces para reconocer nuestros errores y facilitar conductas de reparación.

Pero nada en la experiencia humana resulta tan sencillo. La culpa está más que nunca en la calle, en boca de todos. Si las cosas van mal alguien tiene que ser culpable y ante la tesitura de qué pueda ser yo, mejor busco otro al que volcar el problema. Lo vemos cada día con el covid y la hostelería, la juventud, los deportistas, el vecino que ayer me pareció que llegaba a casa a las 22:05 o el cuñado que se fue al pueblo a dar de comer a las gallinas. Y no te digo nada si das positivo tras un test PCR… todas las alarmas de «qué habrás hecho mal» se disparan. Por si no fuera suficiente estar enfermo, igual te toca cargar con el sentimiento de culpa.

Buscar culpables para una pandemia que está poniendo patas arriba al planeta no parece fácil. Puede ser el resultado de una forma de vida imposible. Puede ser la forma de sacar a la luz deficiencias de un sistema insaciable que exprime a la madre Tierra sin piedad. Puede recordarnos lo vulnerables que somos y que el planeta no nos necesita pero nosotros a él sí.  Puede dejar ver carencias sociales y defectos de gestión. Puede forzarnos a construir una nueva humanidad basada en el bien común… pero mientras sigamos con el dedo acusador en alto, seguiremos en la rueda de hámster que no lleva a ninguna parte.

Es muy humano, concretamente muy del ego, pensar que nosotros somos correctos, tenemos criterio y el resto no. Que nosotros hacemos las cosas bien, -o que lo que hacemos nosotros mal, no hace daño a nadie-, y que son los demás los causantes de todo. Es un mecanismo de defensa muy habitual, dado que tomar la responsabilidad de lo que ocurre puede ser muy doloroso para nuestro personaje. También puede ser que la tendencia sea la contraria, echarnos sobre la espalda la responsabilidad de todo y vivir angustiados por ello. La culpa puede ser desadaptativa por exceso o por defecto, pero siempre hay un denominador común: una distorsión de cómo vemos e interpretamos la situación.

Venimos de una educación en la que hemos sido llamados pecadores incluso antes de nacer, nos hemos golpeado en el pecho nuestras culpas, hemos visto como pegaban y llamaban mala a una mesa por habernos tropezado con ella y todavía nos extrañamos de que la culpa campe por nuestro psiquismo a sus anchas, intentando buscar la “mesa” a la que llamar mala.

De este modo, la culpa en forma insana puede aparecer:

  • En formato sufrimiento: interiorizándola, sintiéndonos culpables o inocentes, mártires, víctimas, destinatarios de simpatías, pequeños, débiles…
  • En formato manipulador: obedece y sé bueno, haz esto o sino…, quiéreme o sino…, El marketing, los gobiernos, las religiones, los educadores, en definitiva los mecanismos de poder, explícita o implícitamente, la han usado a lo largo de todos los tiempos.
  • En formato «esto no va conmigo»: enmascarando el remordimiento y el malestar sin afrontamiento, sin asumir responsabilidades ni reparar daños, auto-engañándonos con que yo no hago nada malo.
  • En formato «proyectando fuera»: esto no va bien y alguien tiene que tener la culpa porque no debería ser así.

Y podemos quedarnos eternamente ahí, en la inconsciencia, en el “balones fuera” o en el “pobre de mí” o podemos movernos hacia su gestión sana:

  • Identificando qué conducta o pensamientos hacen que aparezca el sentimiento de culpa y los remordimientos. Reconociendo los pensamientos negativos, aceptándolos como parte de lo que somos en este momento, pero teniendo en cuenta que son pensamientos, no realidades. Habrá que cuestionarlos.
  • Tomando conciencia realista de nuestra responsabilidad y la de otros en lo sucedido. Buscando soluciones que reparen, comprometiéndonos a generar cambios soltando el pasado y mirando hacia delante.
  • Cultivando la humildad, descansar en el no sé cómo deberían ser las cosas. Abrazando y aceptando nuestros errores, siendo más compasivos con nosotros mismos y con los demás. Asumir el error, la imperfección y el fracaso como parte inevitable de la experiencia humana pero sin rebozarnos en el lodo.
  • Comprendiendo que lo hicimos/hicieron lo mejor que pudimos/pudieron con el nivel de consciencia de ese momento y que desconocemos por completo las historias que hay detrás de aquellos que no actúan como nosotros creemos que deberían actuar.
  • Aceptando el mundo tal y como es más allá de cómo nos gustaría que fuera,-a pesar de que no estemos de acuerdo, no nos guste, o no nos parezca justo-, pero actuando para ser la mejor versión de nosotros mismos y ser materia prima de calidad para ese nuevo mundo.
  • Siendo auténticos y cultivando nuestros valores y principios de manera honesta, no dejándonos influenciar por los “chantajes” de otros (personas, instituciones, empresas…). Ser yo el cambio que quiero ver.
  • Eligiendo no culpar, ni a nosotros ni a otros. Responsabilidad y reparación individual en su justa medida.
  • Comprendiendo de qué va la vida, que todo tiene un “para qué” más allá de lo evidente, y que no seamos capaces de verlo en estos momentos no quiere decir que no exista. Comprendiendo que todo está interrelacionado, que todas las acciones previas nos han llevado a lo que hay ahora, y que todo lo que hagamos ahora nos llevará al futuro que construyamos.

La próxima vez que la culpa asome bien hacia dentro o hacia fuera, tendremos una nueva oportunidad de entrenar nuestra atención, nuestra acción, nuestra consciencia hacia nuestros errores y nuestra comprensión hacia los de los demás.

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