Un ratito con Ramiro González (Swami Narayananda)

En nuestras vidas hay personas que marcan un antes y un después. De una manera aparentemente “casual” aparecen cuando las necesitas, te transforman y te encaminan en otra dirección. Son esos hitos en el camino vital que solo se hacen perceptibles como tales en la distancia temporal. Hoy comparto esta pequeña entrevista con una de esas personas, Ramiro González (Swami Narayananda), mi maestro de yoga durante los últimos 18 años.

Conocí a Ramiro en el año 2003. A raíz de una crisis personal y varias “causalidades” llegué a Zohargi, el centro donde él daba clase de yoga en esa época. Me apunté aconsejada por Maite, quien, con sus masajes en mi dolorida espalda, supo percibir y mostrarme la falta que me hacía mirar un poco hacia dentro.

Nacido en Astorga (León), Ramiro es el tercero de cuatro hermanos, y prácticamente toda su vida ha estado ligada a la enseñanza —sobre todo, pero no solo— del yoga y la meditación. “No solo” porque es un ser polifacético donde los haya.

Estudió Magisterio, Ingeniería Técnica Electrónica, Psicología, es programador-analista de sistemas y ahora… piloto profesional de drones. Ligado a la comunidad de San Viator desde la adolescencia, su vida no parece ajustarse a un patrón de tiempo habitual, más bien da la sensación de que lleva un par de siglos por aquí debido a tantas y tan diversas habilidades y a tantos lugares a los que ha viajado y en los que ha vivido. Ramiro no es aficionado a hablar de sí mismo o publicitarse en las redes. Es amigo del silencio, de la introspección, de la sencillez y la humildad, de simplemente SER. He tenido la osadía se sacarlo de allí para que lo conozcáis un poquito mejor.

¿Cómo llega un chaval del Astorga de hace 50 años al mundo del yoga y la meditación? ¿Recuerdas algún detalle de la infancia que te acercara al mundo de la interioridad?

Mira, la memoria me flaquea con las fechas, pero recuerdo que cuando los seminaristas salían de paseo yo organizaba a la pandilla para tirarles piedras y que corrieran. Nos hacía gracia y con algo había que divertirse. Cuando tenía creo que alrededor de 8 años, en una de esas aventuras infantiles me caí de la muralla de Astorga y me hice una herida seria en la cabeza. Una señora me atendió y después me fui a jugar al fútbol. Cuando volví a casa les dije que me había golpeado en el campo de fútbol. Mientras mi hermana me llevaba al hospital apareció la señora que me atendió y la “Verdad” salió a la luz. Esta es una gran lección que aprendí.

«Verdad» con mayúsculas

Sí. Me fui dando cuenta de que la Verdad siempre sale a flote y que, por lo tanto, es mejor decir siempre la verdad y evitar futuros malestares. Fue una comprensión profunda que tuve. De mi padre, militar, aprendí la atención y el respeto a la persona. De mi madre, la sencillez.

¿Qué vino después?

Hacia los 16 años, yo ya estaba con los viatores; me dejaron un libro de yoga que me gustó y empecé a practicar por mi cuenta las posturas. Después apareció Swami Brahmananda, que fue mi maestro interior. Lo único que practicaba con él era la meditación y el silencio. Horas y más horas. Aprendí que la sabiduría se trasmite desde el silencio.

Hacia los 20 años comencé a enseñar yoga con un grupo en Arrasate. Al principio con relajación-meditación, que era lo que más dominaba, después algunas posturas… Se empezó a difundir y daba cursos semanales de introducción al yoga; luego también en Vitoria, hasta que poco a poco se fue extendiendo la práctica.

Pasados unos años, estuve con Swami Vishnudevananda en Canadá y me preparé como profesor de yoga. Este es un mundo totalmente diferente. Hay mucho dominio del tener, hacer cosas y yo estaba acostumbrado a trabajar el SER. Al año siguiente, Swami Brahmananda me aceptó como maestro de yoga.

Tuviste un accidente de coche importante con doble fractura de cráneo. ¿Qué aprendizaje te trajo?

Sí, fue muy serio. Estuve un mes prácticamente inconsciente. Según los expertos me venía un año de baja. Un médico que me conocía me quitó los medicamentos que me daban y el dolor me despertó. El aprendizaje fue que, con trabajo personal constante en dos meses, y contra todo pronóstico, estaba haciendo vida normal.

Otro percance serio es una hernia discal que me cogió el nervio ciático y me dejó la pierna izquierda casi inservible. De nuevo, con paciencia, mucha práctica personal —mínimo dos sesiones diarias— y con la ayuda del doctor Juan Carlos Vicente salí adelante. En seis meses estaba recuperado. La hernia había desaparecido.

Saber informática y programar me ha ayudado también a ser constante, minucioso, a dar pasos sucesivos, a no saltarme ninguno. Eso repercutió positivamente en la formación de mi mente.

¿Y cómo encajaba el mundo del yoga en una comunidad religiosa?

El yoga se instaló en mi vida porque de alguna forma favorecía la interioridad y eso es lo que a mí me interesaba. Siempre he estado a gusto retirado y en silencio. Tengo que reconocer que las prácticas religiosas también me ayudaron a crecer y a interiorizar. Posteriormente, aprendes a liberarte de todo. Esto es importante.

Y la práctica se extendió y comenzó la formación de profesores…

Después de Arrasate abrimos Harrera Etxea, un centro en Eskoriatza, donde está hoy la Universidad de Mondragón. Daba clases de yoga y venía mucha gente de todo el valle. También impartía una asignatura optativa de Orientalismo en la Escuela de Magisterio.

Allí empecé a formar a los primeros profesores de yoga. Venían todos los días desde las seis de la tarde hasta las nueve o más, también los fines de semana… Me ayudaban en los trabajos que surgían, practicaban karma yoga al máximo y yo los iba ayudando en su formación y práctica de yoga. Ahora son unos excelentes profesores.

En Vitoria, abrimos el centro Zohargi, que funcionó varios años y ahora estamos en el Centro de Yoga Prema, que es el remate de todos estos años. Surgió de una forma espontánea, sin buscar nada. La Vida me lo presenta y yo acepto el nuevo reto.

¿Qué destacarías en la enseñanza del yoga?

La experiencia con el grupo de profesoras de yoga que surgió cuando estábamos en Barrentasun Etxea fue muy especial, ya que, sin entretenerse en teorías, cada persona se preocupaba de cultivar su propia formación y eso ayudaba a todo el grupo. Se logró un alto nivel de interioridad. Fue otro excelente grupo de profes.

A mí me encanta encontrarme con un grupo que se mete en la práctica y vive la clase. Yo me siento en sintonía con el grupo y con cada persona y eso es algo grandioso. Eso es yoga: vivir en unidad con todo.

Hasta aquí esta pequeña aproximación a Ramiro González (Swami Narayananda).

No puedo sentirme más afortunada y orgullosa de haber estado en sus clases todos estos años, así como de, gracias a él, haberme podido lanzar a estar en el otro lado y enseñar lo que yo he aprendido y que tanto bien me ha hecho. Somos muchísimas las personas que sentimos gran admiración por Ramiro, muchísimas las personas a las que ha ayudado en su caminar, y seguro que todavía habrá otras muchas más. Todavía puede que estudie otra media docena de carreras y… ¡quién sabe!

Gracias, Ramiro, por todos los momentos vividos dentro y fuera de clase, ¡por muchos más!