Dando la mano a nuestro niño interior

No hay niño que requiera más  atención que aquel que un día fuiste. Recuérdalo, acógelo, sánalo. Rafael Vidac

Ya lo decía el Principito: “todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas lo recuerdan”.  Recordamos algunas cosas, pero otras muchas las hemos guardado en un lugar profundo de la mente, un sitio de difícil acceso al que en ocasiones duele asomarse… Así, nuestras mentes adultas programadas por años de condicionamiento e inmersas en la vorágine de un día a día repleto de quehaceres y preocupaciones, no consideran una opción volver a conectar con el niño que fuimos… y que sigue con nosotros. Trabajamos, cocinamos, comemos, vamos, venimos, salimos con amigos, dormimos…, vivimos la vida, en muchas ocasiones, desde una inconsciencia profunda.

Pero nuestro niño interior no ha crecido y sus heridas se hacen notar.  Las hay grandes, pequeñas…, algunas están cicatrizadas, otras pueden seguir abiertas y tomar distintas formas en nuestra vida adulta: miedo, inseguridad, resentimiento, tristeza, malestar profundo, síntomas físicos, conductas indeseadas…, pero a veces, en lugar de mirarlas de frente y darles luz, preferimos achacarlas a algún suceso externo, a qué somos así o a que la vida es dura…, o simplemente miramos hacia otro lado.

Imagina por un momento en cuántas ocasiones ese niño que fuiste se pudo sentir herido: una humillación en clase, un grito de tus padres, un abrazo no recibido cuando lo necesitabas, esas palabras de ánimo en un momento difícil que no llegaron, no sentirte escuchado, no sentirte valorado,  que tus miedos o preocupaciones no fueran tomadas en serio, que no se respetara tu opinión o disconformidad, que no pudieras expresar tus emociones sin burlas o represalias, sentirte excluido del grupo…   por no mencionar si ocurrieron abusos o malos tratos.

Ese niño interior sigue contigo, esperando que le hagas caso, que lo acojas, que le mimes, que lo abraces, que le digas que es único, que pase lo que pase le quieres, que te gusta cómo es, que tiene derecho a decidir y a equivocarse, que puede expresar sus emociones sin temor… Dile que lamentas no haberle atendido hasta ahora, pero ahora sabes cómo cuidarlo y que vas a otorgarle protección y seguridad.

Nuestros padres y educadores hicieron lo que hicieron en función de lo que sabían y podían hacer, cometieron errores, como nosotros como padres los cometemos ahora.  Podemos quedarnos en el resentimiento por lo que nos parece no supieron dar a ese niño que fuimos o podemos tomar las riendas, abrazar a nuestro interior herido, acogerle, mirarle a los ojos y decirle que todo ese camino recorrido nos ha traído hasta lo que hoy somos, que todo está bien, que esté tranquilo, que lo respetamos, valoramos y queremos profundamente.

Sanando nuestro niño interior, dando luz a esa oscuridad que a veces nos asusta, nos haremos plenamente conscientes y responsables de nuestra vidas, caminaremos hacia el autoconocimiento necesario para dirigirnos hacia esa mejor versión de nosotros mismos, a esa evolución personal hacia un nivel mayor de consciencia. No es sencillo, quizás necesitemos ayuda, pedirla puede ser el primer paso de nuestra vida mejor. La práctica meditativa  también puede ayudarnos en esa parada, en esa conexión, en ese abrazo amoroso a nuestro niño herido. Y desde ahí, desde esa mejor versión, seremos los acompañantes conscientes de otras mejores versiones.

Te dejo una bonita reflexión de Thich Nhat Hanh  para el trabajo con el niño interior herido:

“Mi querido niño herido, estoy aquí por ti, listo para escucharte. Por favor, cuéntame tu sufrimiento, muéstrame todo tu dolor. Estoy aquí, escuchándote de veras” Y si sabes volver a él, escucharle cada día durante cinco o diez minutos, la curación tendrá lugar. Cuando subas una bella montaña, invita al niño que hay dentro de ti a subir contigo. Cuando contemples una hermosa puesta de sol, invítale a disfrutar contigo. Si lo haces durante algunas semanas o meses, el niño herido que hay en ti se curará. La plena conciencia es la energía que puede ayudarnos a hacerlo.  Thich Nhat Hanh

(Extraído de los materiales de Facilitador en Desarrollo Transpersonal de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal )

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