Un ratito con Ramiro González (Swami Narayananda)

En nuestras vidas hay personas que marcan un antes y un después. De una manera aparentemente “casual” aparecen cuando las necesitas, te transforman y te encaminan en otra dirección. Son esos hitos en el camino vital que solo se hacen perceptibles como tales en la distancia temporal. Hoy comparto esta pequeña entrevista con una de esas personas, Ramiro González (Swami Narayananda), mi maestro de yoga durante los últimos 18 años.

Conocí a Ramiro en el año 2003. A raíz de una crisis personal y varias “causalidades” llegué a Zohargi, el centro donde él daba clase de yoga en esa época. Me apunté aconsejada por Maite, quien, con sus masajes en mi dolorida espalda, supo percibir y mostrarme la falta que me hacía mirar un poco hacia dentro.

Nacido en Astorga (León), Ramiro es el tercero de cuatro hermanos, y prácticamente toda su vida ha estado ligada a la enseñanza —sobre todo, pero no solo— del yoga y la meditación. “No solo” porque es un ser polifacético donde los haya.

Estudió Magisterio, Ingeniería Técnica Electrónica, Psicología, es programador-analista de sistemas y ahora… piloto profesional de drones. Ligado a la comunidad de San Viator desde la adolescencia, su vida no parece ajustarse a un patrón de tiempo habitual, más bien da la sensación de que lleva un par de siglos por aquí debido a tantas y tan diversas habilidades y a tantos lugares a los que ha viajado y en los que ha vivido. Ramiro no es aficionado a hablar de sí mismo o publicitarse en las redes. Es amigo del silencio, de la introspección, de la sencillez y la humildad, de simplemente SER. He tenido la osadía se sacarlo de allí para que lo conozcáis un poquito mejor.

¿Cómo llega un chaval del Astorga de hace 50 años al mundo del yoga y la meditación? ¿Recuerdas algún detalle de la infancia que te acercara al mundo de la interioridad?

Mira, la memoria me flaquea con las fechas, pero recuerdo que cuando los seminaristas salían de paseo yo organizaba a la pandilla para tirarles piedras y que corrieran. Nos hacía gracia y con algo había que divertirse. Cuando tenía creo que alrededor de 8 años, en una de esas aventuras infantiles me caí de la muralla de Astorga y me hice una herida seria en la cabeza. Una señora me atendió y después me fui a jugar al fútbol. Cuando volví a casa les dije que me había golpeado en el campo de fútbol. Mientras mi hermana me llevaba al hospital apareció la señora que me atendió y la “Verdad” salió a la luz. Esta es una gran lección que aprendí.

«Verdad» con mayúsculas

Sí. Me fui dando cuenta de que la Verdad siempre sale a flote y que, por lo tanto, es mejor decir siempre la verdad y evitar futuros malestares. Fue una comprensión profunda que tuve. De mi padre, militar, aprendí la atención y el respeto a la persona. De mi madre, la sencillez.

¿Qué vino después?

Hacia los 16 años, yo ya estaba con los viatores; me dejaron un libro de yoga que me gustó y empecé a practicar por mi cuenta las posturas. Después apareció Swami Brahmananda, que fue mi maestro interior. Lo único que practicaba con él era la meditación y el silencio. Horas y más horas. Aprendí que la sabiduría se trasmite desde el silencio.

Hacia los 20 años comencé a enseñar yoga con un grupo en Arrasate. Al principio con relajación-meditación, que era lo que más dominaba, después algunas posturas… Se empezó a difundir y daba cursos semanales de introducción al yoga; luego también en Vitoria, hasta que poco a poco se fue extendiendo la práctica.

Pasados unos años, estuve con Swami Vishnudevananda en Canadá y me preparé como profesor de yoga. Este es un mundo totalmente diferente. Hay mucho dominio del tener, hacer cosas y yo estaba acostumbrado a trabajar el SER. Al año siguiente, Swami Brahmananda me aceptó como maestro de yoga.

Tuviste un accidente de coche importante con doble fractura de cráneo. ¿Qué aprendizaje te trajo?

Sí, fue muy serio. Estuve un mes prácticamente inconsciente. Según los expertos me venía un año de baja. Un médico que me conocía me quitó los medicamentos que me daban y el dolor me despertó. El aprendizaje fue que, con trabajo personal constante en dos meses, y contra todo pronóstico, estaba haciendo vida normal.

Otro percance serio es una hernia discal que me cogió el nervio ciático y me dejó la pierna izquierda casi inservible. De nuevo, con paciencia, mucha práctica personal —mínimo dos sesiones diarias— y con la ayuda del doctor Juan Carlos Vicente salí adelante. En seis meses estaba recuperado. La hernia había desaparecido.

Saber informática y programar me ha ayudado también a ser constante, minucioso, a dar pasos sucesivos, a no saltarme ninguno. Eso repercutió positivamente en la formación de mi mente.

¿Y cómo encajaba el mundo del yoga en una comunidad religiosa?

El yoga se instaló en mi vida porque de alguna forma favorecía la interioridad y eso es lo que a mí me interesaba. Siempre he estado a gusto retirado y en silencio. Tengo que reconocer que las prácticas religiosas también me ayudaron a crecer y a interiorizar. Posteriormente, aprendes a liberarte de todo. Esto es importante.

Y la práctica se extendió y comenzó la formación de profesores…

Después de Arrasate abrimos Harrera Etxea, un centro en Eskoriatza, donde está hoy la Universidad de Mondragón. Daba clases de yoga y venía mucha gente de todo el valle. También impartía una asignatura optativa de Orientalismo en la Escuela de Magisterio.

Allí empecé a formar a los primeros profesores de yoga. Venían todos los días desde las seis de la tarde hasta las nueve o más, también los fines de semana… Me ayudaban en los trabajos que surgían, practicaban karma yoga al máximo y yo los iba ayudando en su formación y práctica de yoga. Ahora son unos excelentes profesores.

En Vitoria, abrimos el centro Zohargi, que funcionó varios años y ahora estamos en el Centro de Yoga Prema, que es el remate de todos estos años. Surgió de una forma espontánea, sin buscar nada. La Vida me lo presenta y yo acepto el nuevo reto.

¿Qué destacarías en la enseñanza del yoga?

La experiencia con el grupo de profesoras de yoga que surgió cuando estábamos en Barrentasun Etxea fue muy especial, ya que, sin entretenerse en teorías, cada persona se preocupaba de cultivar su propia formación y eso ayudaba a todo el grupo. Se logró un alto nivel de interioridad. Fue otro excelente grupo de profes.

A mí me encanta encontrarme con un grupo que se mete en la práctica y vive la clase. Yo me siento en sintonía con el grupo y con cada persona y eso es algo grandioso. Eso es yoga: vivir en unidad con todo.

Hasta aquí esta pequeña aproximación a Ramiro González (Swami Narayananda).

No puedo sentirme más afortunada y orgullosa de haber estado en sus clases todos estos años, así como de, gracias a él, haberme podido lanzar a estar en el otro lado y enseñar lo que yo he aprendido y que tanto bien me ha hecho. Somos muchísimas las personas que sentimos gran admiración por Ramiro, muchísimas las personas a las que ha ayudado en su caminar, y seguro que todavía habrá otras muchas más. Todavía puede que estudie otra media docena de carreras y… ¡quién sabe!

Gracias, Ramiro, por todos los momentos vividos dentro y fuera de clase, ¡por muchos más!

Finales y principios

Imagen de Geralt en Pixabay 

Todo final es un nuevo comienzo y una nueva oportunidad. Eduardo Alighieri

Fin de curso, uno más. Y no uno cualquiera. Será difícil olvidar este curso 2020-2021. Reducciones de aforo, cambios de horario, mascarillas, gel, incertidumbre, confinamientos perimetrales, complicaciones continuas. Pero ahí hemos estado, ahí habéis estado. Manteniendo la consciencia, la presencia, tratando de no dejarnos engullir por el miedo, inspirando confianza y espirando calma.

Gracias por haber seguido apostando por el crecimiento, porque esa mejor versión de nosotros mismos siga aflorando.

Ahora toca descansar,  aprovechar el verano para salir a la naturaleza, para re-conectarnos con ella y llenarnos de energías renovadas para continuar con lo que sea que nos depare el próximo curso, la próxima pantalla del videojuego de la vida.

Por mi parte, seguiré apostando por el autoconocimiento, la psicoeducación, la evolución de la conciencia combinando teoría y práctica. Inteligencia emocional, social y transpersonal. Práctica de todo lo que nos acerque al bienestar que somos,  a la conexión y comprensión profunda de nosotros mismos.

Si no dudamos en invertir en reformar la casa o en un coche seguro, no olvidemos el cuidado de nuestro verdadero hogar, el que de verdad nos acoge y el que hará nuestro camino vital más o menos agradable. Ahora sé, por experiencia propia, que la inversión más necesaria en nuestra vida es nuestro propio bienestar y por ello seguiré ofreciendo todo lo que a mí me reconectó con él.

Este curso además, con la novedad de que impartiré una clase de yogaterapia para descubrir como el yoga puede ayudarnos en nuestro caminar diario y en esta reconstrucción de nuestra casita real.

Te dejo la información de mis clases y de las del resto de profesoras del Centro Prema. Si lo tienes claro reserva tu plaza cuanto antes en los teléfonos de cada actividad.  ¡Feliz y consciente verano!

Superar el miedo

El día que yo nací mi madre parió dos gemelos, yo y mi miedo. Thomas Hobbes.

Este fin de semana han tenido lugar las VII Jornadas de Psicología Transpersonal y Espiritualidad de Tudela, con un tema de fondo que sería interesante en cualquier época, pero quizás ahora más si cabe: «Superar el miedo». La pandemia nos desafía como especie y pone de manifiesto un equilibrio que no existía, pero sobre todo desata miedos de muchos tipos.

¿Porqué el miedo nos causa tantos quebraderos de cabeza a los seres humanos?

José Miguel Gaona, nos muestra la neurofisiología del miedo para entender sus mecanismos de actuación y para saber que el miedo tiene mucho que ver con nuestro diseño cerebral para la supervivencia. Esa pequeña alubia cerebral que llamamos amígdala está en continua alerta ante todo lo que aparece…

Pero quizás más importante aún es saber que nuestros miedos más habituales son mentales, que vivir con miedo tiene mucho que ver, como nos dice Juan Diego Duque, con la identificación, con creernos a pies juntillas nuestra telenovela mental, por lo que es importante no «infoxicarnos», elegir la nutrición mental para movernos con prudencia y no con pánico.

El miedo forma parte de nuestra maleta biológica, no es posible vivir sin miedo, y son muchos y variados los que pueden acecharnos. Enrique Martínez Lozano nos invita al trabajo psicológico por un lado, revisar nuestra inseguridad afectiva, y al trabajo espiritual por otro, para salir de la ignorancia y movernos de lo creemos ser a lo que realmente somos y así dejar de identificarnos con esa mente pequeña, que siendo un magnífico instrumento a nuestro servicio, se puede convertir en nuestra dueña impidiéndonos disfrutar de la vida.

El cambio es constante e inevitable, la vida nos obsequiará con diferentes formatos de situaciones y cuando nos resistimos, estancamos o nos aferramos a lo viejo, nos encontraremos de frente con el sufrimiento. Aceptar el miedo, adaptarnos, fluir, evolucionar... serán nuestros aliados para ir transitando hacia la confianza, a la re-conexión con la vida.

Como apuntaba también Borja Vilaseca,

el antídoto del miedo es sentirlo, abrazarlo, verlo como un maestro que te pide que te muevas. La meditación, el mindfulness, todo lo que nos permita desplegar el testigo que observa, que deja de identificarse con la mente, nos ayudará a tomar distancia de esa voz perturbadora que insiste en mostrarnos toda la gama de peligros que pueden surgir en nuestra vida.

La respiración, herramienta gratuita y de serie que bien utilizada nos ayuda a entrar en el presente, en el ser, y como pudimos experimentar con Juan Diego Duque, una manera de dejar de identificarnos con la reiteración mental. Respirar-sentir nos ayuda a pensar de manera más clara, a no dejarnos arrastrar por lo que «pocoyó» agrega a lo que ocurre. Trabajar la atención, desplegar el testigo… tomar las riendas.

Conciencia testigo que también José Mª Doria considera clave para la gestión del miedo: localizar lo que tememos perder, observar la raíz del miedo con ese ojo panorámico más allá del pequeño yo, sin huir, sin luchar, comprendiendo que somos parte de una inteligencia superior y confiando en ella más allá de nuestra pequeñez egoica. El amor sería el antídoto, ese abrazo a nuestra vulnerabilidad, a nuestra herida, sin juicio, con humildad.

Y por supuesto, empezando por autoamor para poner fin al autoodio, tema tratado por Virginia Gawel. Cuando nuestro temor es hacia nuestros propios talentos, entramos en ese complejo de Jonás que Virginia explicó magistralmente. Del mismo modo que Jonás huyendo de su destino termina engullido por una ballena, nosotros podemos ser engullidos por profesiones, parejas o situaciones que no van con nosotros. Por no desplegar nuestro destino, nuestros talentos y propósito vital, vivimos anclados en esa comodidad de ser nadie, por el miedo a la envidia, la crítica o a nuestro propio florecimiento. Me encantó la reflexión: ¿Quedarnos acaracolados dentro de nuestro caparazón o exponernos, ganar confianza e ir subiendo escalones evolutivos?

Conocer el ego, tenerlo a la vista, pero darnos el permiso para ser quién somos, desplegando nuestra esencia, nuestra semilla. Mario San Miguel nos lo recuerda: soy un ser-humano, y por tanto tengo una esencia, -ser-,  y un personaje humano con un cuerpo a través del cual se expresa esa esencia… cuando lo permitimos. Y que no se nos olvide:  «si tienes culo tienes ego» y «si tienes ego, tienes miedo» por lo que aquí no se libra ni el apuntador. Tener miedo es inevitable, que el miedo me tenga a mí no lo es si trasciendo esa visión egoica de identificación con el «pocoyó». Abrirnos a la Vida, al misterio… o quedarnos en el ¿misterYo?

El trabajo con el cuerpo, con las emociones, con la restructuración cognitiva pero también con la dimensión espiritual potenciará la superación de los miedos de manera integral. Federico Infante nos lo muestra con el análisis de un caso.

No se trata de controlar el miedo, de que desaparezca, eso no va a hacer más que generar lucha y desgaste energético.  La invitación es a no frenar la experiencia, a transitarla, a navegar a través de ella, a respirarla, saliendo de la identificación con el pensamiento.

Ana Pérez nos recuerda, y nos lleva a experimentar a través del sonido, que somos energía, y por tanto la frecuencia y vibración en la que nos movamos tendrá mucho que ver con cómo nos sintamos…

Nuestra vida gira en torno a la mente, durante siglos nos han dicho que era lo bueno, que la razón, la ilustración eran cualidades a perseguir. Somos animales que nos hemos desconectado de la naturaleza, de nosotros mismos, nos hemos vuelto tan mentales que ahora nos creemos solo mente, -que en sí es una herramienta maravillosa-, pero cuando toma el mando y nos creemos todo lo que dice puede ser un instrumento de tortura que nos hace vivir en diferido recordando y anticipando. La mente no es presente y para vivir felices… necesitamos estar presentes.

Gracias como siempre a Román Gonzalvo (Presidente ATI), Anna Magaña (Coordinadora ATI), Laura F. Laguía (Secretaria ATI)  y Alfonso Verdoy (filósofo) por hacer de nuevo posible este fin de semana. Espero que vuelva a ser presencial el año próximo y poder veros en directo de nuevo.

Ponentes:

JOSÉ MIGUEL GAONA

Es doctor en medicina —especialidad en psiquiatría— por la Universidad Complutense de Madrid, y máster en psicología médica y especialista en psicología forense. Ha enseña-do en la cátedra de psiquiatría de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, y en los últimos años se ha focalizado en la neuroteología. Autor de cuatro libros, últimamente se le escucha en los medios en lo relativo a la pandemia por el COVID

ENRIQUE MARTÍNEZ LOZANO

Es psicoterapeuta, sociólogo y teólogo. Desde hace décadas facilita encuentros donde articula lúcida y armoniosamente la paradoja “mente-consciencia”. Ha participado en numerosos congresos de psicología y espiritualidad, y ha escrito más de 20 libros. Actualmente ofrece talleres de meditación y psicología transpersonal en YouTube, para ayudarnos a crecer en la comprensión de nuestro ser.

JOSÉ MARÍA DORIA

Es presidente fundador de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal –EDTe– por la que han pasado más de 12.000 estudiantes. Autor de 10 libros, desde hace 40 años divulga el paradigma transpersonal internacionalmente, y apoya los proyectos de la Fundación Transpersonal, de la que es también presidente fundador.

VIRGINIA GAWEL (Argentina)

Es psicóloga especializada en la integración de psicologías de oriente y occidente, además de neurociencias contemplativas. Docente universitaria y fundadora del Centro Transpersonal de Buenos Aires; miembro del directorio de la International Transpersonal Association, y cofundadora de la ONG Vivir Agradecidos. Es autora del libro “El fin del Autoodio” (Editorial El Ateneo).

JUAN DIEGO DUQUE (Colombia)

Es consultor, educador, psicoterapeuta y psicólogo (Universidad del Valle; Cali, Colombia). Máster en Intervenciones en Psicoterapia (Universidad de Salamanca, España). Certificación en Respiración Terapéutica (Breath Energy School; Poona, India). Entrenamientos en terapia holística, psico-terapia transpersonal y meditación. Profesor de la Universidad Javeriana, Cali. Coautor del libro “Fun-damentos Epistemológicos de las Psicologías. Con énfasis en Psicología Transpersonal.

MARIO SAN MIGUEL

Es un hombre polifacético, cantante, poeta, cuentacuentos y periodista. En continuo movimiento, se considera un nómada de la búsqueda espiritual, un ser humano que usa como medio la música, la palabra para entrar en contacto de corazón a corazón. Para poner en práctica su filosofía de vida ha creado la asociación “El Ejército del Amor”.

BORJA VILASECA

Es escritor, periodista, conferenciante internacional, profesor y emprendedor de proyectos orientados a la transformación y el despertar de la consciencia. Su gran pasión es democratizar la sabiduría para inspirar un cambio de actitud y de mentalidad. Director del Máster en Desarrollo Personal y Liderazgo. Fundador de La Akademia y del Borja Vilaseca Institute. Experto en eneagrama, au-tor de cuatro libros y youtuber con 565.000 suscrip-tores.

FEDERICO INFANTE (Perú)

Es presidente de la Asociación Transpersonal del Perú. Doctor en filosofía por la Humboldt-Universität zu Berlin. Especialista en polí-ticas de salud mental, educación y drogas. Miembro Docente de la Asociación Mexicana de Psicología y Desarrollo Transpersonal (AMPYDET). Docente de la Universidad Tecnológica del Perú (UTP) y de la Universidad César Vallejo (UCV).

ANA PÉREZ

Es música (docente, compositora y vocalista), graduada en la Berklee College of Music,  Barcelona. Técnica Vocal formada en el uso saludable de la voz (Voicecraft),  y Coach en Emogestión (EFIC).  Disciplinas que combina con el canto difónico/armónico, instrumentos de alta vibración, sonoterapia y reiki para el desarrollo de metodologías y herramientas prácticas para una evolución holística e integrativa del ser.

¿Qué tiene la culpa que no la quiere nadie?

Imagen pixabay

Cuando señales a alguien con el dedo, recuerda que otros tres dedos te señalan a ti. Proverbio inglés.

La culpa es un patrón de respuesta emocional que surge de la creencia de haber transgredido normas éticas personales o sociales. En el diccionario aparece como “falta o delito cometido voluntariamente” o “responsabilidad de una acción negativa o perjudicial”; el caso es que es evidente que tiene muy mala fama y todos queremos escapar de ella como sea.

En su versión adaptativa, su función sería regular esa conducta social que nos resulta tan indeseable y  motivarnos a reparar el daño causado. Hasta aquí resulta comprensible y saludable. La culpa, o mejor la responsabilidad, sirve entonces para reconocer nuestros errores y facilitar conductas de reparación.

Pero nada en la experiencia humana resulta tan sencillo. La culpa está más que nunca en la calle, en boca de todos. Si las cosas van mal alguien tiene que ser culpable y ante la tesitura de qué pueda ser yo, mejor busco otro al que volcar el problema. Lo vemos cada día con el covid y la hostelería, la juventud, los deportistas, el vecino que ayer me pareció que llegaba a casa a las 22:05 o el cuñado que se fue al pueblo a dar de comer a las gallinas. Y no te digo nada si das positivo tras un test PCR… todas las alarmas de «qué habrás hecho mal» se disparan. Por si no fuera suficiente estar enfermo, igual te toca cargar con el sentimiento de culpa.

Buscar culpables para una pandemia que está poniendo patas arriba al planeta no parece fácil. Puede ser el resultado de una forma de vida imposible. Puede ser la forma de sacar a la luz deficiencias de un sistema insaciable que exprime a la madre Tierra sin piedad. Puede recordarnos lo vulnerables que somos y que el planeta no nos necesita pero nosotros a él sí.  Puede dejar ver carencias sociales y defectos de gestión. Puede forzarnos a construir una nueva humanidad basada en el bien común… pero mientras sigamos con el dedo acusador en alto, seguiremos en la rueda de hámster que no lleva a ninguna parte.

Es muy humano, concretamente muy del ego, pensar que nosotros somos correctos, tenemos criterio y el resto no. Que nosotros hacemos las cosas bien, -o que lo que hacemos nosotros mal, no hace daño a nadie-, y que son los demás los causantes de todo. Es un mecanismo de defensa muy habitual, dado que tomar la responsabilidad de lo que ocurre puede ser muy doloroso para nuestro personaje. También puede ser que la tendencia sea la contraria, echarnos sobre la espalda la responsabilidad de todo y vivir angustiados por ello. La culpa puede ser desadaptativa por exceso o por defecto, pero siempre hay un denominador común: una distorsión de cómo vemos e interpretamos la situación.

Venimos de una educación en la que hemos sido llamados pecadores incluso antes de nacer, nos hemos golpeado en el pecho nuestras culpas, hemos visto como pegaban y llamaban mala a una mesa por habernos tropezado con ella y todavía nos extrañamos de que la culpa campe por nuestro psiquismo a sus anchas, intentando buscar la “mesa” a la que llamar mala.

De este modo, la culpa en forma insana puede aparecer:

  • En formato sufrimiento: interiorizándola, sintiéndonos culpables o inocentes, mártires, víctimas, destinatarios de simpatías, pequeños, débiles…
  • En formato manipulador: obedece y sé bueno, haz esto o sino…, quiéreme o sino…, El marketing, los gobiernos, las religiones, los educadores, en definitiva los mecanismos de poder, explícita o implícitamente, la han usado a lo largo de todos los tiempos.
  • En formato «esto no va conmigo»: enmascarando el remordimiento y el malestar sin afrontamiento, sin asumir responsabilidades ni reparar daños, auto-engañándonos con que yo no hago nada malo.
  • En formato «proyectando fuera»: esto no va bien y alguien tiene que tener la culpa porque no debería ser así.

Y podemos quedarnos eternamente ahí, en la inconsciencia, en el “balones fuera” o en el “pobre de mí” o podemos movernos hacia su gestión sana:

  • Identificando qué conducta o pensamientos hacen que aparezca el sentimiento de culpa y los remordimientos. Reconociendo los pensamientos negativos, aceptándolos como parte de lo que somos en este momento, pero teniendo en cuenta que son pensamientos, no realidades. Habrá que cuestionarlos.
  • Tomando conciencia realista de nuestra responsabilidad y la de otros en lo sucedido. Buscando soluciones que reparen, comprometiéndonos a generar cambios soltando el pasado y mirando hacia delante.
  • Cultivando la humildad, descansar en el no sé cómo deberían ser las cosas. Abrazando y aceptando nuestros errores, siendo más compasivos con nosotros mismos y con los demás. Asumir el error, la imperfección y el fracaso como parte inevitable de la experiencia humana pero sin rebozarnos en el lodo.
  • Comprendiendo que lo hicimos/hicieron lo mejor que pudimos/pudieron con el nivel de consciencia de ese momento y que desconocemos por completo las historias que hay detrás de aquellos que no actúan como nosotros creemos que deberían actuar.
  • Aceptando el mundo tal y como es más allá de cómo nos gustaría que fuera,-a pesar de que no estemos de acuerdo, no nos guste, o no nos parezca justo-, pero actuando para ser la mejor versión de nosotros mismos y ser materia prima de calidad para ese nuevo mundo.
  • Siendo auténticos y cultivando nuestros valores y principios de manera honesta, no dejándonos influenciar por los “chantajes” de otros (personas, instituciones, empresas…). Ser yo el cambio que quiero ver.
  • Eligiendo no culpar, ni a nosotros ni a otros. Responsabilidad y reparación individual en su justa medida.
  • Comprendiendo de qué va la vida, que todo tiene un “para qué” más allá de lo evidente, y que no seamos capaces de verlo en estos momentos no quiere decir que no exista. Comprendiendo que todo está interrelacionado, que todas las acciones previas nos han llevado a lo que hay ahora, y que todo lo que hagamos ahora nos llevará al futuro que construyamos.

La próxima vez que la culpa asome bien hacia dentro o hacia fuera, tendremos una nueva oportunidad de entrenar nuestra atención, nuestra acción, nuestra consciencia hacia nuestros errores y nuestra comprensión hacia los de los demás.

¿Ser o no ser? ¿Esa es la cuestión?

Imagen: Rony Michaud  en Pixabay

La pregunta: ¿ser o no ser?, puede ser uno de los cuestionamientos existenciales más famosos: vivir enfrentándonos a circunstancias vitales calamitosas o morir y “aparentemente” acabar con todo. Las preguntas trascendentes sobre la existencia han acompañado desde siempre a los humanos. En Hamlet la duda que se plantea tiene que ver con la inseguridad acerca de que lo que pueda venir después de la muerte, es decir, que huir de la vida quizás no sea mejor que las circunstancias que estemos sufriendo, así que igual más vale seguir “aguantando”.

¿Tiene sentido la vida? ¿Qué pasa después? ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿Dónde voy? ¿Cuestiones solo para filósofos?  ¿Espiritualidad? A veces el día a día nos come, nos parece que no hay tiempo para estos temas y la sociedad de consumo voraz no invita demasiado a la introspección. En ocasiones, la asociación con la religión nos puede hacer huir de preguntas profundas. Durante muchos siglos las religiones han podido ser – o pueden seguir siéndolo en algunas culturas- el poder dominante, infligiendo numerosas barbaridades en nombre de su “dios”, cada una asegurando que el suyo es el bueno, claro.  Y desde un punto de vista estrecho, considerando herejes a todos aquellos que cuestionen sus preceptos y extendiendo su poder a todo ámbito de conocimiento.

Este legado religioso ancestral junto con posibles experiencias traumáticas de una educación mal entendida, han podido contribuir a que en la construcción de nuestra identidad queramos distanciarnos lo más posible de la versión mística y nos coloquemos en el otro lado del péndulo, el de la razón, la erudición, el cientifismo y el materialismo extremo, considerándolos nuestra nueva “religión” y por tanto el nuevo poder que consideraría herejes a todos los que no lo sigan al pie de la letra.

Independientemente del lado del péndulo en el que nos coloquemos estaremos relegando el lado contrario a nuestra sombra, y no por eso desaparecerá, tomará diferentes formas en nuestra vida y no será fácil encontrar una existencia equilibrada y serena en ninguno de los extremos.

¿Cómo podemos ir entonces a ese punto medio en el que parecen estar las tonalidades más felices de la vida? La escala de grises puede tener que ver con descansar en el «no sé», con ver más allá de las apariencias, con cuestionar el «status quo» es decir, con revisar algunas de nuestras creencias:

  • Creer que solo existe lo que se puede apreciar con los sentidos. Si echamos un vistazo a la historia constataremos como gracias a la tecnología hemos ido siendo capaces de ver mucho más que lo que ven nuestros ojos, lo que nos tiene que invitar a ser humildes en lo que nos falta por descubrir, o en lo que quizás nunca demostremos por nuestras limitaciones humanas y que, sin embargo, seguirá estando ahí, como lo estaba aquello que antes no veíamos.
  • Creer que somos los reyes del planeta.  Es decir, creer que tenemos derechos sobre el resto de los animales, la flora o el agua. No nos viene mal de vez en cuando ubicarnos como un bichito más de la naturaleza a la que necesitamos y maltratamos como si no dependiéramos totalmente de ella y  que de seguir así en un futuro próximo prescindirá de nuestra presencia a través de virus… o de lo que haga falta.
  • Creer que somos solo un cuerpo. ¿Un robotito formado por partes sin conexión entre sí? Pensemos en esas veces que un estado de ánimo afectó a nuestra salud, por ejemplo, aquella época de estrés o cuando ese disgusto nos bajó las defensas… o aquella época en la que teníamos la motivación tan alta que nada nos paraba.
  • Creer que hemos venido a madrugar, trabajar, comer, ver la tele, dormir y así sucesivamente hasta la muerte. Tenemos un cerebro programado para la supervivencia, pero si salimos de la inercia del piloto automático nos daremos cuenta de que podemos disfrutar de cada instante de una manera plena y experimentaremos la maravilla que es estar vivos en este planeta.
  • Creer que somos cuerpos humanos, algunos de ellos espirituales, en lugar de sabernos seres espirituales en una experiencia humana. Cuando renegamos de nuestra esencia espiritual, porque no encaja con la identidad que queremos construir, porque no es racional – es decir “inteligente”-, porque lo asociamos a los curas o monjas que no nos gustó como lo hicieron o por la razón que sea, inconscientemente estamos negando lo que realmente somos, nos alejamos de nuestra verdadera identidad y por mucho que lo hagamos no dejaremos de ser seres espirituales, solo que desconectados de nuestra esencia.

Tenemos un vehículo, un cuerpo, que tiene emociones, que tiene pensamientos, pero podemos observar todo eso desde una conciencia más amplia. Solo cuando nos dejamos de identificar con lo pequeño, nos damos cuenta de esa grandeza que somos. Y ser espiritual no es ponernos una túnica y cantar mantras, ser espiritual es ser conscientes y saber que hemos venido a tener una aventura humana para sentir, disfrutar, aprender, amar y vivir la vida en todo su esplendor.

La vida tratará de que nos demos cuenta de una forma u otra, querrá que recordemos lo que somos, que evolucionemos y superemos nuestra pequeñez y nos lo intentará mostrar con nuestros sucesos vitales. Podemos ignorarlo, evidentemente, y seguir “peleando”, resistiendo y sufriendo, o podemos ampliar la mirada y pasar al “Ser o Ser”, porque siempre somos, porque hagamos lo que hagamos somos,  y del mismo modo que la ola más allá de su forma sigue siendo mar, o la gota sigue siendo agua, nosotros más allá de nuestro cuerpo físico seguiremos siendo, por lo que «no ser» no solucionará nuestras calamidades terrenales.

Imagen: Manuela Milani en Pixabay

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¿Dónde me duele la vida?

Mientras más fuerte es el Ego, mayor es la probabilidad de que la persona piense que la fuente principal de sus problemas son los demás. Eckart Tolle

El viaje de la vida no es una travesía sencilla. Puede haber grandes baches, túneles oscuros y obstáculos, pero también subidas a pequeñas cimas y todo ello con diferentes meteorologías. A veces se avanza, parece que hace sol y de repente aparece una tormenta y te pillas en las mismas reacciones o situaciones de siempre.

El caso es que nos cuesta reconocernos en lo de fuera. Cuando las cosas van mal, cuanto más en el ego estemos más pensaremos que el problema tiene que ver con los demás. Cuanto más desconectados de lo que realmente somos estemos, menos capaces seremos de traducir el mensaje de lo que ocurre. Es fácil y humano pensar que las cosas van «mal» porque el gobierno hace esto o lo otro,  porque mi empresa tal o cual, mi salud es precaria, no tengo dinero, mi pareja no me entiende, mis hijos no son como yo quiero que sean, o la «gente» es esto o lo otro . Nuestra mente ha sido diseñada para ello: pensamiento incesante y en un alto porcentaje relacionado con criticar, recriminar, rumiar pasado o adivinar futuros…. En nuestro cerebro se van grabando circuitos neuronales con las creencias de cómo deberían ser las cosas y cuándo la realidad no se ajusta pienso que la realidad se equivoca.

Pero la realidad nunca se equivoca, la realidad es.  Y que sea no quiere decir que me guste, que me parezca justa o que esté de acuerdo, pero el tema es que es. La vida se expresa a través de lo nos ocurre fuera, se “materializa” en la realidad que vemos cómo forma de decirnos dónde enfocar nuestro trabajo personal. Y además lo hace insistentemente, de ahí que se nos repitan situaciones de pareja, trabajo, salud, económicas, etc. Ya lo decía Carl Jung  con su «a lo que te resistes persiste».

Nos distraemos cuando en lugar de ocuparnos de nuestros “dolores” nos enfocamos en los de otros. El mundo nos parece que está fatal porque los humanos que lo ocupan están fatal, pero pretender que el mundo cambie sin mi aportación no parece realista. El sesgo de correspondencia es un atajo cerebral defensivo que solo tiene en cuenta el contexto para justificar una acción propia. Un ejemplo de este verano: en una parada de autobús veo como dos mujeres hablan sobre covid, con la mascarilla bajada y fumando, y critican la situación de rebrotes porque los jóvenes no se toman en serio llevar la mascarilla. Incluso cuando apagan su cigarro siguen con la mascarilla bajada porque «hace calor y me ahogo».

Y ampliando el ejemplo podemos reconocernos en criticar el cambio climático por lo que hacen otros ; podemos decir a un hijo que  no grite gritando, o que no beba bebiendo…  Y ya se ha dicho toda la vida: nos resulta fácil ver la paja en el ojo ajeno… y así escapamos de resolver lo nuestro.

La vida nos duele en diferentes áreas y la mala suerte o las acciones de otros suelen ser las agraciadas con la responsabilidad, pero en el viaje hacia la madurez humana toca ver qué hago con mi túnel particular: ¿una enfermedad?, ¿un trabajo que no llena?, ¿un jefe o jefa déspota?, ¿problemas económicos?, ¿conflictos de pareja, hijos, familia, colega…?, ¿insatisfacción vital?

En la maleta de viaje hacia una mayor conciencia debemos incluir:

  • Atención: solo desde una mirada atenta podremos ver qué nos dice la vida a través de lo que nos ocurre y enfocarnos a ello, no despistarnos con lo de otros. Cuando tú cambias todo cambia y no se trata de grandes hazañas… cada pequeño pasito cuenta. Empieza por observar qué hay y qué estás haciendo con lo que hay.
  • Humildad: cuando creo que sé dejo de aprender. Cuando me cierro a nuevas perspectivas solo porque no cuadran con lo que mi mente egoica dice, estoy perdiendo la oportunidad de evolucionar. Ese ego ha sido condicionado por siglos de pensamiento y mucho contenido ya no tiene ningún sentido.
  • Valentía: seguir en un camino criticado por aquellos que no quieren tomarlo  requiere valor para no sucumbir a presiones de lo establecido. Qué los miedos de los demás no te contagien.
  • Sin olvidar incluir flexibilidad, paciencia, confianza, honestidad, decisión… un poco de locura y sentido del humor y mucho amor, hacia ti mismo/a y hacia los demás. En cada momento todos hacemos lo que podemos con el nivel de conciencia que tenemos, y perdonarnos y perdonar se hacen imprescindibles para no intoxicarnos con el veneno del resentimiento y la culpa.

La vida es una escuela y las lecciones que cada uno venimos a aprender son diferentes. El estudiante de biología no compara sus libros con el estudiante de filología inglesa.  Saben que cada uno tiene unas asignaturas que superar y se enfocan a ello. ¿Tienes identificada tu asignatura? Alguna pista:

  • Salir del control, el perfeccionismo y la rigidez
  • Poner límites, saber pedir, quererte
  • Soltar el qué dirán y la preocupación por la imagen
  • Ser uno mismo y seguir un camino diferente al establecido
  • Practicar la generosidad y el desapego material
  • Superar miedos
  • Dejar de malgastar dinero y energía en narcotizarte con lo externo para volver la mirada hacia dentro
  • Respetar al planeta y a todos los seres que lo habitan
  • Abrirte a la diferencia para construir en la cooperación y no desde el individualismo
  • Salir del «sofá» y poner en marcha de una vez tus talentos

Hay tantas asignaturas como personas, pero también hay algunas que podemos considerar troncales en la carrera de la vida:

  • Encontrar el propósito vital
  • Ser felices independiente de lo que pase fuera
  • Aprender a amar todo como parte de nuestro camino y de  lo que hemos venido a hacer

Enfoquémonos en nuestras lecciones de vida, son únicas y especialmente diseñadas para nuestra evolución. Nuestros “dolores de vida”, esa crisis o ese túnel que parecen no tener salida, pueden ser la puerta de entrada hacia una vida más plena… si sabemos ver el mensaje que traen.

Lidiar con la incertidumbre

Todos los días haz algo que te dé miedo. Eleanor Roosevelt

El pasado miércoles 17 de Junio tuvimos el primer taller presencial en el Grupo Prema tras el confinamiento por el covid-19. Aunque con aforo limitado, por fin pudimos sentir esa energía que se genera con el grupo en lo presencial. Hemos estado en contacto virtual durante el confinamiento y nos ha venido bien, pero es la conexión y la presencia con el otro lo que realmente nos nutre y enriquece.

Y el tema elegido para este nuevo comienzo no podía ser otro que la incertidumbre, esa compañera de viaje que nos acompaña constantemente en nuestro caminar vital y ahora más si cabe por las circunstancias que rodean esta crisis. Y sin embargo, más allá del miedo puede estar nuestra vida mejor.

En la sesión reflexionamos sobre la búsqueda perpetua de una seguridad y control ilusorios como parte del adn humano. Salimos de lo mental para comprender la incertidumbre a un nivel más transpersonal, lo que nos ayuda a instalarnos en la confianza y sentir la vida como la escuela que es.

Practicamos a través del cuerpo, de la respiración, del movimiento y de la meditación para generar ese sosiego mental que nos permite conectar con nuestra esencia.

En este vídeo Javier Prieto y yo charlamos sobre el tema…

Ya estamos pensando en el nuevo curso así que si tienes interés en asistir a los talleres de bienestar reserva tu plaza cuanto antes porque tendremos menos. Mientras tanto ¡disfruta del verano!

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Canas, creencias y comprensión

“He cuidado atentamente de no burlarme de las acciones humanas, no deplorarlas, ni detestarlas, sino entenderlas” Baruch Spinoza

Hace ya bastante tiempo que tenía en mente ir hacia mi pelo natural, es decir, dejarme las canas que por genética y edad me tocan. El punto de inflexión fue junio del año pasado, al compartir habitación y diez días de riguroso silencio con un maravilloso grupo de mujeres, muchas de ellas con canas. Mi mirada hacia el pelo blanco mutó en esos días de contemplación. De verlas como un desconchón a pintar cuanto antes, a verlas bellas. Así que entre las muchas cosas que se despertaron esos días, surgió la decisión, intrascendente en apariencia, pero vistas las reacciones que suscitó igual no tanto.

Así, cuando de vuelta a la rutina tras el retiro comentaba mi “intención” entre mi círculo de amigos/familia, recibía frases que -medio en broma, medio en serio- sugerían desechar la idea:

  • Ni se te ocurra, todavía es pronto
  • Te vas a echar 10 años encima
  • Vas a parecer una dejada
  • Hay que cuidarse
  • Entonces tendrás que llevar el pelo muy corto
  • Si haces eso, no digas que eres de mi edad

Lo curioso es que a veces estos comentarios venían de hombres con canas y si les preguntabas el porqué ellos no se teñían, la respuesta era unánime: “los hombres es distinto”. Es verdad. A los señores de cierta edad con canas solo se les critica si se tiñen.

Entonces, ¿qué hay detrás de estos comentarios “bienintencionados”?

En primer lugar, un buen puñadito de creencias:

  • En particular, sobre lo que un hombre o una mujer es “correcto” que hagan o dejen de hacer, y en general, sobre lo que está aceptado socialmente como apropiado en este instante de la historia.
  • Sobre la necesidad de no mostrar aquellos signos que puedan dar pistas sobre la edad cronológica. Lo «antiedad» vende.
  • Sobre que “cuidarse” muchas veces tiene más que ver con la apariencia externa que con el interior y en consecuencia, sobre el valor que se da a la imagen y al qué dirán.

En segundo lugar, un miedo atroz a envejecer y seguramente, si escarbamos un poquito más, a la muerte.

Las creencias, nuestro mapa mental, dominan nuestra vida. No solemos ser muy conscientes, pero como dice el dicho: “cuando Juan habla de Pedro, dice más de Juan que de Pedro”. Cada juicio que hacemos habla de nuestra personalidad construida, de ese personaje o ego, de la máscara con la que salimos al mundo. Si estamos en la inconsciencia, en la identificación absoluta con el personaje, podemos tomarnos una creencia que no esté en nuestra base de datos como una afrenta personal, como un fallo del sistema que debe subsanarse cuanto antes y borrarse de esas bases de datos que nos intentan decir otra cosa.

Y saliendo del banal ejemplo de las canas llevémoslo a la vida. Cada vez que alguien exprese una opinión que no coincide con las de tu base de datos o seas tú el que emitas un juicio ante algo que tú no harías, observa tu sentir, párate un momento y respira conscientemente.  A veces un instante es suficiente para darnos cuenta de que detrás de esa opinión están nuestras creencias, deberías, exigencias, miedos, conflictos y sufrimiento no resueltos. A menudo desconocemos lo qué hay detrás de nuestros temas y  mucho más lo que hay más allá de opiniones, emociones o acciones/reacciones ajenas, pero ese juicio que lanzamos habla del software que tenemos instalado, de las gafas con las que vemos el mundo.

Alumbrar nuestro miedo, nuestra vulnerabilidad, reconocerlos y aceptarlos, nos ayudará a atravesarlos y a conectar con nuestra fortaleza interior. En ese momento actuaremos libres, en conexión con nuestro Ser, desde nuestra impertubable paz interior. Ser capaz de entender el miedo y el sufrimiento del otro nos permitirá dejar de ver ofensas hacia nuestra base de datos y salir al mundo desde el amor que somos. Y quizás, solo quizás, si nos abrimos a lo nuevo, si relajamos nuestra mirada, podemos soltar algunas de esas creencias que nos limitan y aligerar nuestra maleta mental para seguir hacia adelante en el viaje de la vida.

Te dejo un par de imágenes de mi look actual :-)… Y echa un vistazo a otros looks canosos aquí ¿Qué te sugieren?

Imágenes: Sara Jmz. de Aberásturi

Humanizando el desafío

Imágenes: Toya Pérez

Lo que se necesita en estos tiempos desafiantes es precaución, no pánico. El pánico es paralizante. Sadhguru.

Nos os toquéis, no os miréis, no os visitéis, no os mováis. Soledad. Soledad en la vejez, en la enfermedad, soledad en la muerte y en los funerales, soledad en la angustia por no tener trabajo, por no tener dinero para la próxima compra. Ansiedad, miedo como acompañante del virus. De sanitarios, de reponedores, cajeras, y otros muchos trabajadores esenciales que no encuentran el apoyo y los medios para hacer su trabajo. De profesores para llegar a sus alumnos sorteando críticas. De familias uniparentales que hacen malabares con trabajo, cuidado y labores de casa. De niños y niñas en situaciones de desprotección. De mujeres conviviendo con agresores. De ancianos que temen vivir así lo que les quede de vida. De los dirigentes y sus decisiones. Pero ¿qué pasa con la deshumanización en este intento de «protección»? La posición de buen ciudadano parece diseñada para cumplir con todo lo que nos deshumaniza, porque parece ser por el bien de todos. Y quizás esto es lo que se debería poner más foco, pero nos distraemos con la crítica de unos y otros, nos dispersamos y nos separamos.

Muchos consejos de choque para combatir al covid19: guantes, mascarilla, desinfectante, mamparas, vacuna… queremos un escudo protector que nos haga de burbuja para salvarnos. Burbuja que nos separa, que no deja que nos abracemos, nos besemos, bailemos, nos divirtamos, incluso no quiere dejar ver nuestra sonrisa no vaya a ser contagiosa también. Divide y vencerás. Salvar nuestro cuerpo parece conllevar vender nuestra alma.

El que durante un tiempo y en ciertas circunstancias sean necesarias esas medidas de protección no puede hacer que perdamos de vista el bosque. El bosque de la desigualdad, de los intereses económicos, de la destrucción del planeta, no olvidemos que no hacemos falta en la naturaleza y sin embargo ella nos hace tanta falta…

Y no vayamos a culpar al que se salta la “buena norma”, ni siquiera al que la ha establecido… cada uno lo intenta hacer lo mejor que puede y sabe en ese momento, aunque es evidente que cada uno lo haríamos de una forma diferente y que en el futuro posiblemente cambiaríamos de forma. La mirada tiene que ir mucho más allá. Una mirada que nos permita despertar a que las cosas tienen una apariencia y un sentido profundo y nos estamos perdiendo esta profundidad discutiendo sobre lo mal que lo hacen los políticos, los corredores o los vecinos.

Y ¿dónde está la clave entonces?  En:

  • Darnos cuenta de que debemos unirnos. Remar en la misma dirección. Tener en cuenta que hay personas con más o menos miedo y tratan de hacer las cosas lo mejor que saben o pueden, aunque el mejor de unos no sea el mejor de otros, pero no queda otra que darnos cuenta que lo que hagamos a los demás nos lo hacemos a nosotros mismos porque más allá del cuerpo somos uno.
  • Ir hacia un objetivo que debería ser común, un mundo más humano para todos, no para una élite insaciable. Y todos incluye a todos los seres sintientes, nuestros compañeros de viaje en el planeta, a los que maltratamos en nuestro beneficio sin ni siquiera ser conscientes.
  • Potenciar lo que nos hace humanos. La conexión, la compasión, la solidaridad,  el amor… cuestionarnos cómo queremos aparecer en los futuros libros de historia, ¿cómo los que se encerraron en burbujas para sobrevivir unos pocos o los que se dieron la mano para vivir todos en un mundo mejor?
  • Recordar que la tierra tiene recursos para todos si cada uno tomamos solo lo que necesitamos, sin acaparar, sin consumismos sinsentido, sin crearnos necesidades absurdas porque una pantalla nos lo intente colar subliminalmente.

Trabajar nuestro interior nos ayudará a fortalecer nuestro escudo protector. Todas las emociones relacionadas con el amor, la solidaridad, la compasión, la gratitud… nos ayudarán a elevar nuestro sistema inmunitario. Las asociadas al miedo, el enfado, la crítica, la queja, el rencor, la envidia… nos lo debilitarán.

Usemos mascarilla donde sea necesario, pero fortalezcamos nuestra mascarilla interior trabajando la consciencia, la humanidad compartida y la solidaridad. Recordemos que cada juicio que hacemos del otro deja al descubierto nuestra herida, así que potenciemos la comprensión de que si trabajamos en mejorarnos a nosotros mismos, mejoraremos el mundo.  Demos ese pasito atrás para observarnos, para salir del sufrimiento del ego y conectar con el bienestar de nuestra esencia común.

La salud más allá de la enfermedad

  1. Un hombre sabio debería darse cuenta de que la salud es su posesión más valiosa. Hipócrates

Desde el modelo biomédico se entiende la salud como la ausencia de enfermedad. La enfermedad tiene un origen biológico, la mente tiene poco o nada que ver con el cuerpo físico y la responsabilidad total está en manos del médico que manda y el paciente que padece y obedece.

Desde el modelo biopsicosocial la salud es un completo estado de bienestar físico, mental y social. La enfermedad es multifactorial, la mente y el cuerpo son una unidad, por tanto en constante interrelación y la responsabilidad en la salud se extiende no solo a los profesionales, sino a todos, promoviendo la adopción de responsabilidades personales. Desde este modelo, tan importante para estar sano es tener en cuenta la dieta, el ejercicio o la higiene de sueño, como la vida social y el estado mental/anímico de las personas, es decir pensamientos, creencias, emociones, relaciones y un largo de etcétera de factores más allá de lo puramente biológico.

Y todos, o casi todos, parecemos estar de acuerdo en que tiene sentido, pero la realidad es que a pesar de que la OMS definió este modelo en 1948, por el momento sigue siendo más teórico que práctico.  Un sistema que busca el beneficio económico por encima de todo, una sanidad mermada por recortes y una sociedad que en gran parte todavía quiere que le curen desde fuera, no conforman un terreno fácil para un modelo integrativo.

La sociedad española lleva en casa 5 semanas como medida preventiva ante la pandemia de covid-19, para prevenir el colapso de un sistema sanitario que se sabía no podría con urgencias masivas. Se han tomado decisiones «biomédicas» de choque y, aunque resulta fácil criticar porque somos listos después de visto y de mirar fuera, no es momento de juicios ni reproches, es tiempo de avanzar, de dar paso a decisiones «biopsicosociales» que como sociedad nos prevengan de las consecuencias que a nivel mental y emocional, la ausencia de vida social y aireada nos pueda traer.

No serán pocas las familias que estén viviendo una auténtica tortura y enfermar de coronavirus puede ser el menor de sus males. Las condiciones en cada hogar son tremendamente diferentes: tener casa grande, jardín, despensa llena y compañía familiar en equilibrio ayudan y mucho.  Y entonces,¿qué podemos hacer mientras se toman estas decisiones «biopsicosociales» globales? Quizás llevarlas a nuestro terreno particular:

  • A nivel físico: trabajar la escucha a nuestro cuerpo y darle lo que nos esté pidiendo… y habrá días que nos pida movernos, otros descanso, otros comida sana y otros pues más chatarrosa, pues muy bien, y habrá días que nos dirá «te has pasado» y otros que «te falta algo», pues freno de lo que sea que me he pasado y caña a lo que me falte… sin culpas, sin autoexigencias, más bien con adaptación a lo que se pueda, más atención y escucha sabias.
  • A nivel emocional: permitirme lo que haya. El enfado, la tristeza, el miedo… cuando no estoy bien y también la alegría, el agradecimiento, el disfrute… cuando lo hay. Cada instante es diferente y la aceptación de lo que haya es fundamental, básicamente porque ya está aquí y resistirnos desgasta. Y permitirme no es dar rienda a mis instintos básicos y soltar mi basura emocional por la ventana. Permitir es observar, sentir, ser consciente, dar espacio, sostener, aceptar, respirar y dejar ir, y no tiene porqué ser en este orden.
  • A nivel social: ¿puedo hacer algo por alguien? ¿Puedo ayudar de alguna manera a una vecina/o, a la tienda del barrio, a un familiar en apuros? ¿Soy yo el o la que necesito pedir ayuda? A veces puede valer con una llamada, con hablar y sacar, o escuchar al otro sin juicio, con hacerle saber que estás para lo que necesite o que lo necesitas… y otras habrá que actuar en la medida de las posibilidades. Y las videollamadas a 20 pueden estar bien para un rato de risas, pero la línea directa y personal puede obrar milagros.
  • A nivel transpersonal: ¿puedo ir más allá del asunto y ver qué aprendizaje tiene para mí esta crisis? Quizás me haya reconectado con nuevas personas, o conmigo mismo, o con situaciones, aficiones, retos, oportunidades… que a primera vista no me parecían que tuvieran mayor trascendencia pero pueden ser la base de mi nueva normalidad. ¿Me he dado cuenta de lo que echo de menos, de lo que no, de lo que valoro más ahora, de hacia dónde me gustaría encaminar mi vida? ¿Qué estoy aprendiendo? ¿Me siento parte de un todo en búsqueda continua de equilibrio?

Tiempos nuevos, tiempos de reflexión y de atención plena para una mayor consciencia. Sobre todo para ver más allá y tratar -como personas y como sociedad- de aprender a construir un mundo mejor pero no para unos pocos, sino para todos.  Y aunque el trabajo empieza en uno mismo, nada podremos hacer solos, debemos remar a la vez. Pero mientras el barco no zarpa podemos enfocarnos en lo que ahora tenemos cerca, agudicemos la atención para ser capaces de verlo.

Para terminar, te dejo un poema de Steve Taylor que nos invita a descansar en el presente, el lugar menos habitado del planeta y donde podemos encontrar nuestras respuestas. Si pinchas en el enlace leerás la presentación de su último libro que tiene muy buena pinta.

El único lugar

Cuando el futuro está lleno de temor
Y el pasado lleno de pesar
¿Dónde puedes refugiarte excepto en el presente?

Cuando remolinos de pensamientos atormentadores
te hacen retroceder a las barricadas de la cordura
el presente es el centro tranquilo donde descansar.

Y poco a poco, mientras descansas ahí
los molestos pensamientos y temores se disuelven
como sombras encogiendo bajo el sol del mediodía
hasta que no necesitas ya más refugio.

El presente es el único lugar
donde no hay dolor creado por el pensamiento.

El presente es el único lugar.

Steve Taylor

10 recursos para el bienestar psicológico en tiempos de crisis

Las crisis hacen que nuestros cimientos tiemblen… surgen miedos y otras emociones y enredarnos en nuestra cháchara mental no ayuda.

En el siguiente vídeo podrás encontrar 10 recursos que podemos trabajar para mejorar nuestro bienestar psicológico en tiempos de crisis… y en consecuencia para mejorar nuestro bienestar global, porque nuestro bienestar físico también se incrementará.  Todo lo que hagamos en un nivel repercutirá en el otro.

Te dejo los recursos y el vídeo explicativo, espero que te sirva.

  1. COMPRENDE LA CRISIS
  2. SAL DE TU MENTE
  3. CONECTA CON TU EMOCIÓN
  4. POTENCIA TU RESILIENCIA
  5. RESPIRA… BIEN
  6. MÍMATE
  7. ACEPTA
  8. PRACTICA LA COMPASIÓN
  9. SAL DE LA HIPERACTIVIDAD
  10. ELIGE CRECER

Resistiré… y ¿si no lo hago?

Emily Pearl Kinsgley, guionista de Barrio Sésamo y madre de un niño con Síndrome de Down escribió un cuento en 1987 titulado “Bienvenidos a Holanda”.  En él narraba la frustración de unos «viajeros» que habían elegido Italia como destino de vacaciones, preparando el viaje con ilusión y detalle, y al aterrizar el avión en el que se dirigían a su destino soñado son recibidos con un “bienvenidos a Holanda”, como metáfora de tener un bebé con discapacidad . En el cuento se invita a tomar conciencia de si merece la pena lamentarse eternamente por no estar en Italia o disfrutar y aprender de lo que pueda ofrecer Holanda.

Y todos somos conscientes de que la vida muchas veces nos lleva a Holandas no planificadas. No serán pocos los que en estas fechas cercanas a la Semana Santa y en pleno “retiro covid-19” hayan visto sus vacaciones canceladas por no hablar de negocios truncados y un largo etcétera de situaciones ni buscadas, ni deseadas.  El hecho de que se amplíe el estado de alarma dos semanas más, nos lleva a otra pequeña Holanda, la de la incertidumbre de cuándo acabará realmente, la del hastío por tener que continuar en una rutina que quizás no sea la que nos apetece tener por las razones que sean.  A nivel emocional podemos tener días mejores… pero es normal tener también días malos, difíciles o terribles, cuando la desilusión, la enfermedad o incluso la muerte entran en escena.

Habrá casos en los que nos costará lidiar con ese estado de ánimo y será de gran ayuda que contactemos con un profesional de la psicología que nos inspire confianza. En otros casos, podremos gestionarlo por nosotros mismos con una mirada diferente, tomando distancia de la esa emoción difícil, observándola, poniéndole nombre, dejando que se exprese, sosteniendo lo que nos traiga y “respirándola”, para dejar que poco a poco se vaya cuando  haya cumplido su función. Cuando etiquetamos una emoción vamos de lo analógico – la emoción –  a lo digital – el lenguaje – (Pennebaker, 2011), organizando una narrativa diferente, lo nos ayuda a entender la situación de otra forma.

Soy muy fan de la escritura terapéutica como medio de expresión emocional para “sacar” lo que a veces no sabemos soltar de otra forma.  Consiste en tomar papel y boli y comenzar a escribir lo que en ese momento surja en nosotros. Sin filtro, sin estilo literario, sin buena caligrafía… lo importante es que fluya, dejando que emociones, pensamientos y sentimientos profundos asociados surjan sin pretender frenarlos o cambiarlos.  No es extraño que si estamos tristes o enfadados escribiendo parezca que la tristeza o la ira aumentan, pero cuando terminemos notaremos cierta liberación, que irá a más cuanto más saquemos. Si además lo hacemos en tercera persona nos permitirá tomar otro punto de vista, hacer una reflexión diferente de nuestra narrativa.

Escribir nos ayuda a pensarnos, a expresar, a liberar, ampliando la visión de nosotros mismos abriéndonos a otras posibilidades, lo que nos permitirá generar otra historia de lo que estamos viviendo y quizás hasta encontrarle un sentido o un aprendizaje. No hace falta que guardes lo que has escrito si no quieres… puedes quemarlo, tirarlo, como liberación final. Borges utilizó la escritura para superar su insomnio y a Sting escribir sus memorias le ayudó a superar una infancia difícil al ocuparse y ordenar sus acontecimientos vitales…

¿Y que nos puede enseñar esta “Holanda” de retiro forzoso? A nivel global quizás nos enseñe nuevas formas de funcionar, pero nada cambiará si no lo hacemos a nivel individual. Te propongo un ejercicio de introspección sencillo: coge ese cuaderno de bitácora en el que vas a plasmar tus tribulaciones y:

  • Primero: detalla todo aquello que realmente y de una manera intensa echas de menos del exterior
  • Segundo: lo que no echas de menos de tu vida previa…
  • Tercero: relacionado con el segundo, ¿qué estás valorando de este “retiro»?

Venga, empiezo yo… Echo de menos ir al monte, pasear por la naturaleza, ir a Maeztu, pasar un día en la playa, juntarme cara a cara con mis padres, hermanos y demás familia, ir a yoga y las meditaciones con mis grupos, bailar con mis amigxs…

No echo de menos mi agenda repleta… de trabajo, eventos, compromisos, planes infinitos de lunes a domingo… correr al trabajo, llegar tarde a casa… no tener tiempo para mí y los míos…

Y por tanto, valoro el tiempo con mi familia, compartir la cocina y la mesa todos los días, dormir más, leer, escribir, tener tiempo para ordenar los armarios y sacar todo lo que ya no utilizo… Valoro no tener que coger el coche, no tener que salir de casa por las mañanas para ir a trabajar, compartir series con mis hijas… etc etc

En resumen, este ejercicio nos puede ayudar a plasmar en papel cómo nos gustaría que fuera nuestro día a día cuando esto termine. Porque terminará, pasará y podremos haberlo utilizado para mejorar nuestra vida, para conocernos un poco más y subir unos escalones en nuestro desarrollo personal o para seguir en una rueda de hámster de correr y correr sin saber muy bien a dónde vamos. Podemos prepararnos para -en la medida de lo posible- potenciar lo que quiero de más y lo que quiero de menos en mi vida.

Kinsgley, E.P, (1987) Bienvenidos a Holanda

Fernández, E. (2013) Invitacion-a-la-escritura-terapeutica : Ideas para generar bienestar. International Journal of Collaborative Practice.

Dejar de hacer ¿misión imposible?

Tras mucho andar, mucho parar. Refranero castellano.

Podemos hacer mil y una lecturas diferentes de esta situación que estamos viviendo con la crisis del covid-19.  Podemos buscar causas diversas, en cada lugar realizar acciones diferentes y cada persona mostrará reacciones distintas según su personalidad, vivencia o situación particular.

Cómo personas diferentes, con experiencias, miedos, creencias y niveles de consciencia diferentes, trataremos de superarlo de la mejor manera posible. En algunos casos nos confrontará con situaciones límite, incluso con pérdidas  o situaciones muy angustiosas a nivel personal y laboral y hará falta una buena dosis de resiliencia. En otros, viviremos un confinamiento obligado pero tranquilo,  en unas casas mayoritariamente bien equipadas y con neveras surtidas, pero que aún y todo puede generar incomodidad en ciertos casos.

En todas y cada una de las situaciones no nos quedará otra que trabajar la aceptación del momento presente sea el que sea. Aceptación que no resignación, que no estar de acuerdo, que no que nos guste, que no pasividad o desapego emocional. Aceptación para no resistirnos, para no pelearnos con lo que hay, para no desgastar nuestra energía limitada en lo que no se puede cambiar y derivarla a lo que sí puede cambiarse.

Aceptación de que nuestra vida habitual ha cambiado y ahora, en el mejor de los casos no nos olvidemos, nos toca parar. Para muchas personas están siendo días de actividad frenética por sus trabajos y para otras una innegable oportunidad para la pausa. Y lo que podemos cambiar y trabajar es como nos enfrentamos a esta parada. Durante las últimas semanas se han multiplicado exponencialmente las opciones para “hacer”:

  • Sugerencias mil de cómo invertir tu día: manualidades, juegos, recetas, limpieza general…
  • Ofertas online de todo tipo: gimnasia, entrenamientos varios, baile, yoga, meditación, terapias…
  • Videollamadas con tu familia, tu trabajo, tu cuadrilla, tus primos…
  • Convocatorias de aplausos, discotecas de patio, nuevos grupos de whatsapp, telegram…
  • Sin olvidar las redes sociales o los medios de comunicación que por supuesto están en ebullición.

Y todo esto está muy bien, por supuesto que sí, todo tiene cabida y además es maravilloso ver como las personas intentamos poner al servicio lo que creemos puede ayudar a otros en estos momentos difíciles, o como seguimos en contacto virtual con nuestros allegados tratando de dar un punto de normalidad a la anormalidad. Dedicarnos también a aquellas faenas que teníamos aparcadas en casa, limpiar, sacar… tienen ese componente purificador para abrirnos a lo nuevo.

La reflexión que me ha surgido hoy es: ¿estamos yéndonos de nuevo a la hiperactividad, casera o virtual como escape?

Venimos de unas vidas ajetreadas, de correr a todo, de no tener tiempo para nosotros y esta parece una buena oportunidad para parar. Venimos de una vida de buscar fuera, de prisas en pos del éxito, dinero, poder, títulos… en la que el hacer prima sobre el ser y esta parece una buena alternativa para cambiar la mirada hacia el interior.

¿Seremos capaces de aprovecharla?

Dejar de hacer no siempre es fácil cuando se viene de donde se viene. Va también con tipos de personalidad, pero vivimos en una hiperactividad general incompatible con parar. Quietud, silencio, no hacer nada… no siempre es fácil, la tendencia es a buscar pasa-tiempos.

Con mi grupo de amigas hemos llamado al confinamiento retiro y a mi modo de ver realmente tiene un matiz mucho más agradable. Un retiro es una oportunidad de parar, de mirar hacia dentro, de vivir una experiencia diferente, de acoger con amabilidad todo lo surja, aunque a veces sean pensamientos o sentimientos desagradables, y en última instancia expandir nuestra consciencia.

Es humano enfadarnos, querer que acabe, buscar culpables, entristecernos, tener miedo, aburrirnos… ir al pasado que teníamos o inventar el futuro que nos espera. El aprendizaje viene cuando reconocemos todo eso, lo observamos y dejamos de identificarnos con pensamientos, sensaciones o emociones, para tomar consciencia de que somos mucho más, de que tenemos opciones para vivir estos momentos desde la mente hiperactiva o desde el ser que observa, de que podemos confrontar y rechazar una realidad que ya está aquí, o fluir con ella para ver que es lo que trae para mí, para Comprender con mayúsculas.

De esta situación, como de cualquier crisis:

  • Podremos salir reforzados a pesar del desgaste, del cansancio o de lo difícil de la experiencia que nos esté tocando vivir, cuando sacamos partido de la adversidad.
  • Podremos conocernos, buscar nuestro propósito, redefinir nuestras prioridades.
  • Podemos buscar el para qué, o quedarnos atrapados en el porqué, o en como tenían que haber sido las cosas.
  • Podemos remar en la misma dirección para entre todos llegar a buen puerto, o limitarnos a criticar, juzgar, culpabilizar y jugar al “después de visto todo el mundo es listo”.
  • Podremos crecer hacia una mayor bondad, solidaridad y compasión hacia nosotros mismos y hacia los demás.
  • Podemos mirar hacia adentro para conectar con lo que de verdad quiero para mi vida o seguir en el sobre-ocuparme y correr sin saber muy bien hacia donde voy.

La oferta está ahí, aprovechemos lo que creamos que va con nosotros en este momento, pero tratemos de no perdernos en el hacer inconsciente, ese capítulo lo tenemos muy trabajado ya.  Que este respiro que estamos dando al planeta, sea también un respiro para todos los que estamos en casa, sea una oportunidad de cuidarnos, de descansar, de querernos, de mirarnos y conocernos para que a la vuelta seamos un poquito más conscientes y estemos preparados para hacer del mundo un lugar mejor.

Tómate una pausa …