De cómo mirarse honestamente a los ojos…

Recuerda que cuando señalas con el dedo, tres dedos te señalan a ti. Proverbio inglés.

Imagen: Toya Pérez

Seamos sinceros. Nos gusta criticar, nos lo pasamos bien juzgando. Es deporte nacional despotricar. Contra el gobierno, contra la oposición, contra la empresa, contra los jefes, contra los sindicatos, contra la Iglesia, contra los anarquistas, contra los ricos, contra los comunistas, contra los que llegan tarde, contra los vagos, contra los alternativos, contra los conservadores…, la lista es infinita… Nos embarcamos en batallas contra aquello que no soportamos, nos enfadamos, nos indignamos y nos empeñamos en criticar lo que sea que nos causa tanta desazón hasta convertirlo -en ocasiones- en nuestro modo de vida, envenenándonos con la química de la rabia perpetua.  A veces, somos nosotros mismos el objeto de la crítica, nos hacemos de menos, no aceptamos nuestro cuerpo, nos exigimos lo que no está escrito…

Otra alternativa es refugiarnos en distracciones más o menos saludables, llámense trabajo, apariencias, adicciones, hijos,  bienes materiales, deporte extremo y otro infinito mundo de excusas.  ¿Qué mejor manera de no enfocarme en lo mío?

Qué egoísta, ¿no? Con todo lo que ocurre a mi alrededor ¿enfocarme en lo mío? 

Ser el cambio que queremos ver en el mundo, es una maravillosa frase atribuida a Ghandi y que recogería precisamente esta idea de primero dedicarme a lo mío. Lo que no quiere decir:

  • Que no haya que ayudar al otro…, precisamente alienta a ser esa tipo de persona que intenta beneficiar al mayor número de personas posible cada día. Y no tienen por qué ser personas lejanas: la pareja, los hijos, la familia, compañeros de trabajo, vecinos… puede ser un buen comienzo, sin olvidar que la caridad bien entendida empieza por uno mismo.
  • Que no haya que luchar contra las injusticias…, precisamente anima a ser honesto y coherente con los principios de igualdad y no discriminación del otro. Y dentro del barrio, colegio o comunidad seguro que hay oportunidades.
  • Que no haya que favorecer al oprimido, precisamente supone convertirse en acompañante que empodera y facilita la pesca.
  • Que no haya que actuar, que no debamos movernos en la dirección de una sociedad mejor, precisamente empuja a ser esa sociedad mejor, a pulir esas pequeñas o grandes aristas que todos tenemos y cuyo roce provoca brechas de incomprensión, de incomunicación, de des-conexión, de insatisfacción.

Si cada uno de nosotros pudiéramos convertirnos en esa mejor versión, esa versión amable, equilibrada, que no tiene miedo, que se ha liberado del resentimiento envenenador,  del sufrimiento, que ha encontrado su misión en el mundo, el sentido profundo de la vida, que no necesita distracciones porque se ha dado cuenta que ya lo tiene todo en su interior… nuestro entorno estaría mejor y como un imparable efecto dominó, el mundo estaría mejor. ¿O preferimos dedicarnos a pretender cambiar el mundo sin trabajar “lo nuestro”?

Mirémonos fijamente a los ojos en el espejo que son los demás y seamos honestos:  empecemos a trabajar en nosotros lo que no nos gusta de los otros. Mirémonos para dentro y observemos nuestras emociones más desagradables, nuestro sufrimiento, nuestra infelicidad, nuestro vacío, nuestra insatisfacción…  Alguna pista para este trabajo interior:

  • Párate un momento y observa tu respiración: ¿Es rápida? ¿Es lenta? ¿Se queda en la parte alta de tus pulmones? ¿Llega a notarse en el abdomen?
  • ¿Puedes conectar con alguna emoción predominante ahora mismo? ¿Rabia? ¿Tristeza? ¿Culpa? ¿Asco? ¿Miedo? ¿La sientes en el cuerpo? ¿Sabes qué la desencadenó y qué quiere de ti? ¿Es proporcional a ese estímulo o viene del pasado? ¿Es dolorosa? ¿Opones resistencia?
  • Una vez que se toma conciencia de la emoción y se permite la experiencia, podemos dirigir suavemente nuestra inspiración allí donde sintamos esa emoción en el cuerpo, retener unos instantes el aire y exhalar muy despacio, soltando, dejando ir... repitiendo el ejercicio hasta que la emoción o emociones encadenadas se “disuelvan”.

Ellas son nuestras aliadas. Si las permitimos, si las escuchamos, si las dejamos ir una vez cumplido su cometido y actuamos en consecuencia, serán nuestros trampolines a esa mejor versión, a esa vida mejor para nosotros y para los demás. Existe un impulso innato que nos hace caminar en esa dirección, así que no es fácil escapar… En el momento que podamos decir que nosotros estamos muy bien, habremos conseguido que  el mundo sea un poquito mejor. 

Y no es egoísmo, es resolver, es camino, es humanidad compartida.

Para profundizar:

Hawkins, D.  (2014) Dejar Ir: El Camino De La Entrega. Barcelona: El grano de mostaza.

Simón, V. (2011) Aprender a practicar mindfulness. Barcelona: Sello Editorial.

 

 

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