O corro… o me drogo

«…abrir las puertas quitar los cerrojos, abandonar las murallas que te protegieron. Vivir la vida y aceptar el reto, recuperar la risa, ensayar el canto, bajar la guardia y extender las manos, desplegar las alas e intentar de nuevo, celebrar la vida y retomar los cielos. No te rindas por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se ponga y se calle el viento, aun hay fuego en tu alma, aun hay vida en tus sueños, porque cada día es un comienzo, porque esta es la hora y el mejor momento, porque no estas sola, porque yo te quiero». Mario Benedetti

«O corro… o me drogo». Frase real, oída hace unos días y con una buena carga de ironía… y de verdad. Los humanos tenemos la capacidad de hacernos adictos casi a cualquier cosa.  Normalmente cuando hablamos de adicciones inmediatamente nos vienen a la cabeza sustancias ilegales como cocaína, pastillas varias o marihuana, legales como tabaco y alcohol, pero también juego, apuestas, sexo, etc.

Hay otra categoría que nos parece un poco menos traumática pero que en el fondo sabemos que supone un problema cuando su consumo se convierte en obsesivo: comer, videojuegos, compras, redes sociales, el trabajo,  la imagen, las relaciones tóxicas…

Luego están las adicciones “mejor vistas” como correr en exceso o practicar deportes extremos, leer o ver series a todas horas, estar constantemente con gente o  conectados tecnológicamente las 24 horas… por no hablar de nuestras adicciones más intangibles: a creencias, al éxito, estatus o prestigio, al deber, a la seguridad, al poder, al control, al dinero, a mantener una identidad X, a los dulces, al pasado, al futuro…  Y ¡cuidado!, que todo puede ser parte de una vida agradable y normal… siempre y cuando no se conviertan en una vía de escape de la que no podemos prescindir.

Quizás todos podemos vernos en alguna… si miramos con ojos profundos. Podemos justificarlo, o decir que lo podemos dejar cuando queramos, o en muchas ocasiones ni siquiera las tenemos identificadas porque no nos parecen para tanto. No solemos hacernos adictos conscientemente. Son conductas que por un motivo u otro se van convirtiendo en hábito hasta que sin ellas no estamos bien, o en el peor de los cosas las necesitamos para funcionar.  A veces el motivo es que son agradables en el corto plazo, otras veces es por probar, sentirse parte del grupo, fluir con lo socialmente esperado, experimentar sensaciones que nos saquen de la rutina, o un simple modo de huir de un ahora que nos causa desasosiego.

Puede haber explicaciones genéticas o predisposición biológica, infancias con maltrato o carencias y muchísimas más. No es un tema de quién tiene la culpa, nadie ni nada la tiene, la cuestión es darles luz para deshacer el hilo que nos une a ellas.

El cigarro, la copa, la tele, lo que sea que me hace sentir bien por unos instantes, olvidarme de mis problemas, de mis fantasmas internos, del malestar, del miedo, de la tristeza, de las cargas que llevo en mi mochila… Se trata de dar luz a todo aquello que me hace sentir por un instante que se alivia ese vacío interior… Porque lamentablemente es engañoso y efímero… No hay sustancia, ni objeto, que pueda llenar ese “vacío” interior, no hay manera de llenarlo desde fuera.  Enseguida necesitaremos un nueva “dosis” o una nueva experiencia que pueda suavizar el dolor de enfrentarnos al malestar.

Si en última instancia lo que busco es la liberación del sufrimiento, aunque deje de fumar o beber, si no conecto con la causa profunda de ese malestar, buscaré una nueva manera de huir, quizás esta vez elija algo menos tóxico, pero seguirá sin darme lo que de verdad necesito. No es algo consciente, simplemente es una especie de ansia, de sensación desagradable que tratamos de apaciguar como mejor podemos.

Una adicción en el fondo tiene mucho que ver con buscar fuera, con creer que hay algo o alguien que necesito para completar ese vacío. Si cambiamos la mirada y dejamos de ver esos objetos de deseo como necesarios, si les despojamos de poder y ponemos el foco dentro de nosotros, si dejamos de creernos lo que la mente dice sobre lo que nos falta y ponemos la atención en el momento presente, en nuestra respiración, en las sensaciones o emociones, podremos darnos cuenta de que podemos abrazar ese malestar, ese ansia de búsqueda y dejarlo simplemente estar, sin querer que sea diferente, sin huir, pero también sin reprimir, dejando que surja lo que sea que tiene que surgir y convivir con ello con amabilidad hasta que nos demos cuenta de que ya estamos completos.

Meditar es una manera de entrenar esta capacidad de dejar de buscar fuera, de dejar de huir, de convivir con lo que haya… y tiene que ver con:

  • Quedarse frente a las cosas tal y como son, frente a emociones que rechazamos, a sensaciones desagradables de las que huimos o pensamientos  hijitos de unas creencias que se han instalado en nuestro software ejecutándose muchas veces en segundo plano.
  • Experimentar el malestar y dejarlo estar, sin escapar, sin anestesiarlo, aceptando el momento con lo que sea que esté trayendo.
  • Darse cuenta de que puedo dejar de querer liberarme del malestar y de que puedo convivir con él, puedo permitirlo y trascenderlo.
  • Aceptar, no hacer, no esperar nada, no juzgar, no luchar, tener paciencia y confianza para conectar con lo que soy.

Y este entrenamiento me ayudará a romper con la esclavitud de la dependencia, a descubrir la libertad de poder elegir mis respuestas, observando como mis adicciones dejan de tener poder.

Para profundizar:

Trobe, T. (2016) De la codependencia a la libertad. Cara a cara con el miedo. Madrid: Gaia Ediciones.

Foster, J. (2012) La más profunda aceptación. Málaga: Editorial Sirio

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