Mindfulness: ¿Moda, invento capitalista o algo más?

Diseño imagen: Angel López de Luzuriaga @ardiluzu

La Atención Plena es una experiencia de primer orden, en primera persona, y no una experiencia filtrada por la mente de otro. Jon Kabat-Zinn.

El curso comienza con entusiasmo. Tras un descanso estival, con lecturas varias y retiro en Kayzen incluido, mil ideas bullen en mi cabeza tratando de encontrar la forma de materializarse. Encaje de bolillos con el tiempo para ir poniendo en marcha el nuevo curso y poder ir aterrizando esas ideas que empujan con avidez para salir al mundo.

Comienzo con una pequeña vuelta al cole durante la primera semana de septiembre. Profesores de la ESO y bachiller reunidos para conocer un poco más de mindfulness, qué es, qué no es y cómo puede ayudarme a subir algún peldaño de bienestar en este curso que empieza, con los retos que se presentan por delante.

Vivencia, práctica, experiencia… no hay otra. Quedarse en la teoría no permite integrar. Formal o informal, en quietud o en movimiento, pero a fin de cuentas: atención, atención y atención…  Salir del piloto automático, de la identificación con la mente, movernos del ego a la esencia es todo un viaje, un viaje vital que no siempre se comprende en el nivel del pensamiento. Conectar con el cuerpo, con la emoción, con lo que hay más allá de la cháchara mental tiene su dificultad cuando llevamos toda una vida de desconexión.

Y entre algunas personas surge la pregunta: esto del mindfulness… ¿no es un invento capitalista? Al fin y al cabo… ¿no es una forma de vender bienestar para seguir produciendo?

Buena y entendible pregunta a la que me gustaría dedicar unas líneas de reflexión personal.

Ciertamente en los últimos años los cursos, programas, formaciones varias que incluyen mindfulness en sus títulos ha crecido de forma exponencial.  Desde que en los años 70 Jon Kabat-Zinn creara en Estados Unidos su programa para la reducción del estrés basado en mindfulness, su expansión ha sido vertiginosa. En parte debido a los buenos resultados cosechados en sus estudios científicos, replicados y metaanalizados por doquier, y en parte por el momento social en el que occidente se encuentra, un momento de desconexión profunda de su naturaleza esencial.

A partir de aquí han ocurrido varias cosas:

  • Una sensación de moda, como en su día ocurrió con el coaching, de último grito en crecimiento personal, lo que puede inducir a mucha gente a pensar en un negociete más del mundo del desarrollo humano. Un vocablo anglosajón puede colaborar bastante a esta sensación en los países de habla hispana.
  • El surgimiento de todo un ejército de personas más o menos formadas, más o menos implicadas, con una vivencia más o menos integrada, que puede llevar a las dudas razonables a la hora de elegir una dirección fiable.
  • La aparición de una cierta desconfianza hacia su aplicación en las organizaciones como forma de suavizar la presión y las demandas que los trabajadores perciben por otro lado: “por un lado te estreso y por otro te enseño a manejarlo para que produzcas más”.

Sin embargo, la práctica de la atención plena dista mucho de ser nueva. Puede que Jon Kabat-Zinn tratara de occidentalizar una práctica ancestral como es la meditación y si así ha sido posible que llegue a lugares donde sino no hubiera llegado, bienvenidos sean el nombre y el programa. Para los que venimos de la práctica del yoga y la meditación la teoría nos encajaba con lo que ya hacíamos, pero gracias a esta “moda” otros muchos han comenzado a practicar.

Y cómo en absolutamente todos los campos en los que intervengan personas, puede haber mejores  o peores profesionales y desde luego utilitarismo económico o finalidades más o menos aprovechadas, pero creo que nada demasiado diferente a lo que ocurre en cualquier otro área o profesión.

Si nos enfocamos en la verdadera esencia del mindfulness, la mirada puede ser muy diferente. Si nos damos real cuenta de lo que obtenemos cuando pasamos de la inconsciencia a la consciencia, del condicionamiento a la libertad, de la reacción a la respuesta… comprenderemos que integrar en nuestra vida la atención o conciencia plena,  nos ayuda* a:

  • Trascender nuestro ego, nuestra pantalla de pensamientos fruto de nuestra programación. Conectar con esa conciencia testigo que atestigua con ecuanimidad, que nos ayuda a dejar de creernos nuestro personaje construido.
  • Dejar de perdernos la vida distraídos con el pasado o preocupados por un futuro incierto y desconocido, lo que además disminuye nuestro sufrimiento secundario, colaborando a revisar nuestros peligros imaginarios y ayudándonos a surfear las olas de la vida.
  • Ser conscientes de nuestras emociones y de las de los demás, potenciando nuestra capacidad de elección y de gestión emocional, incrementando nuestra empatía, nuestra mirada compasiva y nuestra comprensión de las motivaciones propias y de los demás, mejorando nuestras habilidades de escucha y comunicación.
  • Comer de manera consciente, entendiendo nuestras verdaderas necesidades alimenticias, conectando con la sabiduría interna de escucha a las señales de hambre y saciedad, sin tomar de la naturaleza más de lo que necesitamos y sin castigar a nuestro cuerpo y al planeta con excesos  innecesarios.
  • Empoderarnos, elegir cómo queremos responder a las circunstancias de la vida.
  • Dejar de huir del momento presente narcotizándonos con alcohol, tabaco, drogas, compras, juego, medicamentos, deporte obsesivo, diversión, tecnología o cualquier otra excusa para no enfrentarnos a lo importante.
  • Prestar una atención más sabia a la enfermedad y al síntoma, escuchando los mensajes del cuerpo antes de que grite y permitiéndonos una convivencia más serena con el dolor y la enfermedad.
  • Conectar con nuestra sabiduría interior, con nuestra creatividad, con nuestra intuición y con nuestro sentir profundo. Dejar de buscar fuera lo que se halla dentro.

Y la verdadera esencia del mindfulness no es una práctica superficial e interesada. La verdadera esencia va de humanización, de conexión, de bondad, de sentirnos parte de la naturaleza que somos, de compasión, de unidad. El nombre es lo de menos.

La pregunta que yo haría sería: ¿qué opinará el capitalismo de una práctica que te ayuda a estar mejor con lo que tienes,  a comer mejor, de manera más sostenible y a dejar de evadirte de la realidad con la droga que sea que hayas elegido?

*Ayuda no es igual a panacea, a milagro, a “arreglatodoparatodos”… La práctica de mindfulness no sustituye la psicoterapia, ni los tratamientos médicos o psiquiátricos.

Apostando por la gimnasia emocional

Imagen del curso de verano UPV

Un cambio en el estado de la psique produce un cambio en la estructura del cuerpo y a la inversa, un cambio en la estructura del cuerpo produce un cambio en la estructura de la psique. Aristóteles.

Junio. Mes de finales. Descanso estival en las sesiones en Pepsico, fin de trayecto con el profesorado del Colegio San Prudencio  y cerrando el taller de bienestar de los lunes …

El cansancio está ahí. El trajín de preparar, ir, hacer, venir tiene su aquel, pero la satisfacción que se recoge lo compensa todo.  La persona que se acerca y te dice que ya duerme sin pastillas, otra que afirma gritar menos a sus hijos y muchas que el curso ha sido un placer … pues ya está, merece la pena.   Pero no nos engañemos. No todo es maravilloso en este viaje del autoconocimiento y del desarrollo personal.  Hay momentos en los que brotan incomodidades, días en los que la mente no para de rumiar y molesta, emociones que aparecen no se sabe bien de dónde y molestan, frustraciones ante determinadas dinámicas que molestan… pero el denominador común del conocimiento más consciencia es el de liberación.  Porque tiene que ver con hacernos dueños de nuestras vidas, con cambiar el porcentaje de reacción versus respuesta, con dejar buscar fuera lo que tenemos dentro, con tomar conciencia de nuestras luces y sombras para aceptarlas con amabilidad… y en última instancia, seguir caminando y creciendo a pesar de las piedras y obstáculos que podamos encontrar en la vida.

Ayer y hoy he tenido además la oportunidad de asistir a un curso de verano de la Universidad del País Vasco sobre “Conexiones entre la Salud y la Educación Emocional“, con Maite Garaigordobil, Juan Carlos Pérez-González, Igone Echeberria, Mª Carmen Ortega, María Sáinz, Javier Cejudo, Rafael Bisquerra y Dario Paez.

Y está muy bien escuchar de nuevo de boca de estos investigadores incansables toda la evidencia que ya sabemos que existe en esta conexión emociones-salud, porque me reafirma en este camino de la divulgación, de la psicoeducación, del intentar transmitir la importancia de nuestros pensamientos, emociones, de su regulación, de su expresión, no solo para evitar o sobrellevar mejor la enfermedad, sino  para nuestro completo bienestar físico, psicológico y social.

Ya no hay ninguna duda de que la alegría, el amor, la empatía nos hacen más resistentes a la enfermedad, reducen el cortisol, elevan nuestra inmunidad, nos reequilibran y nos alargan y mejoran la vida.  Y de que por el contrario, el odio, el miedo, la tristeza, la ira… nos debilitan, desequilibran, tensan y nos hacen más propensos a la enfermedad.  Saberlo está bien, pero necesitamos integrarlo, practicarlo, precisamos de herramientas, de entrenamiento emocional, para además de conocer ser capaces.

La respiración, la relajación, el mindfulness, la meditación, el movimiento consciente y yoga… grandes aliados en el gimnasio de las emociones. ¡Seguiremos entrenando!

¡Hasta el curso que viene! ¡Feliz y consciente verano!

Rafael Bisquerra en su ponencia: “Beneficios de la educación emocional para la salud”

Mañana sol y buen tiempo… o a lo mejor no

  • ¡Vaya tiempecito! ¿Eh?
  • ¡Ya vale con la lluvia! ¿No?
  • ¡Qué horror de tiempo!
  • ¡A ver si empezamos a ver el sol!
  • ¡Vaya frío! ¡Qué asco! …

A los que vivimos por estas latitudes norteñas nos suenan estas frases seguro… Y es que la meteorología da mucho que hablar todo el año, y no solo en el ascensor.  Cuando hace mucho frío, porque lo hace, si no hace suficiente, porque no está haciendo invierno. Cuando consideramos que ya tiene que brillar el sol, porque no brilla, y si lo hace en demasía también proferiremos alguna queja de que “¡qué calor! ¡Así no se puede dormir!”.. Nos gusta el verde, pero el precio que hay que pagar por él no tanto. Es muy gracioso cuando se oye: “ya vale ¿no?”, es decir, “a ver, que ya está bien, que tengo razones y derecho a decirlo que ¡ya vale de mal tiempo!”… o de sol, calor, lluvia, frío, etc.

Lo de que nunca llueve a gusto de todos es una frase muy cierta.  Ya lo dice la Mari en Maeztu: “Cuando yo quería que lloviera porque hacía falta en la huerta, Hilari no quería porque iba a hacer un tejado”. Menos mal que hace lo que quiere ¿verdad? Lo que no quita para que si nuestras expectativas son unas y hace lo otro, tendremos razones “justificadas” para quejarnos o estar enfadados.

Y esto ocurre no solo con el tiempo…, sino con casi todo lo demás.  Si nuestro día no transcurre como esperamos, si ocurre algo inesperado que perturba nuestra vida, si nuestros hijos no sacan las notas que queremos, no visten como nos gustaría o no son como -según nuestros esquemas mentales- deberían ser… Si en el trabajo no nos consideran, pagan o atienden como queremos, si nuestras parejas, padres, vecinos no piensan, sienten y actúan como esperamos, y mil un ejemplos más, nos perturbamos. A veces no tiene que ocurrir nada… en ocasiones vivimos en una especie de posesión por el pitufo gruñón y necesitamos un exorcismo para salir del ladrido.

Y es que cuando vivimos en la inconsciencia, identificados con el personaje, nos podemos perturbar por casi todo.  Y será fácil también que echemos la culpa de nuestro malestar a todo lo externo.  El trabajo, el jefe, el hijo, la pareja, la vecina, el tiempo, el gobierno o las finanzas, cualquier motivo es bueno para mosquearse. Tener a alguien a quien echarle la culpa de lo que nos ocurre nos parece que alivia la desazón, pero depender de lo externo para estar bien es un poco triste, ¿no crees?

Continuamente van a estar sucediendo cosas, cambiando el tiempo o apareciendo nuevas preocupaciones que nos generarán emociones diversas, que podremos observar, gestionar, respirar y dejar ir cuando sea el momento, porque lo mismo que las cosas vienen se van.  Yo cuando me observo en ese malestar interno que a veces no se sabe ni de dónde viene, me hago la pregunta de Gerardo Schmedling: ¿Qué es lo que no estás aceptando? Es decir, ¿qué quieres que sea diferente?, ¿tu familia?, ¿tu pareja?, ¿tu trabajo?, ¿el sistema socio-económico mundial?, ¿el clima?, ¿el presidente de los Estados Unidos?…

Y la siguiente cuestión es: ¿y qué se yo que es lo mejor? ¿Lo mejor para quién? ¿No recuerdas aquello que al principio fue un mazazo y que con posterioridad trajo lo otro que fue maravilloso? No se trata de no sentir dolor cuando algo no va bien, o de hacer escapismo emocional.  Se trata de observar, tomar distancia, desidentificarnos de nuestro ego y respirar, soltar, sentir, vivir… para aceptar lo que sea que viene sin añadir sufrimiento adicional. Se trata de mirar nuestras expectativas con nuevos ojos: ¿de verdad tienen que ser de una determinada manera las cosas? o dicho de otro modo: ¿por qué tiene que hacer el tiempo que a mí me gusta, apetece o conviene?

La aceptación no es resignación, no es estar de acuerdo, no es evasión…,  es esa capacidad de no creerte más lista que la vida, comprender que resistirse a lo que es desgasta, hace sufrir y consume una energía muy valiosa, que seguro que necesitamos para lo que sí se puede cambiar, como por ejemplo la manera en la que nos enfrentamos a los acontecimientos.

Entonces… independientemente de lo que haga fuera ¿qué tiempo hace en ti hoy?  Espero que un día muy luminoso 🙂

Todos los caminos llevan a Roma, si es que quieres ir a Roma

El camino único donde desembocan todos los caminos es el descubrir mi verdadera identidad. Consuelo Martín.

Imagen: portada álbum Autoterapia de Izal

Cuando estamos inmersos en el viaje del autonocimiento, de la búsqueda del bienestar o del sentido de la vida quizás en ocasiones  limitemos nuestros caminos, olvidando que son muchas las maneras de conectar con nuestra esencia, de vivir profundamente y trascender nuestras limitaciones más egoicas.

Creo que nadie duda de la capacidad de la música o el baile para esa conexión con nuestro yo sincero para salir por un ratito del personajillo, dejarnos llevar por la melodía y mover por el ritmo.  Realmente es mágico percibirnos después de cantar una canción que nos remueve, de bailarla o sencillamente de escucharla desde la consciencia plena.

Recuerdo la primera vez que escuché a Izal. Íbamos de vacaciones en coche y desde el primer momento me embargó una sensación especial … no es fácil describir con palabras…  algo así como ganas de coger mucho aire, de expandir mis pulmones hasta el máximo para luego dejarlo salir y saborear una sensación de infinito bienestar.  Todos tenemos canciones con las que nos ocurre esto ¿no?  La música activa emociones, sensaciones, cambia nuestra química cerebral y nos lleva a sitios indescriptibles.  A mí me esto me pasa con muchas canciones, y concretamente con muchas de las de Izal….

A partir de ese día he saboreado cada uno de sus discos, he disfrutado en los directos a los que los he podido asistir y cada nuevo trabajo me conecta con la adolescente con vinilo nuevo  que practicaba el “vuelta y vuelta” hasta que se aprendía las letras de memoria.

Y en ese proceso de escucha continua está ahora su último trabajo Autoterapia.  Ya sabemos que vivimos en mundos interpretativos, que hay tantas realidades como observadores y lo que vemos dice mucho de nosotros… Un álbum titulado Autoterapia…   Un ojo en la portada…  ¿se refiere al tercer ojo de conocimiento de Ken Wilber?, ¿ese ojo más allá del ojo del cuerpo o del ojo de la mente?, ¿esa mirada trascendente que percibe lo no medible? A saber cada uno lo que ve…

Y precisamente esa mirada subjetiva que somos cada uno de nosotros verá detrás de cada letra un mensaje diferente.   El tema Autoterapia, además de la colaboración de Ara Malikian, a mí me regala la invitación a dejar salir, a abrir la mente, las manos a nuevas verdades, a ser conscientes de esa sombra, de esa mitad oscura que no dejamos salir cuando nuestro personaje lo demanda, pero sin la que no estamos completos. Solo cuando la integramos, la iluminamos, salimos de esa materia inerte que somos en la separación.  ¿Quieres escucharla y comprobar que te sugiere a ti?

Con Pausa puedes parar, sentir tu ritmo en la vida, escuchar los sonidos, el tono de voz que te acompañan habitualmente y percibir tu velocidad y la de los que te rodean… Con Santa Paz darte cuenta de si eres de los que llevas tanto ruido, vendaval y terremotos contigo que tu ausencia regala paz a los demás, constatar si don dinero te arrastra a perderla … o ¿sólo ves crítica a lo de fuera?

El camino del autoconocimiento es infinito y apasionante. Cuando estás en él, todo lo que ocurre alrededor puede ser enseñanza de vida, estamos rodeados de maestros que nos muestran donde fijar nuestra mirada y a cada uno se nos enseñarán las lecciones que necesitamos…

Hoy te invito a estar atento a:

  • Tus maestros de vida: que pueden ser hijos, pareja,  padres, ese compañero de trabajo perturbador, el jefe torturador o cualquier otro personaje presente de manera importante en nuestra vida, que reflejan aquello que hemos venido a aprender, nuestro “viaje a Roma” particular.
  • Las señales del camino: sus acontecimientos, circunstancias, decisiones, todo lo que te ha llevado a ser quien eres hoy y todo lo que está presente en tu vida ahora para conformar quién serás mañana.
  • A tu ritmo, tu baile, tu música, a cómo te quedas después de cantar, de bailar, de sentir la melodía en tus células y el movimiento en tu cuerpo. Te propongo que en tu viaje no falte ni la música, ni el movimiento. Te aliento a escuchar y a escucharte.

¿Qué tipo de chupitos sueles tomarte?

Imágenes: Toya Pérez

“Guardar resentimiento es como tomar veneno y esperar a que la otra persona muera.” – Malachy Mccourt

Hace unos años que sigo a Borja Vilaseca y me encanta su expresión “tomarse chupitos de cianuro” para esas ocasiones en las que nos perturbamos y ofendemos por aquello que nos parece que nos hacen los demás o por las circunstancias de la vida.  Es decir, cuando nos quedamos atrapados en el enfado, resentimiento, odio o amargura, supone tomarnos unos cuantos litros de venenito gratuitamente.  Nuestro cerebro se cree ciegamente aquello que la mente le trae y si por allí frecuenta el pensamiento quejicoso, amargadete, ese que da vueltas y vueltas a la ofensa, que se instala en el victimismo, que re-siente una y otra vez el ataque sufrido o la circunstancia adversa, nuestro laboratorio interior pondrá en marcha la elaboración de una química tóxica que, a buen seguro, tendrá consecuencias a nivel físico o emocional.

En realidad es fácil caer en el resentimiento… sentirnos víctimas de una situación que interpretamos como injusta y buscar culpables no tiene demasiado mérito. Es muy humano sentir rabia, sufrir, intoxicarnos con una ira que hace reinar el pasado sobre el presente y obstruye nuestras posibilidades futuras. Sin prácticamente caer en la cuenta, nos convertimos en esclavos, en prisioneros de la persona o situación que ha causado el agravio.

Para salir de esa jaula en la que nos podemos fácilmente instalar, para disolver las cadenas que nos atan, no queda otra que echar mano del perdón.  ¿Perdonaaa?   “Ni hablar, hay cosas que no se pueden perdonar”, “es mala gente, no se lo merece”, “no es justo”, “ha echado mi vida a perder”, “me hizo mucho daño”…

Desde el ego encontraremos mil y un motivos para no perdonar.  Nos parecerá que justificamos lo que nos hicieron, que le damos la razón al ofensor, que nos rendimos o que nos volvemos pasivos ante la injusticia.  Creeremos que si perdonamos supondrá cambiar el comportamiento hacia la otra persona o que tendremos que hablar con ella.  En otros casos perdonar nos parece un acto de superioridad o lástima hacia el perdonado.

En realidad mantenernos en el resentimiento nos genera unas ganancias secundarias de las que no solemos ser conscientes:

  • Nos genera una sensación de poder y dominio, de control sobre el otro
  • Nos reafirma en el tener razón, en estar en posesión de la verdad
  • Nos apoltrona en una identidad de víctima que hemos convertido en zona de confort
  • Podemos responsabilizar a otros de la ausencia de felicidad en nuestras vidas

En realidad el perdón va a más allá del ego, de la mente pensante, del personaje con el que nos identificamos.  El perdón tiene que ver con una sabiduría más profunda, con una comprensión interior que nos expande,  que nos conecta con esa esencia que en realidad somos y con esa compasión horizontal de humanidad compartida.

Son muchas “ces” las que se ponen en marcha en el proceso de perdón:

  • Comprensión de que cada uno de nosotros tiene una historia detrás, -una historia que desconocemos-, un niño interior herido y asustado que no sabe defenderse sin ataque, unas creencias, una sombra por iluminar y un camino por recorrer.
  • Compasión de esa historia, de esa vida, que podía haber sido la nuestra si nuestras circunstancias hubieran sido esas mismas.
  • Conciencia de nuestra propia sombra, de nuestras proyecciones en el otro, del espejo que nos devuelve lo nuestro, nuestras propias carencias y conflictos.
  • Consideración del grito de dolor que pide reconocimiento, respeto, ayuda y amor que puede haber detrás de la agresividad o insensibilidad.
  • Conexión con nuestra esencia amorosa, esencia que compartimos con los otros a pesar de que cada uno llevemos a cabo una interpretación mundana diferente.
  • Consciencia de humanidad compartida, de unidad.

El poder curativo del perdón es inmenso y los primeros y mayores beneficiados de su práctica somos nosotros al liberarnos de las cadenas que nos atan al dolor y al sufrimiento. Dejamos de envenenarnos, de emborracharnos a chupitos de cianuro. A veces el perdón comienza por nosotros mismos… en otras ocasiones el trabajo es con nuestros padres o maestros… parejas, jefes, vecinos, otros familiares… o incluso con la vida. Y no quiere decir que aprobemos lo que nos hicieron,  quiere decir que nos liberamos, que soltamos lastre, que dejamos caer las piedras con las que hemos ido tropezando en lugar de cargar con ellas, que dirigimos la energía a crecer, a seguir con nuestro camino evolutivo, a salir fortalecidos, a continuar construyendo esa mejor versión de nosotros mismos que nos procura la auténtica comprensión.

Una vida vivida sin perdón es una prisión (William Arthur Ward)

En poco más de un minuto Borja te invita en este vídeo a dejar de emborracharte con chupitos de cianuro…

Para saber más:

Lomar, J. (2012 ) Vivir el perdón. Barcelona: El grano de mostaza

Crisis y crecimiento personal

Cuando el corazón llora por lo que ha perdido, el yo profundo sonríe por lo que ha encontrado.- Dicho Sufí.

Este fin de semana se han celebrado en Tudela las IV Jornadas de Psicología Transpersonal y Espiritualidad con el tema “Crisis y Crecimiento Personal”.  Y desde luego es un tema que da para mucho…

Las crisis, aunque inevitables, resultan fastidiosas, incómodas, perturban nuestro devenir y nos gustaría que no existieran.  Nos quiebran, desengañan, nos confunden, nos hacen sufrir.  ¿Estás viviendo una crisis? ¿Cómo te sienta que te digan qué es una oportunidad? ¿Qué cuándo una puerta se cierra se abren otras? ¿Qué seguro que es para bien? ¿Qué lo que viene, conviene?

Cuando estamos en el ego,  en la mente errante, identificados con el pensamiento constante y automático, en el “¿por qué a mí?”, en el “¡esto no debería estar pasando!”, en el “¡todo me pasa a mí!”, “¡me ha mirado un tuerto!” (¡pobres tuertos!)…  Comprensiblemente nuestra mirada más humana decidirá que menuda mala suerte que tengo y que no hay derecho, por lo que la crisis nos sentará fatal y que tengamos que ver en ella una forma de crecimiento personal, ni te cuento.  La mirada transpersonal nos invita a verlas desde otro punto de vista, cómo diría Ken Wilber en su libro Los tres ojos del conocimiento, desde la visión contemplativa, distinta de la visión empírica de los sentidos o la racional de la mente.

Enrique Martínez Lozano comenzó el viernes las jornadas planteándonos una visión consciente de las crisis, una forma de vivirlas desde una visión transpersonal, más allá del ego juez y sabelotodo.   Las crisis son parte de la vida y hay ciertas actitudes que pueden hacer posible que se crezca con ellas:

  • La no-evitación y no-resistencia: es decir salir del “esto no debería estar pasando” para acoger la situación de frente.
  • La no identificación con lo que nos pasa, no reducirnos a esa crisis. Reconocemos la tristeza, el miedo, el enfado, la emoción o emociones que nos surjan, dándonos cuentas que somos más que ellas.
  • Cuidar el amor incondicional a uno mismo, no escapar del presente y tratar de acallar la mente para ver más allá de sus filtros.

Las crisis nos invitan a soltar la ilusión de control, a comprender quiénes somos realmente, a la aceptación de los planes de la vida, a cambiar, a movernos… e irremediablemente a ser un poco más sabios.

Vicente Simón es claro. A veces hay que “darse la torta” para despertar. Mal que nos pese el fracaso enseña y si todo nos sale bien, nos mantenemos en una rutina inconsciente. Solo cuando perdonamos a la realidad podemos superarnos.  Es típico pensar que el mundo imaginario de nuestra cabeza es verdad y desde ahí el sufrimiento está prácticamente asegurado. Solo desde la lucidez compasiva que surge cuando nos hacemos conscientes, cuando despertamos, puede llegar la comprensión y aceptación de la crisis.

Jorge Ferrer, doctor en psicología y experto en psicología transpersonal, nos regala un recorrido por sus crisis vitales, nos ayuda a ver más allá de la apariencia, a encontrarles un sentido, que no siempre es inmediato y sencillo, nos ayuda a acercarnos y dialogar con la crisis: ¿qué quieres?, ¿qué miedos sacas a relucir?, ¿qué cambios me pides hacer?, ¿quién puedo llegar a ser?…Y nos recuerda que: ¿buena suerte?, ¿mala suerte?, ¿quién sabe? Aquello que de primeras te sentó tan mal, fue un trampolín a una situación mejor… o viceversa.

De la ponencia de Juan Ruiz y Miguel Morate me quedo con que somos consciencia, algo bastante superior al ego, necesario pero limitador, y que el sufrimiento no enseña, sufrir es bastante más fácil que comprender… Comprender requiere esfuerzo y cierto dolor. Si el sufrimiento enseñara la humanidad estaría iluminada.

Fidel Delgado, psicólogo clínico maestro del humor hasta en un tema tan delicado como las crisis, nos muestra:

  • Cómo pasar, -en estas “collejas que nos da la vida”-, de ser un transeúnte quejicoso a un transitólogo,
  • Cómo nuestra necesidad de control a veces entra en conflicto con la vida
  • Cómo el conocimiento sin vivencia no transforma.

A veces necesitamos una operación en las cataratas del alma cuando surge un desprendimiento de rutina

Y maravilloso final con Marly Kuenerz, psicóloga clínica experta en atención, que nos transporta a la necesidad del autoconocimiento, de la mirada hacia adentro, que si siempre es importante, lo es más en la crisis. La atención es la clave. Dándonos cuenta de nuestros automatismos, de nuestras “grabaciones” vitales, de donde me enfoco, ¿en las nueve cosas buenas que me han pasado hoy?, o ¿en la menos buena? Tenemos un tremendo potencial como seres humanos que no estamos sabiendo canalizar de manera eficiente… La mente nos lleva a su terreno, a la forma material, a lo que podemos percibir con los sentidos, pero hay un inmenso conocimiento que la ciencia está aportando a lo transpersonal que merece ser divulgado: Bruce Lipton, Candece Pert, Garniet-Malet…

Fin de semana intenso, en “mi salsa”, saboreando la satisfacción que produce escuchar de todos estos fantásticos ponentes aquello que resuena con tanta fuerza en mí. Gracias a Román Gonzalvo por organizarlo y a Alfonso Verdoy por recoger las ponencias de los últimos años en un libro.

Y si hablamos de crisis… gracias a la crisis que en su día me llevó a Ramiro González, que a su vez me llevó  hasta Enrique Martínez Lozano que a su vez me ha traído hasta aquí… A lo mejor resulta que sí que van a tener su punto…

Mención aparte y especial, para mis amigos Rocío y Txutxín que me han acogido en este fin de semana en su preciosa casa de Los Fayos y acompañado por la deliciosa gastronomía tudelana.

 

Dando la mano a nuestro niño interior

No hay niño que requiera más  atención que aquel que un día fuiste. Recuérdalo, acógelo, sánalo. Rafael Vidac

Ya lo decía el Principito: “todas las personas mayores fueron al principio niños, aunque pocas lo recuerdan”.  Recordamos algunas cosas, pero otras muchas las hemos guardado en un lugar profundo de la mente, un sitio de difícil acceso al que en ocasiones duele asomarse… Así, nuestras mentes adultas programadas por años de condicionamiento e inmersas en la vorágine de un día a día repleto de quehaceres y preocupaciones, no consideran una opción volver a conectar con el niño que fuimos… y que sigue con nosotros. Trabajamos, cocinamos, comemos, vamos, venimos, salimos con amigos, dormimos…, vivimos la vida, en muchas ocasiones, desde una inconsciencia profunda.

Pero nuestro niño interior no ha crecido y sus heridas se hacen notar.  Las hay grandes, pequeñas…, algunas están cicatrizadas, otras pueden seguir abiertas y tomar distintas formas en nuestra vida adulta: miedo, inseguridad, resentimiento, tristeza, malestar profundo, síntomas físicos, conductas indeseadas…, pero a veces, en lugar de mirarlas de frente y darles luz, preferimos achacarlas a algún suceso externo, a qué somos así o a que la vida es dura…, o simplemente miramos hacia otro lado.

Imagina por un momento en cuántas ocasiones ese niño que fuiste se pudo sentir herido: una humillación en clase, un grito de tus padres, un abrazo no recibido cuando lo necesitabas, esas palabras de ánimo en un momento difícil que no llegaron, no sentirte escuchado, no sentirte valorado,  que tus miedos o preocupaciones no fueran tomadas en serio, que no se respetara tu opinión o disconformidad, que no pudieras expresar tus emociones sin burlas o represalias, sentirte excluido del grupo…   por no mencionar si ocurrieron abusos o malos tratos.

Ese niño interior sigue contigo, esperando que le hagas caso, que lo acojas, que le mimes, que lo abraces, que le digas que es único, que pase lo que pase le quieres, que te gusta cómo es, que tiene derecho a decidir y a equivocarse, que puede expresar sus emociones sin temor… Dile que lamentas no haberle atendido hasta ahora, pero ahora sabes cómo cuidarlo y que vas a otorgarle protección y seguridad.

Nuestros padres y educadores hicieron lo que hicieron en función de lo que sabían y podían hacer, cometieron errores, como nosotros como padres los cometemos ahora.  Podemos quedarnos en el resentimiento por lo que nos parece no supieron dar a ese niño que fuimos o podemos tomar las riendas, abrazar a nuestro interior herido, acogerle, mirarle a los ojos y decirle que todo ese camino recorrido nos ha traído hasta lo que hoy somos, que todo está bien, que esté tranquilo, que lo respetamos, valoramos y queremos profundamente.

Sanando nuestro niño interior, dando luz a esa oscuridad que a veces nos asusta, nos haremos plenamente conscientes y responsables de nuestra vidas, caminaremos hacia el autoconocimiento necesario para dirigirnos hacia esa mejor versión de nosotros mismos, a esa evolución personal hacia un nivel mayor de consciencia. No es sencillo, quizás necesitemos ayuda, pedirla puede ser el primer paso de nuestra vida mejor. La práctica meditativa  también puede ayudarnos en esa parada, en esa conexión, en ese abrazo amoroso a nuestro niño herido. Y desde ahí, desde esa mejor versión, seremos los acompañantes conscientes de otras mejores versiones.

Te dejo una bonita reflexión de Thich Nhat Hanh  para el trabajo con el niño interior herido:

“Mi querido niño herido, estoy aquí por ti, listo para escucharte. Por favor, cuéntame tu sufrimiento, muéstrame todo tu dolor. Estoy aquí, escuchándote de veras” Y si sabes volver a él, escucharle cada día durante cinco o diez minutos, la curación tendrá lugar. Cuando subas una bella montaña, invita al niño que hay dentro de ti a subir contigo. Cuando contemples una hermosa puesta de sol, invítale a disfrutar contigo. Si lo haces durante algunas semanas o meses, el niño herido que hay en ti se curará. La plena conciencia es la energía que puede ayudarnos a hacerlo.  Thich Nhat Hanh

(Extraído de los materiales de Facilitador en Desarrollo Transpersonal de la Escuela Española de Desarrollo Transpersonal )

De la torta a tiempo y del yo no tengo ningún trauma

Los niños son como cemento fresco, cualquier cosa que caiga sobre ellos deja una huella. Haim Ginott

Empecemos por el principio: el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Quien más o quien menos ha metido la pata educando a sus hijos y yo la primera que lo ha hecho muchas veces. Los hijos son maestros, vas aprendiendo según crecen y si volvieras atrás harías las cosas de diferente manera, pero en su momento lo hiciste de la mejor manera que supiste y lo importante es seguir aprendiendo y creciendo con ellos. La culpa no sirve, pero el conocimiento y el ser consciente sí. Solemos decir que los niños no vienen con un manual debajo del brazo pero hoy en día tenemos la suerte de contar con muchísimos profesionales de la educación que, gracias a muchos años de estudio e investigación, tienen muchas claves que nos pueden ayudar en el acompañamiento.

Ayer tuve el inmenso placer de compartir jornada con varios de estos profesionales en el III Congreso de Educación Emocional celebrado en Pamplona y organizado por la plataforma Padres Formados:

  • Juan Carlos Pérez-González y Neurociencia afectiva y social: emociones y cerebro, o de cómo cuando entiendes un poco cómo funciona el cerebro eres capaz de entender por qué tu hijo/a reacciona y se comporta como lo hace, y en consecuencia eres capaz de corresponder a la conducta de manera más adaptativa. Ya no son tiempos de hablar de los adolescentes y la edad del pavo o la hormona, sino de entender que si su corteza prefrontal no está totalmente desarrollada y su sistema límbico está desbocado no podemos pretender que se comporten como adultos. Es la hora de la escucha, de la presencia, de dar autonomía y confianza desde los límites y la paciencia, y siempre desde el amor incondicional.
  • Enrique G. Fernández-Abascal y Psicología positiva. Emociones y motivación, o de cómo entender que la motivación no funciona con zanahorias o palmaditas en la espalda, sino con la atención, el compromiso, las relaciones interpersonales, los logros y el significado vital.
  • Maite Garaigordobil Landazabal. Juego cooperativo para el desarrollo socioemocional, o de lo necesario e importante que es el juego en el desarrollo infantil, juego cooperativo y no competitivo, juego como fuente de placer, de libertad, que contribuye al aprendizaje, al desarrollo corporal, intelectual, social y afectivo, potenciando la imaginación y la creatividad.
  • Carlos Hue García y Los docentes: competencias emocionales, liderazgo y bienestar docente, o de la necesidad de docentes que sorprendan, enamoren, ilusionen, impresionen, fascinen, creen y ayuden a crear… y que enseñen a hacer amigos, fomentando la empatía, la autoestima, el autoconocimiento y el Ser.  Si encima lo compartes con tanto humor como lo hace Carlos el mensaje cala seguro.
  • Anna Forés y Resilencia: Crecer desde la adversidad, o de ver que el centro de nuestra vida no es lo que no funciona, sino la vida misma, que es importante ver y aceptar la herida, tener mentalidad de crecimiento, del todavía no pero a futuro igual sí, y darnos cuenta de que detrás de lo que se ve hay una historia, así como de que la confianza, la esperanza, el optimismo, el tú me importas, construyen personas resilientes.

Tuve el honor de terminar la jornada con un apartado para la consciencia, para entender cómo la atención plena puede ser el compañero en este camino emocional, dándome cuenta de cómo estoy, de desde dónde actúo, para de este modo pasar de la reacción automática a la respuesta libre, de la inconsciencia a la consciencia.

El objetivo es común, favorecer el desarrollo de una educación emocional que permita resolver las rabietas y conflictos desde los buenos tratos, promover familias emocionalmente competentes con estrategias más allá de la torta a tiempo o la zapatilla, que ni sirven, ni respetan y que solo demuestran escasez de recursos del que las utiliza.  Que hayan sido parte de nuestra cultura no es excusa para que sigan con nosotros. Podemos hacer una larga lista de barbaridades que se han hecho en la historia de la humanidad…

Sin olvidar la necesidad de poner límites, que no está reñido con los buenos tratos,  que la educación no es condicionamiento por miedo y que las consecuencias lógicas tienen más sentido que los castigos. No debemos confundir educar en la competencia emocional con la permisividad, con el “laisser faire”, porque no tienen absolutamente nada que ver. Evadirnos de nuestra responsabilidad parental es otra forma de maltrato.

Cuando como excusa nos aferramos al “a mí me daban y no tengo ningún trauma”, quizás no tengamos en cuenta que los traumas en la mayoría de las ocasiones no son visibles, ni conscientes, que todos tenemos un niño interior que sufrió con cada desprecio, con cada azote, con cada humillación, un niño interior que no ha crecido y que manifiesta esas heridas con síntomas que quizás no asociemos – porque nadie nos ha enseñado a asociarlos -, pero que pueden ser visibles en forma de malestar físico o emocional, comportamientos no deseados u otras manifestaciones… ¿Qué contribución queremos hacer al niño interior de nuestros hijos/as?

Si el tema te resuena, si quieres comprometerte con la labor educativa desde el conocimiento, desde el desarrollo de nuevas competencias emocionales, puede serte útil el libro de Leticia Garcés Larrea – pedagoga, experta en educación emocional y organizadora del Congreso comentado-, titulado: “Padres formados, hijos educados. Familias emocionalmente competentes y resilientes”.  Escrito en un formato accesible, con multitud de ejemplos reales con los que seguro que te identificas más de una y más de dos veces, se hace un recorrido por el conocimiento neurocientífico que nos ayuda a entender muchas de las conductas de nuestros hijos -base para poder manejarlas después-, y nos guía hacia la competencia emocional en el seno de la familia para desarrollar hijos resilientes, con inteligencia emocional, que sean fuente de aprendizaje y con vínculos afectivos seguros. Merece la pena.

Y como lo uno lleva a lo otro, no puedo dejar pasar la oportunidad de recomendar otro libro, en este caso “Profesionales portadores de oxitocina. Los buenos tratos profesionales” de Íñigo Martínez de Mandojana Valle, que en la misma línea de promoción del buen trato, -en este caso desde la visión de un educador social y psicopedagogo-, nos ayuda a desenredar conceptos, a aprender de los errores, a saber que no somos infalibles, a tener la humildad de reconocerlo y abrirnos a una nueva forma de generar posibilidades a través de esa oxitocina que proporciona el buen trato. Iñigo nos relata cómo acompañar, sin paternalismo arrogante, sin posicionarse en el papel de experto que todo lo cura. Y sobre todo, promueve la conexión desde el “sintonizar”, desde ese baile sutil que se produce cuando las esencias se unen, cuando se logra ver más allá de las apariencias, del personaje construido, sabiendo que lo que es bueno para uno puede no serlo para otro. Escrito en un original formato comienza en el saber, sigue en el pensar y acaba en el hacer.

En ambos libros tienes una invitación para tejer relaciones bientratantes, sólidas y significativas, para crecer en competencia emocional y en estrategias de resolución. ¿De verdad quieres seguir en la zapatilla?

 

La vida más allá del ego… Kayzen y lo transpersonal

Solo cerrando las puertas detrás de uno, se abren ventanas del porvenir.  Françoise Sagan.

Cuando comienzas el viaje del autoconocimiento, comienzas el viaje menos organizado de tu vida. Cada día emerge una nueva sorpresa, te observas en una emoción inesperada, surge una persona, un hecho casual o más bien causal… y todo ello te va llevando hacia nuevos territorios, hacia una mirada ampliada, lo que irremediablemente te lleva a una mayor apertura.

Apertura. Con esta palabra empezó el pasado domingo mi estancia en Kayzen La Colina, un maravilloso paraje en el que se encuentra la Escuela de Desarrollo Transpersonal en El Escorial. Una tarjeta extraída al azar con la palabra “Apertura”,  me llevó a la habitación del mismo nombre en la que pasaría los siguientes cinco días…  Parecía un buen comienzo. Observas a tus compañeros de viaje, inevitablemente surgen pensamientos, juicios, expectativas…   28 almas curiosas que sienten ese impulso de búsqueda más allá de ese ego que nunca tiene bastante, ese ego dividido, procesador, controlador…

José Mª Doria nos presenta el encuentro, realiza el primer acompañamiento en el camino de la comprensión, de la comprensión profunda. Porque comprender no es entender.  Durante siglos nos hemos enfocado en lo mental, en la ilustración, en la acumulación de conocimientos intelectuales, lo que estuvo bien en su momento, pero en cierta manera nos ha taponando la sabiduría interior, nuestro Ser profundo, nuestra luz. Es hora de desbloquear este tapón.  El trabajo meditativo, la consciencia testigo, el silencio, la expresión corporal y emocional, la danza, la música…  todo ello de la mano de Antonio, Sara, Silvia… nos acompañarán en la tarea de abrir rendijas en nuestra coraza para dejar que salga la luz que somos.

La psicología transpersonal  es una psicología profunda, más allá de la mente, más allá de la jaula del ego, de lo que nos decimos, de la película que nos montamos.  La terapia transpersonal acompaña en el despliegue nuestra esencia, de nuestro Ser profundo.  Pero como en todos los recorridos, no siempre todo es fácil… En ocasiones hay baches, cuestas, piedras… Cuando empiezas a abrir esa coraza, aparece la sombra, esas máscaras más oscuras a las que no siempre nos apetece mirar. Pero allí está el tesoro… cuando abres las ventanas del sótano y ventilas se hace la luz. Cuando dejas de escapar y vuelves a casa, al Ser, floreces.

Han sido tantas las emociones y experiencias vividas en estos cinco días en Kayzen que sería pretencioso querer plasmarlas con palabras. Me llevo conmigo a todas y cada una de las personas que he conocido, el profundo sentir,  la conexión, la comprensión,  las maravillosas vivencias compartidas dentro y fuera del aula, y sobre todo el impulso y las ganas de seguir transitando y transmitiendo este camino.  Sin olvidar lo último que ves cuando sales de la escuela: Atención, Atención, Atención.

 

 

Congreso de Mindfulness en la Educación

“Los educadores felices cambiarán el mundo”. Thich Nath Nanh

Después del Congreso de Mindfulness en la Educación celebrado en Zaragoza el 3 y 4 de noviembre, me traigo una sobredosis de ponencias, estudios, ideas, experiencias, resultados… pero también un chute extra de alegría y esperanza en que una nueva educación está en marcha, un aula más mindful, un futuro más consciente.

El mindfulness está en boca de todos y puede sonar a moda pasajera. Le acompañan algo de confusión y mitos, un poco de rechazo en los ambientes más rígidos, descalificación desde la ignorancia de la ignorancia… ocurre a veces con lo que no se conoce o con lo que suena a último grito en crecimiento personal. Quizás un nombre anglosajón no ayude. Pero da igual como lo llames, las palabras a veces confunden las vivencias. Se trata de estar atento, pero de una forma especial, intencionadamente, sin juzgar, mirando profundamente en el interior de uno mismo para autocomprenderse (Kabat-Zinn, 2003). Tan fácil y tan difícil.  Solo cuando lo vives desde la experiencia, cuando despiertas del letargo de los automatismos, es cuando conectas con la seguridad de que no hay vuelta atrás.

La evidencia científica de que su práctica reduce el estrés, aumenta la concentración, la creatividad, la autorregulación, la función ejecutiva… y en consecuencia el rendimiento académico… está ahí.  Pero además tiene un importante componente asociado del que a veces se habla menos, la compasión, de nuevo el lenguaje nos puede llevar a terrenos prejuiciosos, pero que es inseparable de la práctica de mindfulness. Compasión como humanidad compartida, como deseo de aliviar el sufrimiento,  como conexión con todos los seres humanos, con la naturaleza que somos… y que emerge cuando se diluye la sensación del “yo”, cuando dejamos de identificarnos con el ego.  Tal y como afirmaba Javier García Campayo en su ponencia, “la práctica de mindfulness en el aula reduce el acoso escolar, porque aumenta la consciencia de la agresión y la intolerancia a la misma”.

Diversos programas, distintas metodologías pero mismo objetivo: despertar el aula, salir del malestar psicológico que acecha a docentes y estudiantes fruto del estrés que en muchos casos se ha instalado en sus vidas:

  • Programa Aulas Felices. Ricardo Arguís, Zaragoza
  • Escuelas Despiertas, Mindfulness Aplicado a la Educación. Pilar Aguilera, Universidad de Barcelona.
  • Crecer Respirando. Carlos García Rubio, Universidad Autónoma de Madrid y Teodoro Luna, Sukha Mindfulness.
  • Programa Treva, Txemi Santamaría, Universidad de Barcelona.

Respiración, movimiento consciente, relajación, meditación… compañeros de viaje para llegar a la vivencia mindful.

Y premisa común, solo cuando lo integras lo puedes transmitir. No hay fórmulas mágicas, no se puede solo leer, no es un conocimiento puramente cognitivo…  solo a través de la práctica continua y comprometida, a través de la vivencia podremos llevarlo a otros.

Especialmente impactante la ponencia magistral “Mindfulness: SuperVivencia” de Israel Mañas, doctor en Psicología de la Universidad de Almería, sobre todo cuando sus artículos te han acompañado en la carrera y sabes de su trayectoria en el mundo del mindfulness. SuperVivencia porque vivir mindfulness es vivir con excelencia… Nos recordó que a la naturaleza le refanfinfla la felicidad, solo le importa la supervivencia. Nos ha dotado de una mente superdotada para ver e inventar peligros y problemas. Y el sufrimiento en consecuencia nos acompaña de manera inevitable cuando la mente es la que manda. Educación física, importante en el aula… y educación psicológica ¿por qué no?  Los “mindfulneros” cada vez somos más, somos legión y una revolución de la que formar parte para cambiar el mundo a través del cambio individual.

Me quedo con la frase de Belén Colomina: “Vamos a tratar de ser padres presentes, no perfectos”. Padres que construyen momentos mindful, conscientes, de parada, de buenos deseos, de reconocimiento… para romper automatismos, aumentar la reflexión y mejorar el clima emocional de la familia, padres que crean un campamento base para encontrarse, para construir relaciones saludables con uno mismo, con los otros y con el planeta. Como dijo Cristina Jardón: Ser para educar.

Sería imposible reflejar todas las ideas, sensaciones y vivencias de estos dos intensos días, en los que además la vida te junta sutilmente con personas maravillosas como Ana y Eli, te reencuentra con Carolina o Cristina… y te reconecta ¡aún más si cabe! con las ganas de seguir apostando por este camino.

Para terminar, os dejo estas preciosas palabras de Jack Kornfield que compartió Marta Modrego en su ponencia sobre el futuro del mindfulness en la educación:

“Nadie tiene el poder de salvar el mundo entero, pero sí que tienes el poder de hacer tu contribución, con un corazón amoroso y pacífico.

Puedes atender a esa porción del mundo con la que estás en contacto, añadirle un poco de belleza y comprensión.

Y manteniéndote en paz y ecuánime, muestras a los demás que ellos también pueden hacer lo mismo.”

 

De cómo mirarse honestamente a los ojos…

Recuerda que cuando señalas con el dedo, tres dedos te señalan a ti. Proverbio inglés.

Imagen: Toya Pérez

Seamos sinceros. Nos gusta criticar, nos lo pasamos bien juzgando. Es deporte nacional despotricar. Contra el gobierno, contra la oposición, contra la empresa, contra los jefes, contra los sindicatos, contra la Iglesia, contra los anarquistas, contra los ricos, contra los comunistas, contra los que llegan tarde, contra los vagos, contra los alternativos, contra los conservadores…, la lista es infinita… Nos embarcamos en batallas contra aquello que no soportamos, nos enfadamos, nos indignamos y nos empeñamos en criticar lo que sea que nos causa tanta desazón hasta convertirlo -en ocasiones- en nuestro modo de vida, envenenándonos con la química de la rabia perpetua.  A veces, somos nosotros mismos el objeto de la crítica, nos hacemos de menos, no aceptamos nuestro cuerpo, nos exigimos lo que no está escrito…

Otra alternativa es refugiarnos en distracciones más o menos saludables, llámense trabajo, apariencias, adicciones, hijos,  bienes materiales, deporte extremo y otro infinito mundo de excusas.  ¿Qué mejor manera de no enfocarme en lo mío?

Qué egoísta, ¿no? Con todo lo que ocurre a mi alrededor ¿enfocarme en lo mío? 

Ser el cambio que queremos ver en el mundo, es una maravillosa frase atribuida a Ghandi y que recogería precisamente esta idea de primero dedicarme a lo mío. Lo que no quiere decir:

  • Que no haya que ayudar al otro…, precisamente alienta a ser esa tipo de persona que intenta beneficiar al mayor número de personas posible cada día. Y no tienen por qué ser personas lejanas: la pareja, los hijos, la familia, compañeros de trabajo, vecinos… puede ser un buen comienzo, sin olvidar que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.
  • Que no haya que luchar contra las injusticias…, precisamente anima a ser honesto y coherente con los principios de igualdad y no discriminación del otro. Y dentro del barrio, colegio o comunidad seguro que hay oportunidades.
  • Que no haya que favorecer al oprimido, precisamente supone convertirse en acompañante que empodera y facilita la pesca.
  • Que no haya que actuar, que no debamos movernos en la dirección de una sociedad mejor, precisamente empuja a ser esa sociedad mejor, a pulir esas pequeñas o grandes aristas que todos tenemos y cuyo roce provoca brechas de incomprensión, de incomunicación, de des-conexión, de insatisfacción.

Si cada uno de nosotros pudiéramos convertirnos en esa mejor versión, esa versión amable, equilibrada, que no tiene miedo, que se ha liberado del resentimiento envenenador,  del sufrimiento, que ha encontrado su misión en el mundo, el sentido profundo de la vida, que no necesita distracciones porque se ha dado cuenta que ya lo tiene todo en su interior… nuestro entorno estaría mejor y como un imparable efecto dominó, el mundo estaría mejor. ¿O preferimos dedicarnos a pretender cambiar el mundo sin trabajar “lo nuestro”?

Mirémonos fijamente a los ojos en el espejo que son los demás y seamos honestos:  empecemos a trabajar en nosotros lo que no nos gusta de los otros. Mirémonos para dentro y observemos nuestras emociones más desagradables, nuestro sufrimiento, nuestra infelicidad, nuestro vacío, nuestra insatisfacción…  Alguna pista para este trabajo interior:

  • Párate un momento y observa tu respiración: ¿Es rápida? ¿Es lenta? ¿Se queda en la parte alta de tus pulmones? ¿Llega a notarse en el abdomen?
  • ¿Puedes conectar con alguna emoción predominante ahora mismo? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Culpa? ¿Asco? ¿Miedo? ¿La sientes en el cuerpo? ¿Sabes qué la desencadenó y qué quiere de ti? ¿Es proporcional a ese estímulo o viene del pasado? ¿Es dolorosa? ¿Opones resistencia?
  • Una vez que se toma conciencia de la emoción y se permite la experiencia, podemos dirigir suavemente nuestra inspiración allí donde sintamos esa emoción en el cuerpo, retener unos instantes el aire y exhalar muy despacio, soltando, dejando ir... repitiendo el ejercicio hasta que la emoción o emociones encadenadas se “disuelvan”.

Ellas son nuestras aliadas. Si las permitimos, si las escuchamos, si las dejamos ir una vez cumplido su cometido y actuamos en consecuencia, serán nuestros trampolines a esa mejor versión, a esa vida mejor para nosotros y para los demás. Existe un impulso innato que nos hace caminar en esa dirección, así que no es fácil escapar… En el momento que podamos decir que nosotros estamos muy bien, habremos conseguido que  el mundo sea un poquito mejor. 

Y no es egoísmo, es resolver, es camino, es humanidad compartida.

Para profundizar:

Hawkins, D.  (2014) Dejar Ir: El Camino De La Entrega. Barcelona: El grano de mostaza.

Simón, V. (2011) Aprender a practicar mindfulness. Barcelona: Sello Editorial.

 

 

¿Qué nos pasa a los seres humanos?

Imágenes: Toya Pérez

Vemos las cosas, no como son, sino como somos nosotros. Immanuel Kant.

¿Por qué somos como somos? O mejor ¿Por qué nos comportamos como nos comportamos? ¿Por qué repetimos patrones ancestrales? ¿Por qué no aprendemos de errores pasados?

Si eres amante de la historia, lees novela ambientada en otras épocas o simplemente te entretienes con el  Ministerio del Tiempo en la tele, constatarás que desde que el mundo es mundo nos hemos peleado por territorios, dinero, poder, religión, nos hemos enfadado con algún vecino o familiar, hemos sufrido o infringido abandono, rechazo o autoridad… y aunque tomen formas diferentes según los tiempos,  en el fondo, comparten una base común llamada EGO.

Cuando se nombra la palabra ego inmediatamente nos viene a la mente, el  YO con mayúsculas, ese tipo de persona que consideramos egocéntrica, narcisista con ansias de acaparar toda la atención posible hacia su persona y seguramente nos parezca que no estamos en esa categoría de humano y por tanto pensemos que esto no va con nosotros.

Pero no… ego se refiere a nuestra identificación con los pensamientos, a pensar que esa voz de la cabeza dice la verdad, a creernos que somos la mente, que somos el instrumento, independientemente de si los pensamientos son egocéntricos, humildes o neutros. Los pensamientos nos acompañan todo el día, provienen de creencias profundas que se han ido instalando en nosotros de manera lenta, inconsciente… creencias heredadas de nuestros padres, abuelos… de nuestras circunstancias socio-culturales…  algunas son limitantes, otras expansivas, algunas agradables, otras terroríficas… En base a ellas se piensa, se siente y actúa.

Las creencias suponen los filtros con los que vemos el mundo, nuestras gafas. ¿Qué hace que nos creamos más o menos que otras personas, razas, culturas…? ¿Qué permite que continuamente enjuiciemos lo que hacen o dejan de hacer otros? ¿Por qué Don Dinero domina todo? ¿Por qué entendemos que lo nuestro – nuestra medicina, nuestra religión, nuestra cultura, nuestras normas sociales, nuestro progreso – es lo bueno y además nos empeñamos en imponerlo?

En resumen, ¿por qué creemos que hay nosotros y otros?

Mira de qué manera tan graciosa explica el ego Fidel Delgado, en este vídeo de 2 minutos:

Identificados con el ego nos creemos separados, no percibimos el trasfondo de unidad universal que asoma cuando nos distanciamos de esta voz interna. En la consciencia, en la atención, vemos el ego como un instrumento más de nuestro paso por esta vida, un instrumento válido, del que no hay que renegar o huir, un instrumento que hay que afinar e integrar en nuestra experiencia vital.

El viaje:

  • de la mente errante o piloto automático a la atención plena
  • de la inconsciencia a la consciencia
  • del condicionamiento a la libertad
  • del ego a la esencia

es el viaje que libera de patrones ancestrales, de reacciones automáticas, de repeticiones incomprensibles, del sufrimiento. Este viaje nos permite aclarar la mirada, tomar distancia y ver esas gafas, comprender, ver en lo que más nos molesta del otro el reflejo de nuestras propias limitaciones, nos ayuda a evolucionar, a crecer…  No es un viaje fugaz, ni fácil… es el viaje de la vida.

Para profundizar:

Tolle, E., (2001)  El poder del ahora. Madrid: Gaia

Tolle, E., (2006) Un nuevo mundo ahora. Barcelona: Grijalbo

¿Todo lo bueno empieza con un poco de miedo?

Imágenes: Toya Pérez

El miedo es una muralla que separa lo que eres de lo que podrías alcanzar a ser.  David Fischman

El miedo invade los telediarios. Catástrofes naturales o no tan naturales, guerras, luchas políticas, maltrato, paro, pobreza, persecución ideológica… Todo da miedo. La sección de deportes alivia un poco la tensión, adormeciendo esa emoción primaria, adaptativa,  resultante de motivos más o menos reales, más o menos imaginarios, pero intensa y habitual.

Hay miedos muy comunes: a la muerte, a la enfermedad, a envejecer, al  dolor, a vivir penurias… Cuando la mente encuentra una explicación racional para el miedo, no deja de ser un miedo común. Pero hay otra gran cantidad de miedos, que incluso llegan a la categoría de fobias, a los que nos puede resultar más complicado encontrar una explicación, y sin embargo nos limitan enormemente, nos hacen sufrir y por tanto huimos de ellos. Enfrentarnos a ellos no nos suele parecer buena idea: miedo a volar, a ciertos animales o insectos, al agua, a las alturas, a hablar en público, a la sangre, a los espacios abiertos, a los cerrados… y si nuestro día a día nos lo permite, trataremos irremediablemente de evitarlos.

Pero entre los miedos más “normales” y los más “extremos” hay un enorme abanico de miedos que subyacen tras todo aquello que no hacemos y que en el fondo sabemos que nos convendría hacer.  Tenemos tan activados los circuitos cerebrales del miedo que inconscientemente nos dejamos llevar por una prudencia paralizante.  Postergar, procrastinar, posponer… muchas palabras diferentes para decir lo mismo: ¿cuántas cosas no estamos haciendo y cuántas son por miedo?

  • Salir de una relación conflictiva, tóxica, una relación en la que el maltrato ha hecho acto de presencia…
  • Decir que no a una situación abusiva en el trabajo o en nuestro entorno familiar, o salir de un trabajo sin sentido.
  • Pedir lo que nos corresponde, pedir ayuda, pedir aquello que necesitamos…
  • Hacer ese curso, comenzar o retomar un idioma, reciclarnos…. Aquello que nos haría falta para salir de una situación que no nos gusta o para progresar profesionalmente
  • Cambiar un hábito que sabemos nos hace daño

¿Cuántos:  “no puedo, imposible, ahora no es el momento, yo no valgo,  se me da fatal, voy a hacer el ridículo, se reirán de mí, qué vergüenza, no me lo puedo permitir”… hay detrás de este no hacer? ¿Cuánta falta de amor hay en el miedo? ¿Amor a uno mismo sobre todo?

¿Y si resultara que precisamente lo mejor de la vida está detrás del miedo? ¿Y si nuestros miedos fueran pistas a seguir?

Siempre que haya miedo, jamás escapéis de él. De hecho, sacad pautas de él. Esas son las direcciones en las que necesitáis viajar. El miedo es simplemente un desafío. Os llama: ¡Venid! Osho.

Cuando tomas consciencia de tus miedos, puedes abrazarlos, puedes aceptarlos y puedes trascenderlos. Puedes darte cuenta de que vienen de un condicionamiento inconsciente, de todo aquello que hemos ido integrando tras muchos, muchos “telediarios” (¡y más!), de que forman parte de esa voz de la cabeza que repite una y otra vez un programa obsoleto, y que detrás de esa muralla hay un inmenso mundo de nuevas posibilidades.

¿Y si la próxima vez que tengamos miedo, nos adentramos en él,  lo sentimos, lo vivimos, lo confrontamos, lo respiramos y nos permitimos asomarnos al otro lado de la muralla?